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ABC JUEVES 1 9 2005 51 EL DRAMA HUMANO EN LOS LIENZOS ARNAU PUIG Elegancia, mucha seguridad y mamporros en la apertura de la Mostra La inauguró la película china de artes marciales Siete espadas de Tsui Hark mezcla de elegancia, medidas de seguridad y mamporros rodearon la gala inaugural de la Mostra, que se abrió con la película Siete espadas E. RODRÍGUEZ MARCHANTE ENVIADO ESPECIAL VENECIA. Lo más destacable de la inauguración ayer de la Mostra de Venecia no fue la película que se proyectó, Qi Jian Siete espadas larga y terrible como la cola del diablo; ni tampoco fue ese ramillete de estrellas de la pantalla tan inevitable como deseable que son la sal y la pimienta (los hay también que son el vinagre) de las grandes citas cinematográficas; mucho menos aún lo fue la interminable lista de fuerzas vivas y políticos locales, regionales, comunales, nacionales y estatales, que pugnan como si fueran españoles por estar antes los unos que los otros... Lo más destacable de la jornada inaugural de esta LXII edición de la Mostra de Venecia fueron las medidas de seguridad, pues parecía que se entraba, más que a una película china, a la cámara acorazada donde se guarda el plan de declaraciones chocantes de don José Blanco. Bueno, lo mejor, lo mejor fue en realidad la presencia de Inés Sastre, tan elegante y bien puesta como el espolón del Excelsior, pero, después de ella, las medidas de seguridad. Había más controles por sorpresa que en el Tour. El primero, en plena carretera de acceso, donde se había plantado uno de esos arcos para detectar metales... Los invitados, de smoking, con el carnet en la boca y el oro de la joyería dispuesto a hacer estragos. Las sesiones de Prensa, más modestas, también tenían su cadena de controles. Y a uno no se le pasó por alto el siguiente pensamiento, después de ver y analizar el programa de películas: Si unas cuantas monedas de céntimos de euro pitaban como una olla expres, a pesar del poco plomo que contienen, ¿como van a conseguir pasar todo ese control de metales tantas y tantas películas plomizas como se nos avecinan? b Una rara uando en su juventud Antoni Clavé dibujaba y pintaba los carteles anunciadores de las películas que se proyectaban, con sus imágenes plásticas basándose en colores planos y composiciones de monocromos contrastantes, conseguía intrigar a la calle y empujar al transeúnte hacia la visión del filme. Siempre fue considerado un buen cartelista. Pero una guerra fatal, para él perdida, le empujó al exilio. Allí aquel joven, gracias a su compatriota Picasso, que vivía ya en Francia, empezó a darse cuenta de que quizá el arte podía ser una historia personal, presentar las propias reflexiones y sentimientos, contados desde la intimidad; además, pudo verificar que todos los procedimientos, medios y soportes eran válidos, si la sinceridad ejecutiva andaba de consuno con la emoción y la intencionalidad. Allí empezaron sus historias con las testas que, confundidas, iban desde las de las personas hasta las de las cartas de la baraja pasando, por supuesto, por las de los payasos y las de las fieras más horribles. Para conseguir la autenticidad expresiva todas las posibilidades del empleo del color y de la gama más arbitrarios era aceptable, porque lo importante era el impacto final. Rojos, azules, amarillos, el blanco y también el negro como colores, junto con los verdes más inicuos configuraban aquellos espacios plásticos, que acababan convertidos en auténticos aquelarres cromáticos. Ello le impulsó a servirse de todos los soportes posibles y a añadir a la expresión representativa la eficacia del collage matérico. Sus obras se convirtieron en representaciones del drama humano contemporáneo, tal como él había comprobado que existía desde que tuvo que poner una frontera en su vida, y el paso de los días no conseguía atrapar aquella paz de intriga, ficción y diversión que creyó haber alcanzado, en su juventud, al plasmar sus carteles. En los últimos tiempos su obra era cada vez más bronca, acusadora y desesperada; aunque era en ella misma en donde de vez en cuando apuntaba un color y una línea de la esperanza. La nueva visión de su obra nos hace dar cuenta que representa a nuestro tiempo. C remota, pues su director, Tsui Hark, nació en la Cochinchina (ahora Vietnam) aunque su película sea un producto chino. No desvelaremos el argumento, pero su, digamos, ventresca consiste en que siete grandes guerreros cargados con siete afiladas espadas han de salvar a un pueblo atosigado por unos mercenarios crueles y un jefe para ponerle las mismas bridas que a Hannibal Lecter. O sea, como los siete samurais, los siete magníficos y otro medio centenar de películas sobre ese insólito asunto alrededor del siete. Las escenas de acción, no menos de un centenar, son deslumbrantes y brutales, y las otras, las de ensi- mismamiento estético con las cumbres nevadas y los atardeceres rojizos, también son dignas de elogio. Total que el único achaque es el de siempre (y no porque parezca una broma deja de ser cierta) que hay demasiados personajes que se llaman casi igual, con un físico y una vestimenta parecidas, que tienen las mismas espadas y pericia con ellas... que se enamoran y pelean entre todos ellos y ellas, mientras que uno, en su butaca, está tan embrollado como haciendo uno de esos sudokus. Pero vendrán otras películas que pitarán en el arco detector y echaremos de menos ésta tan larga y movida. Artes marciales y estética La película inaugural, Siete espadas pertenecía a ese género tan de moda que podríamos denominar cine oriental de artes marciales pero con mucho aparato estético y basado en cuentos legendarios que no hay quien entienda del Kurdistan para acá Es muy vistosa, muy intesa, sorprendente en su modo de encarar la violencia y el romanticismo, y sobre todo, ya digo, liosa y larga. Y muy Inés Sastre, presentadora de la gala inaugural, a su llegada a la ceremonia AFP