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ABC SÁBADO 10 9 2005 Opinión 5 MEDITACIONES LA SARTÉN A clave, según los sesudos analistas del PP, está en esos setecientos mil españoles que se pasaron de bando el 14- M. Aquellos que iban a votar a Rajoy y tras aquel 11 de marzo- -y lo que vino después- -se echaron en brazos de Zapatero. Ahí está la madre del cordero. Las cuentas de Génova, que pueden ser las de la vieja o las del Gran Capitán, dibujan un escenario electoral de espadas en alto. Los números les salen de aquella manera, cuadrados a capón y un poquito a la fuerza, pero, al menos, invitan a la esperanza. Los populares encuentran consuelo en la aritmética, que es una ciencia exacta que a veces- -si se tiene un poquito de fe- -hasta tiene efectos terapéuticos. Lo peor ha pasado ya te dicen cruzando los dedos... Podemos darle la vuelta a la tortilla ¿Y la sartén? MARCO AURELIO L LEER Y PENSAR EL DESCUBRIMIENTO DE UN GENIO ALGUIEN VIVO PASA DE CLAUDE LANZMANN Arena Libros Madrid, 2005 El testigo inútil Claude Lanzmann (París, 1925) rodó en 1979 una entrevista al suizo Maurice Rossel, miembro del Comité Internacional de la Cruz Roja, que en 1943 visitó el campo de concentración de Auschwitz y que en 1944 estuvo en la ciudad gueto de Theresienstadt. La entrevista se montó y se emitió por televisión en 1997, con el título de Alguien vivo pasa. Habían transcurrido más de diez años del estreno de Shoah, su estremecedor documental sobre el Holocausto, y se editó como libro. Alguien vivo pasa es la acusación de Claude Lanzmann contra Maurice Rossel. Le acusa de no haber querido ver lo que estaba sucediendo en Auschwitz, ni lo que estaba pasando en Theresienstadt. Maurice Rossel intenta defenderse: era joven, ingenuo, suizo, inexperto, me engañaron, prepararon las visitas, nadie se me dirigió, no me dejaron ver... Claude Lanzmann rebate los argumentos de Maurice Rossel con los informes que el propio Maurice Rossel redactó para el Comité Internacional de la Cruz Roja. La memoria recordada frente a la memoria escrita. Claude Lanzmann es un durísimo fiscal. Obliga al Dr. Rossel a recordar que no quiso mirar a los millones de judíos que morían a su lado. FÉLIX ROMEO O resisto la tentación de participarles el entusiasmo que me ha producido el descubrimiento de un genio llamado Iván Cardoso, un director brasileño que en estos días nos acompaña en el Festival de Cine Fantástico de Estepona. Iván Cardoso, cincuentón y bonancible, llegó de la mano de Paul Naschy, con quien acaba de rodar en el Amazonas una película que ojalá tengamos la oportunidad de contemplar en las pantallas españolas. Confesaré que la perspectiva de asomarme a su cine, que imaginaba destartalado y un pelín birrioso, me suscitaba una cierta pereza, una especie de anticipado hastío; aunque soy un amante irredento de las marcianadas, empiezo a estar un poco harto de esa estética friqui impuesta por ciertos fanáticos del género, que sólo admite un nivel de lectura lindante con la oligofrenia. El secreto de la momia se titulaba la película JUAN MANUEL de Cardoso rodada en 1982 que me DE PRADA iba a permitir descubrir su talentazo fuera de catálogo; la anunciaba un cartel decididamente retro que homenajeaba al clásico dirigido por Karl Freund y protagonizado por Boris Karloff. Por deferencia a mi amigo Paul Naschy, me avine a adentrarme en la sala oscura. Lo que me aguardaba allí disipó enseguida mis reticencias, también esa actitud un poco marisabidilla del cinéfilo que se dispone a carcajearse de la chapucería ajena. El secreto de la momia parece a simple vista una parodia de aquellos títulos añejos que produjo la Universal allá por los años treinta y cuarenta; en principio, uno piensa que se halla ante una especie de versión brasileña de El jovencito Frankenstein aquella delicia firmada por Mel Brooks en la que las atmósferas y estereotipos del cine fantástico más antañón son sometidos a un proceso de estilización caricaturesca. Pero la intención de Cardoso, sin desdeñar esta veta saludablemente jocunda, es mucho más ambi- N ciosa. Como las primeras películas de Godard, El secreto de la momia está plagado de citas más o menos encubiertas procedentes en su mayoría del cine, pero también del cómic y la literatura (muy evidentes, por ejemplo, son las alusiones a André Breton y Edgar Allan Poe) que actúan a modo de subtextos El espectador menos avisado puede disfrutar de este juego cómplice de reconocimientos; el espectador más atento descubrirá enseguida que tales referencias encubren significaciones más amplias. Cardoso quiere en realidad explorar la naturaleza misma del cine, dinamitar sus convenciones mediante una intersección de estilos y estructuras, hasta sumergir al espectador en ese estado de semiinconsciencia, entre la alucinación y la perplejidad, entre la suspensión de los sentidos y la expansión de la inteligencia, que sólo logran los auténticos maestros. Hacia el final de la película, Cardoso desliza subrepticiamente una cita de Poe que explica las intenciones de su cine: Los que sueñan de día perciben muchas más cosas que los que sueñan únicamente de noche Para lograr este clima de ensoñación diurna, Cardoso compone un collage caleidoscópico donde se concitan las subversiones narrativas de Godard, el onirismo poético de Val Lewton, los delirios fetichistas de Buñuel, el surrealismo gozoso y trepidante de los viejos seriales, la expresividad visual del cine mudo, la planificación y los encuadres tributarios del comic, los arrebatos pop de Andy Warhol y Paul Morrisey, todo ello aderezado con unas interpretaciones desopilantes y un repertorio premeditadamente kitsch de señoras estupendas que se pasean ante la cámara bamboleando sus anatomías menos vertebradas. Si algún distribuidor avispado está leyendo estas líneas y quiere forrarse (con la coartada, además, de rendir un servicio al séptimo arte) no deje por favor de contratar las películas de Iván Cardoso. Le aseguro que nunca me agradecerá suficientemente la recomendación.