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ABC MIÉRCOLES 31 8 2005 Los Veranos 91 EL RUMOR DE LA FRONTERA El rumor de las olas traviesas del Pacífico aparece ante el caminante como expiración de un recorrido cruel y en ocasiones arbitrario, marcado por la frontera leonina entre dos países que se repelen y se atraen como el imán de la historia y el presente Al final de este viaje TEXTO: ALFONSO ARMADA FOTO: CORINA ARRANZ n Diego. Si se insiste en mantener constante el rumbo al oeste, siempre se acaba encontrando el mar. Algún mar. El de San Diego es el océano Pacífico. Si la misión de San Antonio de Valero acabó dando nombre a la actual San Antonio texana, donde hace un mes arrancó este arbitrario recorrido por la línea que sirve de frontera entre dos mundos, fue otra misión, la de San Diego de Alcalá, la que bautizó San Diego, cuyo puerto natural celebraron exploradores españoles en 1542. La de San Diego sería la primera de las 21 misiones que frailes españoles levantarían en California. Para los que tienen la vida asegurada como canta obscenamente el nada sutil bolero capitalista y sus guías de viajes, nunca te sientes en San Diego bajo presión de hacer otra cosa que lo que te plazca Eso hacemos, mientras contemplamos por la ventana del último hotel de este viaje- -el Bristol- -la estación de autobuses de la Greyhound, todavía la forma más barata de desplazarse por el continente estadounidense, hoy casi un reducto del lumpen- proletriat americano, inmigrantes legales e indocumentados, hippies que se resisten a la marea unificadora y viajeros que insisten en recuperar la esencia del camino También vemos, gracias a la tronera del séptimo piso, un nicho de la misma bahía que Juan Pantoja, contramaestre de la flota española, cartografió en su segundo viaje y publicó en Madrid el año de gracia de 1802 bajo el título de Atlas del viaje de las goletas Sutil y Mexicana El mapa resultó especialmente útil a los cartógrafos civiles y militares que el 23 de junio de 1855 firmarían un plano tan exacto como interesante de la gran línea astronómica que les fue confiada: por parte mexicana, el ingeniero Francisco Jiménez, de la Comisión Mexicana de la Frontera; por la parte de la potencia que puso las condiciones que trazó la nueva marca el teniente Nathaniel Mitchler, de la Comisión Estadounidense de la Linde. Al final de este viaje, el Sa EE. UU. CALIFORNIA ARIZONA San Diego El Centro Holtville Calexico Mexicali Tijuana Tijuana México Ajo San Diego: La misión de San Diego de Alcalá dio nombre a una ciudad cuyo puerto recorrieron exploradores españoles en 1542 acarrea consecuencias Ellas sí lo saben. Como perlas de mercurio Esta frontera abismal entre dos mundos que se parecen, atraen y repelen como perlas de mercurio y sangre es el que separa, en una mañana de viaje, el misterioso resplandor del arte de Donald Judd en Marfa del polvo y la muerte impunes de Ciudad Juárez, el hotel- casino de los mescaleros de Ruidoso y el Gadsden de Douglas, vieja gloria del mítico Far West que Hollywood nos inoculó cuando éramos felices e indocumentados. Son arcos trazados en apenas unas horas, de una noche a otra, mediante esas aproximaciones fantasmagóricas que el viaje proporciona, como juntar dos fotografías que hacen saltar la chispa en nuestra conciencia para que se queme lo que supuestamente atesorábamos para entender el mundo, para ir viviendo. Esta frontera es un animal terrible que miles tratan de salvar cada día para ingresar en el engranaje productivo de la mayor potencia de la Tierra. Al final de este viaje, el rumor de la frontera es casi inaudible, pero tiene que ver con el deseo perfectamente humano de cambiar un destino demasiado cruel. Por eso este relato siempre se quedará incompleto. La frontera es, también, un impulso a ir más allá, a modificar lo que es fruto de la lógica de la historia, un animal de colmillos de hierro viejo. Como la pared que el mar carcome en Tijuana. La carcasa de un Titanic político. Carretera 94, al oeste de California, final del recorrido por la frontera entre Estados Unidos y México cuentakilómetros canta 5.859, como si hubiéramos ido de San Antonio a San Diego y regresado a ras de tierra. El miedo más grande lo pasamos cuando dos aparecidos nos preguntaron junto al monumento a los inmigrantes muertos en Reynosa qué río era el río Bravo. Dormimos a pierna suelta en hoteles con espantos de Douglas y en Bisbee. Si hubiera que volver mañana, lo haríamos a Ocotillo, para preguntar por Jessie Jones, y al hotel- balneario de Jacumba. Disfrutamos de la ayuda de muchos compañeros periodistas en Matamoros, Reynosa, Nuevo Laredo y Ciudad Juárez, jueces y médicos que hubieran hecho buenas migas con Antón Chejov, y mujeres de una fuerza extraordinaria, capaces de sobreponerse a las mayores injusticias y de enfrentarse a los poderes aliados con la muerte, mujeres como la editora de periódicos Ninfa Deándar y las activistas Norma Andrade, Esther Chávez y Lupe Castillo. Como dice Cormac McCarthy, los hombres creen que la sangre de las víctimas no