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60 LUNES 5 9 2005 ABC FIRMAS EN ABC EUGENIO FUENTES ESCRITOR CUANDO ÉRAMOS PECES El mar, es cierto, no puede lograr que olvides todo lo que te falta para ser feliz, pero aquí, donde se junta sin furia con la tierra, de cuando en cuando sientes una oleada de sosiego, un latigazo de placer entre las vértebras que recuerdan el tiempo en que éramos peces... HORA que una buena parte de los españoles ya hemos alcanzado un estado tal de bienestar que consideramos las vacaciones en la playa no como un lujo, y ni siquiera como un regalo, sino como una costumbre, parece que nos falta algo y que todos los esfuerzos del curso no han servido para nada si durante el verano no pasamos quince o treinta días en la costa. Las altas expectativas del viaje, sin embargo, a veces generan frus- A tración. Porque puede suceder que, al llegar al hotel o al apartamento contratado, las bombillas tengan la tristeza de sus pocos vatios y el mobiliario la fatiga de sus muchos años, y que haya demasiado ruido, y que, en lugar de hacia el mar, esté orientado hacia unos humedales donde se esconden moscas obesas y mosquitos del tamaño de helicópteros. Pero deshaces tu equipaje y bajas a la playa. Las huellas que tus pies dejan en la arena son iguales a las de otros miles de pies, de modo que nada te distingue, nadie te reconoce y nadie manda sobre ti. Sin prisas, sin ningún reloj que te empuje, alquilas un toldo y te tumbas a la sombra. Enseguida, los círculos concéntricos del estampado de JAVIER TOMEO ESCRITOR A PROPÓSITO DE UNA CHINCHE PECADORA De cualquier modo, me interesa mucho más la Sagrada Familia, en su mágica desmesura, que la también famosa Pedrera, y en general, que cualquier otra obra de Gaudí, como son los bancos del Paseo de Gracia... ESIDO desde hace años en Barcelona y la obra de Antoni Gaudí forma parte de mi paisaje cotidiano. Eso, sin embargo, no significa gran cosa, porque todavía hoy, cuando paso por delante de la más significativa de sus obras, la Sagrada Familia, me detengo algunas veces ante el colosal amontonamiento de piedras y reflexiono. Ya sé que el arte se hace para que los hombres puedan sentir, no para que reflexionen, pero nadie puede evitar que, tras el sentimiento inicial, lleguen las preguntas. ¿Qué es lo que más me impresiona de la Sagrada Familia? -me pregunto pues, mientras nubes de menudos japoneses, sin dejar de sonreír, disparan a mi alrededor sus cámaras fotográficas- R ¿Tal vez la insobornable vocación de altura de sus torres? ¿Quizás su firme propósito de señalar un camino de perfeccionamiento interior a los hombres que caminamos con la mirada puesta en el suelo? ¿Es realmente ahí, en ese cielo insondable al que apuntan sus cuatro torres (que en el futuro serán algunas más y más altas) donde está el secreto de nuestra felicidad? ¿Es eso lo que más le importaba a su piadoso arquitecto, que algunos catalanes quieren ahora canonizar? De cualquier modo, me interesa mucho más la Sagrada Familia, en su mágica desmesura, que la también famosa Pedrera, y en general, que cualquier otra obra de Gaudí, como son los bancos del Paseo de Gracia, las farolas de la Pla- za Real, o incluso el Parque Güell. Recuerdo, sin embargo, que hace algún tiempo, al visitar por primera vez la casa Calvet, me sentí también fascinado por su famoso picaporte, tal vez uno de los mejores ejemplos de la desbordante fantasía del arquitecto. Este edificio, ubicado en el centro de Barcelona, fue finalizado en el año 1890. Las puertas de la planta baja son de madera tallada y en la puerta central está ese famoso llamador de hierro forjado con una cruz griega que, al llamar, golpea a un enorme chinche que representa el pecado de la blasfemia, que, según todos sus biógrafos, el virtuoso arquitecto de los azules aborrecía especialmente. Considero que esa versión puede ajustarse mucho a la realidad, si tenemos en cuenta que, una vez traspasada la puerta del edificio, los visitantes pueden expiar sus pecados murmurando la plegaria que está pintada en una pared: Ave María Purísima, sin pecado concebida. Convendría saber, de todos modos, qué es lo que pensaba y continuaba pensando ese viejo chinche (suponiendo que los chinches puedan pensar) de todos los golpes que ha recibido y continúa recibiendo de los piadosos cristianos, sobre todo en estos tiempos de sacerdotes pederastas, forzados ecumenismos y globalizaciones impuestas. Puede que, aunque no pueda hacernos llegar sus protestas, ese infeliz insecto esté menos de acuerdo que nunca con su condición de víctima propiciatoria. las sombrillas te van adormeciendo. Tus cervicales comienzan a aflojar la dura cincha de la cefalea tensional que te había provocado el estrés del trabajo. No tardas en darte el primer baño. Nadas con fuerza hacia dentro, hasta que llegas a una boya y descubres que estás lejos. Como el agua es tibia y no te sientes muy cansado, respiras profundamente y emprendes el regreso. A pesar de lo humilde de tu esfuerzo, al salir a la orilla sospechas que tu sonrisa es parecida a la de Elcano cuando volvió de dar la vuelta al mundo. Te tumbas a secarte en la arena y acomodas los omóplatos, pero no demasiado tiempo, consciente del peligro de que la tierra llame en su ayuda al sopor y a la pereza y te sujeten para que el sol te marque con su primer hierro al rojo. Así que te proteges por hoy y contemplas el fascinante espectáculo que se te ofrece. Un turista nórdico recién llegado, blanco y afilado como una jibia, duerme la resaca, e imaginas su sorpresa cuando se despierte convertido en churrasco a la cerveza. Una adolescente pasa junto a ti mientras le tintinean los piercings y la contemplan con sonrisas carnívoras unos chicos tumbados al sol con la arrogante certeza de que ningún rayo es lo suficientemente poderoso para quemarles la piel. Algunos cuerpos maduros revelan que la flor de la vida llega diez años antes si se está en bañador que si se va vestido con traje de chaqueta, pero ante una mujer que en ese momento camina por la orilla no te queda otro remedio que sonreír agradecido por la sabiduría de la Naturaleza. A tu lado, una familia- -pareja y tres niños- -que recuerdas del año anterior te despierta esa simpatía hacia los extraños con quienes, aunque sin conocernos, vamos envejeciendo juntos. Discrepan sobre la fecha del regreso: Tres días de vida no es mucho; tres días de playa es toda una eternidad dice la mujer. Luego, tras la tarde cubierta con un cielo de Magritte, azul, puro, limpio de nubes y de limos, llega el crepúsculo y hay un minuto en que todo parece detenerse y hasta el ruido del mar se carga de silencio. Por el fondo del horizonte, muy lejano y pequeño, navega un gran barco que no es de guerra. Comienza a oscurecer. Las primeras luciérnagas brillan en lo alto de las cañas de los pescadores. Entonces regresas al hotel. Sólo unas horas han sido necesarias para que tu cuerpo se adapte a la presión, a la humedad del aire, a la luz del sol sobre las olas. El mar, es cierto, no puede lograr que olvides todo lo que te falta para ser feliz, pero aquí, donde se junta sin furia con la tierra, de cuando en cuando sientes una oleada de sosiego, un latigazo de placer entre las vértebras que recuerdan el tiempo en que éramos peces.