Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC JUEVES 1 9 2005 Opinión 5 MEDITACIONES ¿Y BONO? N UNCA se ha distinguido José Bono por ser hombre de pocas palabras. Desde sus tiempos de presidente de Castilla- La Mancha, el ministro de Defensa no ha dejado ningún charco sin pisar, menos aún si en su superficie flotaban asuntos tan mollares como los que estos días circulan por la actualidad nacional: financiación sanitaria, tensiones territoriales, polémicas sobre Ceuta y Melilla que afectan a la Guardia Civil... Pero está callado, como ausente. Desde su toma de posesión, no había pasado José Bono por una fase de reposo tan llamativa, y menos aún en la etapa prólogo de un nuevo curso político, época propicia para dejarse ver y hacerse oír. Pero está callado, como ausente. Demasiada actividad en una campaña estival en la que ha cargado con el peso de un Gobierno de vacaciones, pero obligado a dar la cara. MARCO AURELIO LEER Y PENSAR KATRINA Y OTROS HURACANES LA FUENTE GRIEGA DE SIMONE WEIL Trotta Madrid, 2005 160 páginas 15 euros La búsqueda incesante Al final de su breve existencia, Simone Weil (1909- 1943) emprendió de nuevo el camino de regreso. La santa laica (como la calificaron, entre otros, Camus y Eliot) que exasperaba a Trotsky y supo atenerse a la imagen de sí misma que se había forjado, recorrió la primera parte del siglo sumergiéndose en cada una de las ideologías en que creyó que residía un absoluto que nunca se cansó de perseguir: a lo largo de su vida cambiarían sus creencias, pero no la intensidad de la búsqueda, ni su obstinada voluntad de entrega (de su espíritu, jamás de su cuerpo) Sus libros, todos póstumos (Trotta ha publicado los fundamentales) reflejan esa deriva que culminó en una especie de lúcido (y místico) escepticismo final. Este libro, hecho de artículos y textos dispersos, refleja una etapa importante de esa pesquisa testaruda: la filosofía y la poesía griega, que Weil quería acercar a la clase obrera. Pasión y racionalidad en el origen de nuestra civilización: los héroes helénicos- -Aquíles o Antígona- -son el modelo de vida. Y es que para la pensadora de origen judío, Atenas prevalece siempre frente a Jerusalén. MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO L huracán Katrina ha asolado la costa de cuatro estados americanos, desde Florida a Luisiana, con 200 muertos hasta ayer y daños de 26.000 millones de dólares. Una vez más, el ciudadano medio se ha sentido inerme ante la bestialidad de fuerzas desconocidas, de imposible control. El presidente Bush ha salido de inmediato a la palestra y ha asegurado el apoyo del gobierno federal. Ha garantizado la ayuda de Washington a los cuatro estados y ha comprometido su abastecimiento energético. Ayer, a millares de kilómetros de Nueva Orleans, en Bagdad, comenzó el día con un ataque de mortero y ocho muertos. Después, en una concentración religiosa chií, corrió la voz de un inminente ataque suicida. En el pánico de la desbandada morían más de 800 iraquíes, la mayoría mujeres y niños caídos al Tigris (información en páginas de Internacional) Las dos catástrofes llaman a la reflexión de los seres pensantes. Una parte de la humanidad DARÍO apenas piensa, en parte por falta de meVALCÁRCEL dios analíticos. Y otra, en fin, más poderosa, ha renunciado por aburguesamiento extremo al hábito de pensar (el francés Léon Bloy escribió páginas memorables a finales del siglo XIX sobre este proceso hacia la comodidad total) El Katrina hoy, con su potencia destructora, y el tsunami ayer, salvajemente devastador, movilizan la conciencia de este modesto planeta. En las catástrofes naturales como en las tragedias bélicas hay claves desesperanzadoras pero hay también señales de progreso. Bergson creía en la tendencia al bien de la mayor parte de los seres humanos. Al chocar con las grandes amenazas, explicaba, el hombre medio no tiene alternativa: ha de hacerse más íntegro, más reflexivo, menos opaco, menos pasional, para enfrentarse al caos. La vida básica, llamémosla así, ya se ocupa de castigar al planeta con golpes terribles, mientras nos regala, al tiempo, los mejores misterios, desde la botánica a la astronomía. En otro estadio, el comercio clandestino de armas, las drogas y E su tráfico, la destrucción deliberada del medioambiente, obligan a pensar y a actuar de prisa. Frente ese sector oscuro de la humanidad, otro sector avanza en la vacuna anti- sida, la red de satélites, el desarrollo de ITER, que podrá liberar antes de medio siglo una energía nueva, no contaminante, no peligrosa, quizá inextinguible. El petróleo sigue siendo todavía hoy la energía más versátil, más fácil de transformar en fuerza motriz. Ante el paso del Katrina, los saudíes han respondido una vez más al asegurar un suplemento de producción a los cuatro estados víctimas del huracán. Bush ha recurrido a la reserva nacional, en parte almacenada en Tejas, en minas de sal, de más de 700 millones de barriles de petróleo de refino, equivalente a la producción de tres meses de Arabia Saudí. Medido por su inmediata disponibilidad, el petróleo sigue siendo hoy una fuente energética imbatible. Pero ese bien prodigioso y destructor de la atmósfera se acaba irremediablemente, en menos de cien años. Al fondo del escenario aparece el poder despótico de decenas de dirigentes, entre los que destaca un único caído, Sadam Husein: gobernantes sudaneses, congoleños, zimbabues, pero también saudíes, paquistaníes, uzbecos, aliados de la administración Bush. El presidente americano ha tensado el arco sin medir los resultados y se ha lanzado a una guerra nunca explicada en Irak. Los muertos se acercan ya a 2.000 soldados americanos- -con heridos irrecuperables de los que apenas se habla- -y a un número impreciso de iraquíes, entre 30.000 y 100.000. No son cifras como las de la Segunda Guerra mundial, de acuerdo. En Mesopotamia, el mayor ejército del mundo ha aprendido a hacer una guerra selectiva. Pero la posibilidad de desencadenar una gran catástrofe en el mundo musulmán se reprochará a George W. Bush. Con sus ambigüedades y reservas, los anteriores presidentes, Bill Clinton y Bush padre, dieron pruebas de mayor prudencia. Repetimos: el prudente no tiende a la abstención, ni al miedo, ni a la pusilanimidad, sino que discierne con juicio rápido y certero lo que conviene hacer.