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98 Los sábados de ABC SÁBADO 3 9 2005 ABC EL LIBRO... ique tenía ya dieciocho años, Diana de Poitiers treinta y siete. El joven tímido de ojos oscuros y hundidos y un magnífico cuerpo de atleta bajo unas ropas descuidadas desarrolló una nueva confianza en sí mismo y el porte apropiado a su condición. De haber nacido heredero, Enrique habría sido un líder natural desde el principio. Sin embargo, había crecido sabiendo que su hermano mayor, más encantador y acaso más inteligente que él, era también el hijo a quien su padre más amaba. Enrique había aprendido muchas lecciones durante sus años de cautiverio, y no era la menos importante de ellas la de saber contener sus emociones. Diana parecía nacida para el papel que en el futuro habría de desempeñar al lado de Enrique. Era consciente de que procedía de antepasados muy distinguidos y la sólida educación recibida en la casa de la hija de un rey y antigua regente constituía la base de la imagen que tenía de sí misma. Su matrimonio con el inteligente Luis de Brézé, gran senescal de Normandía, le había enseñado mucho y la había convertido en mujer y en madre. Los últimos años de viuda en la corte la habían pulido y perfeccionado como ideal de mujer renacentista. Bien educada, culta y asombrosamente bella, comprendía por lo demás el mundo de los hombres: la política, el poder y el dinero. Desde sus primeros años, su padre le había enseñado a consolidar las posesiones de su casa y su posición y, si era posible, a mejorarlas. Sabía cómo emplear su inteligencia y encanto para complacer a aquellos a quienes amaba, y sabía cómo conseguir lo que ambicionaba. Eso era, ni más ni menos, lo que en el siglo XVI se esperaba de una dama de su cuna y educación. La adoración que Enrique sentía por Diana de Poitiers no se le ocultó nunca a nadie. Al principio, ella respondió ocupándose del muchacho como habría hecho una madre. Alentó su confianza en sí mismo y guió su interrumpida educación. Enrique tenía un fondo intelectual. El amor entre los dos nació del encuentro de sus mentes. No hay certeza de en qué momento la relación entre el joven solitario y sensible y la hermosa viuda pasó al terreno del amor físico. Ambos se esforzaron a lo largo de toda su vida por respetar los límites del decoro y mantener su aventura lejos de los ojos de los curiosos. La mayoría de Er Dama en el baño (Diana de Poitiers) de François Clouet (s. XVI) Galería Nacional de Washington La Princesa de Kent ha rebuscado en sus raíces para escribir un novelón romántico, pero también una historia rigurosa sobre Diana de Poitiers y Catalina de Médicis, rivales en el amor, hasta que las circunstancias las convirtieron en aliadas. Ofrecemos un fragmento del libro Amores reales los historiadores que han escrito acerca de la pareja son hombres que no pueden creer que una mujer como Diana pudiera enamorarse sinceramente de su joven caballero. Casi todos los estudiosos estiman que se hicieron amantes durante los últimos meses de 1536, cuando Enrique tenía diecisiete años, o los primeros de 1537, cuando el príncipe había cumplido ya los dieciocho. La capitulación de Diana de Poitiers ante Enrique tuvo lugar, muy probablemente, en la residencia favorita del condestable de Montmorency, el castillo de Ecouen. Esta maravilla del Renacimiento, construida por el propio condestable, está situada a unos veinte kilómetros al norte de París. Constituye un pequeño tesoro de exquisito mobiliario y hermosos objetos decorativos, y fue famosa ya en aquella época por su colección de artículos eróticos, la cual, según se dice, hizo sonrojar al mismísimo Rabelais. Y así comenzó una de las relaciones más duraderas e inesperadas de la historia de Francia. La precocidad del joven príncipe no era rara en aquel tiempo. Sin embargo, hasta entonces, todo lo que el chico había conocido del amor eran los torpes devaneos con su esposa (Catalina de Medicis) por quien nada sentía, y las frívolas aventuras de sus campañas militares. Por su parte, Diana tan sólo había conocido el contacto con un hombre que le llevaba cuarenta años. Aunque Brézé tenía edad suficiente para ser su abuelo, Diana había experimentado con él un matrimonio completo que le había dejado dos hijas. Pero aquella relación se había basado sobre todo en una comunidad de intereses intelectuales y en los estrechos vínculos familiares que en aquella época tanto valor tenían en la estructura social. Con Enrique, Diana descubrió el placer de la mano de un amante adolescente, inexperto pero ardiente. En el amor, por lo demás, su papel femenino se invertía: ella era la maestra, la encargada de transmitir a aquel joven tímido todo el conocimiento adquirido tras su largo aprendizaje con el astuto y mundano Luis de Brézé. Para una mujer indepen- Título: Diana de Poitiers y Catalina de Médicis. Rivales por el amor de un rey del Renacimiento Editorial: La Esfera de los Libros Páginas: 512 Precio: 28 euros