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54 JUEVES 1 9 2005 ABC FIRMAS EN ABC FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS DE LAS REALES ACADEMIAS ESPAÑOLA Y DE LA HISTORIA EL BARRIO DE LAS MULTAS A LOS VECINOS DEL BARRIO DE LAS LETRAS, EN SOLIDARIDAD Hacía declaraciones el alcalde, lleno de satisfacción por lo muchísimo que había recaudado con las multas. Aseguraba que el año próximo esperaba recaudar mucho más... ERDÓN, quiero decir de las Letras Paulo minora canamus, cantemos cosas más pequeñas, decía Virgilio. Pero importantes, de todos modos. Allí no sólo vivían los grandes de nuestras letras- -Cervantes, Lope, Quevedo- -sino que ahora han puesto frases literarias en el suelo. Las letras por el suelo. Una sopa de letras, aunque ilustres, más o menos. Pero es que estoy obsesionado con las multas. También el Ayuntamiento, no lo dudo. Hace poco hacía declaraciones el alcalde, lleno de satisfacción por lo muchísimo que había recaudado con las multas. Aseguraba que el año próximo esperaba recaudar mucho más. Seguro. Vuelvo al tema: ahora está prohibido no ya aparcar, sino entrar con el coche. Yo confieso que poseo ese vicio, el del coche, no digo que un día no añadan a esos anuncios de coches, tan incitantes, de la televisión- -paisajes espléndidos, mujeres no menos espléndidas- -no añadan, insisto, eso de que el coche es perjudicial para la salud. Para el bolsillo, desde luego. Y en el dichoso barrio ahora han prohibido- -en veinticuatro horas- -el tránsito. Y van a poner a la entrada unos aparatitos, yo los llamo el Milagro Tecnológico, que toman la foto de la matrícula del coche y le mandan a uno la multa a casa. O al banco, no recuerdo, y éste la paga. Noventa euros (sin duda que pensaron en cien, pero hicieron una modesta rebaja) ¡Qué cómodo, en verdad! ¡Qué adelanto! buscar el coche a un descampado a treinta euros de taxi) En fin, a lo que voy. Exclamé, admirado, ante el guardia, fue un acto reflejo: ¡Vaya negocio que tienen aquí Vds. ¡Así es, por desgracia! contestó el guardia. Y es que hay guardias humanos y dialogantes. ¡Dígaselo a Milagro! ¿Qué diría si yo le repitiera la frasecita, que seguro que no está en su repertorio, por muy personalizado que esté? Se quedaría perplejo, su maligno ojo perdido en el vacío. Otra vez, en la plaza de Cristo Rey había un atasco de categoría, estábamos con los coches cruzados, el guardia se encontraba perdido, no veía forma de arreglar aquello. ¡Y eso que no se llamaba, todavía, agente de movilidad! Ni nosotros tampoco sabíamos arreglar aquello. En fin, yo llevaba la ventanilla levantada, seguro que era en el buen tiempo. Caía al lado del guardia o él al mío. El guardia se me acercó y dijo: Esta civilización no hay quien la arregle Literal, no invento. Era un guadia filósofo. Seguro que había leido a don Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, que había traducido don Manuel García Morente. Yo también lo leí de pequeñito en la biblioteca de mi padre, a veces lo recuerdo y me da la venada de que algo de razón tenía. ¡Y eso que no hablaba de España! El tema de las multas es ya obsesivo, en Madrid, en carretera, en toda España. Y multan implacablemente por cosas triviales, los grandes disparates nadie los ve, las más veces. Uno, que es un conductor inocente, que procura ajustarse a las reglas, se siente a veces como se sentía el gitano antiguo, el de García Lorca, ante la guardia civil caminera. Y si una vez, a la puerta de la P Yo imagino el diálogo entre el Milagro Tecnológico (sin duda tendrá voz, como esa que dice Ha elegido Vd. gasolina sin plomo etc. y el fontanero Rodríguez, mi tocayo, que va a reparar una tubería que chorrea agua: Rodríguez: Soy el fontanero Rodríguez, me gano el pan tratando de que a los pisos llegue el agua. ¿Me podría dejar pasar, Sr. Milagro? Milagro (se le ilumina el ojo con mirada perversa, dispara) Ya está multado, Sr. Rodríguez, le llegará la multa. Gracias. Ya ve, este servicio está personalizado. Rodríguez: ¡Qué progreso! ¿Pero no podría anular la multa, hago un servicio a la comunidad? Soy solidario y todo eso. Milagro: presente una instancia pidiéndolo dentro del plazo reglamentario, ya veremos. Antes, por lo menos, se podía discutir con el guardia: a veces cedía, en todo caso decía que cumplía órdenes. Era humano, en ocasiones. Recuerdo que una vez se me llevaron el coche (que es un poco menos que los de la televisión) desde Hortaleza, donde tenía su oficina la Sociedad de Estudios Clásicos (también hacíamos un servicio y éramos solidarios, caramba) al aparcamiento municipal de la plaza de Barceló. ¡Qué clientela allí dentro, si así llamarse puede! Y una multa módica, dieciséis mil pesetas o algo así. Y a dos pasos (ahora, me dicen hay que ir a AGUSTÍN CEREZALES ESCRITOR SOPLAHOJAS D E todas las medidas inventadas para paliar la sequía, la peor es la del soplahojas. El soplahojas es un aparato infernal que envuelve la cabeza del desgraciado operario en un humo nauseabundo, al tiempo que le hace padecer vibraciones constantes y un estruendo insufrible. Esto es el primer argumento, de índole puramente laboral: no hay derecho a someter a nadie a semejante condición. Pero la inconveniencia del soplahojas va más allá. Su escasísima utili- dad (las hojas, díscolas, no se persuaden de que más les valdría quedarse en las ramas) su fealdad manifiesta, el sinfín de sinsabores y molestias que ocasiona, serían aún tolerables si con su presencia no pusieran en peligro la dignidad y la coherencia, quién sabe si la existencia misma del Ayuntamiento de la ciudad. Porque, con su empleo, el Ayuntamiento vulnera todas las normas que impone a los vecinos relativas a la contaminación por humos y a la contaminación acústica, lo cual le deja en muy mal lugar, o nos deja en muy mal lugar, puesto que el Ayuntamiento, si no me equivoco, lo es de vecinos. Véase por ejemplo el caso fatídico de las Olimpiadas. Algunos no lo recordarán, pero yo sí: cuando el comité olímpico se paseó por Madrid, hubo algún miembro que expresó su digusto por el grado de contaminación acústica que padecemos. Esto, no lo duden, tuvo que influir y sin duda influyó en el resultado final de las votaciones, puesto que, a diferencia de los españoles, en el resto del mundo el ruido se lo toman en serio, y cuando digo en serio, digo en serio. El soplahojas espantó ayer a los olímpicos, pero quien sabe si no estará espantando ya a las nubes, como espanta a los transeúntes. Y ahora, en plena canícula... ¿Es que no hay piedad? Academia, me olvido de poner el papelito, ya tengo el lío armado. Y si, en casa, llaman al portero automático y es el cartero, me temo lo peor: un regalito del Ayuntamiento. Claro que a lo mejor es una invitación a una exposición: mucho mejor. Bueno, tiene que haber de todo. Pero uno se queda en la duda metódica, que decía Descartes, don Renato. En fin, vuelvo a mi tema (no he salido de él) Con toda su tecnología, Milagro me cae gordo, no puedo negarlo. Pero tengo buen corazón, deseo que no le den algún cantazo. Yo vivo en el barrio del socavón y de la valla (vaya negocio el de las vallas en Madrid, ven que cuido mi ortografía, disculpen el retruécano) Apenas se puede ni pasar, detenerse un momento es ya locura. Léase Argüelles, podrían ponerle otros nombres. Cojo (cogía) el coche y voy al barrio de las multas, de las Letras, perdón. Allí tengo mi trabajo, podría pedir indulgencia, como el fontanero mi tocayo. Es un poco mi barrio. Pero no es cuestión de egoísmo e insolidaridad, no me ataquen por ese lado. La cuestión es otra. Yo, de todas maneras, de un modo u otro me las arreglo, ¿pero qué hará la gente trabajadora de aquel barrio? El comercio, los restaurantes, las cervecerías, todos. Era una zona alegre. Ahora arriesga parecerse más bien a un cementerio triste, aunque no creo que al de Zurich, que es el más famoso por su aburrimiento, se acerque. La gente sabe divertirse pese a todo. A lo mejor resiste más que Milagro que, eso sí, logrará hacer labor social aumentando los ingresos del Ayuntamiento, que hace del problema una inversión rentable. Pero no creo que nadie se lo agradezca. Al lado de la casa donde murió Cervantes, en la calle que hoy lleva su nombre, hay una frutería Alonso. Muy buen género, seguro que el dueño es descendiente nada menos que de Alonso Quijano, llamado también don Quijote. El alcalde hablaba amigablemente con él, cuando inaugurábamos una nueva placa en honor de Cervantes, la segunda en la casa (por placas que no quede) El alcalde pronunció un discurso lírico, francamente bien. ¿Quién podía acordarse de las pequeñas miserias de cada día, menos pequeñas cada día? Fingíamos ignorarlas. Pero el frutero, ¿cómo transportará su género, bajo la mirada vigilante de Milagro, cuando lo instalen? Y ¿harán un pequeño guateque para celebrarlo? ¿Y algún otro después, de cuando en cuando? Si no, la vida de Milagro va a ser muy triste. Más que la de los del barrio, a quienes dedico este artículo. Sabrán sobreponerse al desastre. Y menos mal que Cervantes y Lope y los demás no tenían artefactos mecánicos, felices ellos, no sabían los problemas y los gastos que se evitaban. Pero quizá alguno, en sus días de grandeza, tuviera un coche de caballos. ¿Y qué decir de Rocinante? No se atormenten, Milagro estaba aún por inventar. ¡Tiempos añorados! Además, Rocinante no tenía cuenta corriente. Me temo que Cervantes tampoco.