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ABC LUNES 5 9 2005 53 Apuñalan el cuadro Desnudos ante el espejo de Roy Lichtenstein, en un museo de Bregenz (Austria) Un libro desvela el contenido antisemita de la obra del escritor alemán Martin Walser Antes de acabar el rodaje, Terry Gilliam y yo hablamos sobre buscar otro proyecto para hacer juntos Mi madre solía leerme cuentos de los hermanos Grimm, pero entonces no había MTV ni Play Station Heath es diez años menor que yo, porque es una persona con un talento descomunal, que lleva la actuación en la sangre. Antes de acabar el rodaje, él, Terry (Gilliam) y yo hablamos sobre buscar otro proyecto para hacer algo de nuevo juntos. Creo que Heath va a ser, además, un gran director de cine. Tiene todo el potencial para ello y está deseando hacerlo. -Supongo que se siente en un buen momento de su carrera... -Claro, la verdad es que estoy satisfecho, pero como decía antes, estas cosas no duran para siempre y no tengo ni idea de cómo prolongarlas, así que intento aprovechar esta etapa. En los últimos tiempos he visto tantos ejemplos de carreras instantáneas, tipos que salen en las portadas de las revistas sin que nadie sepa quiénes son y de dónde salen, tipos a los que la fama les dura diez minutos... Prefiero mantenerme a la expectativa. -Dicen que ahora mismo usted es uno de los pocos actores en Hollywood a los que les llegan todos los guiones. -Sí, no sabe la cantidad de basura que tengo que llegar a leer (risas) No, en serio, es muy difícil encontrar buenos guiones en Hollywood hoy en día. ¿Cree que ésa es la razón por la que la gente va cada vez menos al cine? -No sé si es la única, pero sí que es muy importante. La gente prefiere gastarse diez pavos en un DVD o en una pizza porque cree que no vale la pena ir al cine a ver una historia que le han contado mil veces. Hollywood debería intentar reinventarse y dejar de repetirse tanto, porque el público ya tiene demasiados estímulos y sólo va al cine cuando realmente lo desea. -Muchos actores se quejan del precio de la fama. ¿Es usted uno de ellos? -No. Entiendo a los que se quejan, pero a mí nadie me molesta. La razón es sencilla. Después de ganar el Oscar por Good will hunting se dedicaron a perseguirme durante una semana, pero cuando vieron lo aburrido que era, dejaron de hacerlo inmediatamente. -O sea, que no le siguen porque es usted aburrido... (Risas) Sí, pero también porque mi novia es una civil, quiero decir que no es actriz, ni ninguna celebridad. Mi lema es si no quieres que te persigan, no salgas con una celebridad ¿Y sabe qué? Hasta ahora me ha funcionado. El director de Elizabethtown Cameron Crown, flanqueado por Susan Sarandon, Kirsten Dunst y Orlando Bloom REUTERS Trío de cuentistas majaretas: los hermanos Grimm y Terry Gilliam Damon y Ledger protagonizan la última fantasía del ex Monty Python su sitio en el programa: Gilliam en su cine abultado y fantasioso, Zanussi en su hastío cinematográfico, y Orlando Bloom en la inopia E. RODRÍGUEZ MARCHANTE ENVIADO ESPECIAL VENECIA. Magnífica reunión de cuentistas, Terry Gilliam, un ex Monty Python venido a más, y los hermanos Grimm, los inventores del beso a tornillo y del festín de perdices. Gilliam los sigue como si hubieran diseminado por el camino un reguero de trozos de pan y pone a la altura de todas esas terribles historias infantiles su máquina de hacer cine: una máquina que tira el cine como si fuera confeti. De la nieve blanca a la Blancanieves así podría haberse titulado el viaje de Terry Gilliam (un cineasta loco) hasta el mundo de los hermanos Grimm, dos cuentistas locos que les han dado sentido y sensibilidad a las pesadillas infantiles: sin la bruja, la madrastra, el lobo, el ogro y toda esa caterva de trols y endriagos, el ser humano crecería indefenso e inerme para las tareas cotidianas de la vida y la relación con los demás. Bueno, ¿y qué pinta el espectador sensato ante esta reunión de talentos disparatados? Pues sólo puede mirar y seguir la madeja embarullada de la historia hasta dar, al final, con un hilo de cordura: la bruja piruja sólo puede estar enb Todo sigue en carnada por Mónica Bellucci, símbolo y alegoría de señora estupenda a la que hasta los espejos miran con glotonería. Si Terry Gilliam le permitiera un respiro a la historia que cuenta (en realidad, la cuentan los hermanos Grimm) podríamos advertir que es una superposición de cuentos y anécdotas sin pies ni cabeza que lo llevan a uno en volandas hasta el final, donde, como siempre, aguardan los besos y las perdices. El cuento dentro del cuento: un recuento de efectos visuales, de magia digital, de imagen distorsionada y de abusos deshonestos de angulares y reputaciones: exprime con sorna la italianez de la cara canalla de Peter Stormare y se echa unas risas con la cruel cursilería francesa a costa de afilar la interpretación de Jonathan Pryce. Los protagonistas, los hermanos Grimm, son para bien y para mal Matt Damon y el ubicuo Heath Ledger. Secar los miedos, lavar las pasiones Los hermanos Grimm compite por el León de Oro, aunque su auténtica lucha vendrá luego, cuando tenga que convencer al personal de que es una película para todos los públicos: porque... ¿quién mete al chiquillo en esa centrifugadora donde se secan los miedos y se lavan las pasiones altas y bajas? También competía por el gran premio Persona non grata del polaco Krzysztof Zanussi, que sigue tan electrodoméstico como siempre. La ponían a primera hora, que es cuando descargan el metal pesado de la programación. Lo más reseñable es que se interrumpió la proyección al rato de comenzar porque se habían olvidado de ponerle al original polaco los subtítulos al italiano. Como si el entender algo del cine de Zanussi le otorgara algo de interés. En el fondo de esta historia centrada en el embajador polaco en Uruguay subyace una mirada amarga, pero sobre todo aburrida, a la política exterior de su país, a la diplomacia, al estado funcionarial y a la resaca de la mirada torva del comunismo. Fuera de la competición se pudo comprobar hasta qué punto el éxito es casual gracias a la película Elizabethtown y a su protagonista, el insulso y saborío Orlando Bloom. Dirigida por Cameron Crown (que hizo una espléndida y lacerante biografía de Billy Wilder) es una comedia con gracia a veces, con algunas escenas de calidad y comicidad, con momentos de cierta intensidad emocional, con mucha tontería también, con un deje blandengue, larga como un pívot, pero sin su funcionalidad... y con ese actor leve que es Orlando Bloom, incapaz de agarrar por las solapas un personaje con mucho más vuelo. Ella es Kirsten Dunst, difícil de pronunciar pero con un pellizco de gracia visual, que sí interpreta a dos carrillos su personaje; igual que Susan Sarandon, que tiene un par de momentos dignos de ella, y viceversa.