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ABC DOMINGO 4 9 2005 Los domingos 71 Espero que las mujeres de otros represores colaboren con la Justicia Cuando tenía 13 años, en 1985, comenzaron los juicios a las juntas militares (1976- 83) En el colegio salió el tema, mi mamá cayó en una nueva crisis y, un poco más tarde, estrenaron la película La noche de los lápices (sobre la desaparición de estudiantes que se manifestaban por el bono bus estudiantil) En esos meses se produjo el arranque de un lento despertar a la conciencia de que su padre podía ser un criminal. Estaba confundida, me sentía traicionada, desilusionada. Salí con un chico que me abrió los ojos... No recuerdo si en algún momento yo admiré a mi papá o estuve orgullosa de que fuera policía pero, al menos, creía que estaba al lado de la ley y no pensaba que la ley fuera a asesinar ¿Confía en que otros hijos de represores sigan sus pasos? -No sé si van a intentar cambiarse el apellido, pero creo que van a a salir a contar la verdad. Espero que también lo hagan las mujeres de estos represores. Pueden ayudar mucho en las causas judiciales. ¿Tienen algo en común los hijos de desaparecidos con los hijos de los represores? -Nos une la historia del país y el dolor, pero éste tiene cualidades distintas. Ellos viven una ausencia que les marca mientras que yo vivo una presencia muy fuerte. El 12 de abril de este año, el cuerpo de Valentín Milton Pretti quedaba sepultado seis metros bajo tierra. Al mismo tiempo que los restos del oficial se los tragaba la tierra, los abogados de su única hija presentaban, en los juzgados de Buenos Aires, la demanda con la firma de Ana Rita. El comisario que torturó, entre otros, al célebre periodista Jacobo Timmerman, murió sin saber que su propia sangre había decidido que era su turno para desaparecer, al menos, de la documentación de Ana Rita. Entonces estaban juntos en eso de aprender a bloquear el cerebro Lo hacían para soportar los cuentos de papá. Escuchábamos partes y otras no las registrábamos porque era demasiado. Hablaba en la mesa, delante de cualquiera... La primera vez que Ana Rita pudo prestar atención hasta el final de la historia ya era una mujer. Fue a raíz de una portada de Clarín que mostraba a aquella soldado yanqui que se hizo famosa por las torturas a presos en Irak. Comenté: la verdad es que no sé cómo se puede llegar a esto Y él respondió: Yo sé cómo Historias sombrías En ese momento se sintió con fortaleza suficiente para soportar las historias de su padre: Esta vez te escucho. Sabía que me iba a contar su mayor demonio, el que le carcomía, y empezó a soltar historias. La que más me dolió fue la de la guerrillera del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) Fue a buscarla a Villa España (localidad bonaerense en Berasátegui) Según él, cuando entraban, la muchacha se tomó una pastilla de cianuro y segundos antes de morir le disparó a su hijo para que no se lo llevaran. No logró matarlo sino herirle en la columna. Como no podían llevar al chiquito al hospital porque era una operación clandestina, ordenó a sus subalternos que le dieran un tiro de gracia. Ninguno se animó y lo hizo él La confesión del comisario fue completa. Aquello le produjo pesadillas que se repetían cada junio o julio recuerda. Sin embargo, algunos datos no encajan, creo que los acomodaba a su manera porque, según me dijo mi abogada, las únicas guerrilleras que llevaban cianuro eran las montoneras y no las del ERP Pe- Algunos terapeutas me pedían que intentara rescatar el lado amable de mi papá, pero la realidad me devolvía que, cuando nos daba un beso, venía de matar, torturar o robar ro había más historias que la envenenaban, como la del oficial al que sorprende violando a una detenida sobre la mesa de torturas y le pega un tiro por la espalda. ¿A vos te parece que en el estado en el que estaba la chica la violara? me dijo. Como no sabía qué hacer con el cuerpo le preguntó a su superior, Echecolatz, y éste respondió: haga lo que siempre hicimos, hágalo pasar por un crimen de los guerrilleros Ese fue el límite, el fin de la relación filial y el principio de otra historia, la mía, la que estoy reescribiendo Con la cabeza a punto de estallar, Ana Rita pasó por la consulta de cuatro o cinco terapeutas. A la primera le conté mi historia y se puso a llorar Algunos de ellos le pedían que intentara rescatar el lado amable de mi papá, pero la realidad me devolvía esto: cada vez que volvía a casa y nos daba un beso, venía de matar, de torturar o de robar; de quedarse, como decían ellos, con el botín de guerra de los desaparecidos. La realidad me devolvía que el hombre que me tenía que cuidar, que acariciar, era un asesino Denuncia y preguntas La cuenta atrás para acudir a la Justicia había comenzado y eso implicaba denunciar sus atrocidades, pero me preguntaba, ¿por qué el Estado me obliga a hacer esto a mi ¿Por qué lo tengo que hacer yo? Era muy chica, luego adolescente, después joven y... soy su hija. ¿Por qué yo? ¿No puede ser otro? Si había que hacerlo, lo hacía, pero me seguía preguntando lo mismo... Reflexiona: El Estado se llevó veinte años de mi vida, pero la sociedad argentina está igual que yo porque todos convivimos con los represores, con los secuestradores, con los asesinos