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6 Opinión VIERNES 9 9 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA FERNANDO FERNÁNDEZ MÉNDEZ DE ANDÉS UNIVERSIDAD ANTONIO DE NEBRIJA EL PEOR DE LOS GOBIERNOS OSÉ María Aznar está, como los folclóricos de éxito, de tournée por América. Da conferencias, vende libros- Retratos y perfiles -visita a los notables y en los ratos libres, para mantener viva una de sus peores costumbres en sus ocho presidenciales, les hace a los colegas latinoamericanos las declaraciones que- -él sabrá por qué- -nunca quiere hacer aquí. La voz de Aznar, antes y ahora, suele llegarnos desde lejos y eso conlleva el riesgo de la distorsión, pero ese es su gusto y su derecho. Las entrevistas que les ha concedido a Clarin y La Nación, los dos grandes e históricos periódicos de Buenos Aires, no tienen desperdicio y son, de hecho, una M. MARTÍN denuncia más rotunda y FERRAND concreta de las que se gastan sus elásticos herederos. Dice Aznar que el actual es el peor Gobierno que ha tenido España en toda la historia democrática A mí me parece que se queda corto, que ser el peor admite la posibilidad de una cuota de bondad y, además, que si España sigue existiendo tras el uso del talante de José Luis Rodríguez Zapatero seguirá siendo el peor en la comparación con los del futuro. Un Gobierno puede ser malo por su política, cosa siempre discutible y con oportunidad para el sesgo partidario en su interpretación, o por sus integrantes. En esto último sí que no hay duda. Salvo dos o tres excepciones, el Gobierno es el peor de la democracia y, además, el peor de los que están hoy instalados en las Autonomías, sea cual fuere su color. Este Gobierno, según Aznar, ha puesto en riesgo la balcanización territorial de España En eso hay que matizar que el mal viene de lejos y arranca, tras las primeras elecciones democráticas, de una mala evaluación de las fuerzas presentes y de la redacción de un Título VIII que convierte a la Constitución, por otra parte magnífica, en una bomba de tiempo en todo cuanto respecta a la unidad del Estado. El café para todos que, alegremente, sirvió la UCD como ingrediente del menú constitucional hay que pagarlo. Si a eso se le une la debilidad parlamentaria del PSOE y el criterio retrospectivo de Zapatero, borrador de la amnesia que le dio fuerza a la Transición, tenemos a la vista la situación nada deseable que señala el ex presidente. Cuando, en las citadas entrevistas, Aznar se alarma ante la dependencia gubernamental de los separatistas catalanes, cosa aritméticamente cierta y políticamente verdadera, hay que insistir en que ello es posible en función de nuestra pintoresca normativa electoral. Él mismo pudo comprobarlo, y los demás lo padecimos, cuando en el 96 tuvo que recurrir a CiU para alcanzar las llaves de La Moncloa y, de hecho, nombrar a Jordi Pujol como jefe de gabinete. Ahí se acabó la gran regeneración democrática que, sobre el desgaste del felipismo, prometió como pieza fundamental de su campaña electoral. J CONFUSIONES FISCALES Y SANITARIAS La nueva propuesta de financiación de la sanidad se está discutiendo, según el autor, sobre bases tan asumidas como erróneas. Una de estas confusiones consiste en pensar que el problema es del Gobierno central aunque las competencias estén transferidas L debate sobre la financiación sanitaria se está produciendo en un mar de confusiones. Tantas que me viene a la memoria el libro escrito en 1688 en Amsterdam por José de la Vega, un judío español que en Confusión de Confusiones se esforzó en explicar el funcionamiento de las burbujas financieras a unos inversores voraces que habían descubierto las bondades del mercado, el capitalismo y las sociedades anónimas. Cuatro son a mi juicio las confusiones sobre las que se asienta la actual discusión, y en las que hay que enmarcar tanto la propuesta del Gobierno como algunas de las alternativas presentadas. Primera confusión. La idea misma de que existe un déficit sanitario es una falacia. En sentido genérico- -el único en el que, como veremos, se puede utilizar ese término- no hay más déficit sanitario, que educativo, de asistencia social, de atención a la Tercera Edad, o de justicia o defensa. Las demandas sociales son por definición infinitas y los recursos para satisfacerlas escasos. Esto es algo que todo economista debería saber y no tiene nada que ver con las tendencias demográficas y sociales que tanto se repiten a interés de parte, ni por supuesto con la cruzada liberadora de moral y buenas costumbres sanitarias que nos invade desde la nueva izquierda. Técnicamente, se trata de dos proposiciones irrefutables: no hay saturación en el consumo y, a precio cero, la demanda es infinita. Por tanto si no queremos que por razones estrictamente económicas tengamos un déficit sanitario crónico, en ese sentido amplio del que se puede hablar con propiedad, habrá que cobrar algo por E el servicio, o por algunos servicios sanitarios. Esa es la principal justificación económica y no ideológica del llamado ticket moderador, o euro sanitario en nuestros pagos, que en diferentes versiones ya ha sido introducido en países europeos más progresistas que nosotros. Pero como Spain is different, aquí sigue presentándose como una propuesta ultraliberal, supongo que por ignorancia, hasta que como el tipo único en el impuesto sobre la renta se convierta mágicamente en algo de izquierdas. La segunda confusión parte de un concepto estricto de déficit sanitario que es completamente incorrecto. Podemos medir el gasto sanitario, y eso con ciertas limitaciones. Pero el ingreso sanitario es otra cosa. No hay en nuestra legislación ingresos afectos. Y si, como consecuencia de este estéril debate, los hubiera, habríamos perdido casi un siglo en la modernización de nuestra Hacienda Pública. Porque, ¿con qué argumento impediríamos que la educación pública se financiase con un impuesto específico, o la defensa? Volveríamos a los tiempos, quizás añorados por algunos, en que cada Ministerio dispondría de su propia partida de ingresos y tendríamos serias dificultades para ejercer un control presupuestario centralizado. Y si de lo que estamos hablando es de la deuda sanitaria, de aquellas partidas de gasto realizadas, de las facturas guardadas en el cajón, tenemos un problema de gestión, no fiscal. Aunque sea más fácil echarle la culpa al destino o al siempre a mano Estado central, el malo de todas las películas de producción nacio-