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ABC MIÉRCOLES 31 8 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA CIENCIA DE LA LITERATURA POR CÉSAR ANTONIO MOLINA ESCRITOR Y DIRECTOR DEL INSTITUTO CERVANTES ...Ya lo dijo Strindberg hace más de un siglo, La literatura no sirve de nada. La ciencia lo es todo Aunque lo que yo busco en la ciencia es lo mucho que tiene de literatura... D ESDE hace años, Oliver Sacks viene escribiendo la novela de la ciencia. Un trabajo singular el de este profesor de neurología clínica en el Albert Einstein College de Nueva York, repleto de conocimientos, didactismo, buena escritura e ironía. Gracias a libros como Un antropólogo en Marte, Migraña, Con una sola pierna, La isla de los ciegos al color, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Veo una voz, su Diario de Oaxaca o ahora El tío Tungsteno, recuerdos de un químico precoz, he aprendido lo poco que he sabido sobre física, química, biología e incluso medicina. Ya lo dijo Strindberg hace más de un siglo, La literatura no sirve de nada. La ciencia lo es todo Aunque lo que yo busco en la ciencia es lo mucho que tiene de literatura. Coleridge asistía a las clases de química de Humphry Davy para renovar su repertorio de metáforas. Las afinidades electivas, título de una obra de Goethe que utilizó con una connotación erótica es, en realidad, un préstamo científico. Keats, de entre los románticos ingleses, fue quién más aunó sus conocimientos médicos con lo poético. Y ya más contemporáneamente T. S. Eliot en tradición y talento individual emplea metáforas químicas para explicar el pensamiento del poeta, la analogía es la catálisis. La mente del poeta es el trozo de platino Enzensberger en Los elixires de la ciencia ha seguido el rastro de aquellos científicos que han vivido sus vidas como unos escritores ocultos habiendo contribuido decisivamente al conocimiento de la existencia tanto o más que muchos reputados literatos. ¡Qué analfabetos somos en tantos ámbitos del saber! ¡Qué orgullosos nos encontramos ante nuestro estatus de ignorantes! Poesía y ciencia, para Enzensberger, buscan lo mismo: el vacío, lo intangible, lo invisible, respuestas a las propias preguntas. En El tío Tungsteno, Sacks habla de su niñez en Inglaterra (nació en Londres, en el año 1936, hijo de médicos judíos de procedencia rusa) durante la Segunda Guerra Mundial. Él y su hermano Michael, fueron alejados de la capital británica para evitar los bombardeos, e internados en un colegio terrible. Oliver, para huir de aquel ambiente se refugió en el estudio, mientras que Michael enloqueció. El tío Tungsteno era su tío Dave, dueño de una fábrica de bombillas eléctricas. Las hacían artesanalmente y al autor del libro le parecía algo mágico. Sacks nos relata su iniciación en el amor por la ciencia a través de la lectura, los experimentos y la visita a los museos, los museos, sobre todo, me permitían deambular a mi aire sin verme obligado a seguir ningún programa, ni asistir a clases, ni hacer exámenes, ni competir De entre los muchos personajes a los que se refiere, a mí me llaman la atención especialmente dos: Humphry Davy y Henry Cavendish. Davy descubrió el sodio y el potasio, antes se pensaba que los metales eran duros, densos, infusibles, y ahora ahí teníamos unos que eran blandos como la mantequilla, más ligeros que el agua, muy fáciles de fundir y químicamente violentos, ávidos de combinarse hasta un punto jamás visto Davy, que también escribía poemas y a veces los publicaba, y Coleridge se trataron en Bristol. El científico llevaba siempre consigo un cuaderno de notas en donde iba reflejando detalles de sus experimentos químicos, poemas y reflexiones filosóficas. Ampére y a Gay- Lussac que le habló del cloro de las algas. En Italia analizó muestras de antiguas pinturas y, subido a la boca del Vesubio, llegó a la conclusión de que el gas del volcán era el mismo metano que el de los pantanos. Las lámparas de aceite, la fotografía, la electrólisis y la catálisis empleada posteriormente para fertilizantes artificiales fueron resultado de algunas de sus investigaciones, así como el teléfono de baquelita. Davy escribió, entre otros ensayos, Algunas investigaciones filosóficas sobre la llama, casi medio siglo antes de que Faraday redactara La historia de una vela. ¿Bachelard y Blanchot no proceden de este mismo pensamiento? El primero en La llama de una vela reconocía que la lámpara iluminaba su mesa de existencia donde se iba escribiendo su página en blanco. Enzensberger pone algunos ejemplos ilustrativos: Goethe apasionado en la geología, la botánica, la fisiología, por no hablar de la obstinada especulación que fue la Teoría de los colores En La poesía de la ciencia vuelve sobre este asunto al recordarnos que la filosofía, la poesía y la ciencia surgieron y se desarrollaron paralelamente y, en muchos casos, confundidas entre sí. La raíz común era el mito. La tematización literaria de asuntos científicos nunca cesó y así, durante el siglo XX, autores como Queneau, Primo Levy, Stanislaw Lem o Thomas Pynchon continuaron la tradición de otros siglos. Y Enzensberger cita incluso a autores más contemporáneos como Inger Christensen, Durs Grünbein (del que han sido ya traducidos al español dos poemarios: Zona gris por la mañana y Lección de la base del cráneo, este último muy influido por la fisiología) Lavinia Greenlaw, Lars Gustafsson, Alberto Blanco o Miroslav Holub. Coleridge solía asistir a las clases de química de la Royal Institution. Un día alguien sorprendido le preguntó por qué acudía a escuchar una materia tan distinta a la que él practicaba. El poeta inglés, contestó: Para enriquecer mis provisiones de metáforas Otro inglés, G. H. Hardy, especialista en teoría de los números, pone en boca de su amigo el genetista Steve Jones esta otra frase: ¿Qué sería de la ciencia sin metáforas? Fue el siglo XIX, a través de estos arquetipos, quien unió o al menos acercó la cultura literaria y la científica que estaban en polos opuestos y antagónicos. El biógrafo de Davy, David Knight, subraya el apasionado paralelismo que sentían el autor del Kubla Khan y el descubridor del sodio y el potasio. Planearon instalar juntos un laboratorio de química y hacer alquimia de los conocimientos que de la naturaleza tenía uno y de las palabras el otro. Davy se casó y, como todo el mundo, tuvo su luna de miel viajando con su laboratorio a cuestas. En París conoció a El químico veía todas las ideas en su mente, mientras que el poeta veía todas las metáforas en imágenes en su mente. Bachelard comenta lo siguiente Faraday ha tomado como tema de una conferencia popular la experiencia de la vela encendida con su vapor. Esta conferencia se ubica entre las que Faraday daba en los cursos nocturnos y que luego reunió bajo el título de Historia de una vela. Para que el experimento resulte un éxito, es necesario soplar suavemente la vela y enseguida volver a encender el vapor, únicamente el vapor, sin reanimar la mecha. Conociendo la mitad y soñando la otra mitad, diré: para efectuar con éxito la experiencia de Faraday hay que ir muy rápido, ya que las cosas reales no sueñan mucho tiempo. No hay que dejar que se duerma la luz. Hay que apresurarse a despertarla Mary Shelley siguió con admiración las conferencias de Davy y en el Frankenstein hay muchas referencias a las ideas del maestro a través del profesor Waldman. Cavendish trabajó con la electricidad y su labor fue decisiva en el descubrimiento del hidrógeno. Como personaje fue incluso más extravagante que el anterior. No se relacionaba con nadie y con sus criados lo hacía por escrito, lo cual dice mucho del nivel cultural que les exigía para estar a su servicio. No se relacionaba con nadie y mantuvo a lo largo de su vida un desinterés absoluto por la fama y la fortuna. Fue un anacoreta científico. Sacks lo califica como un genio autista único. Según su biógrafo George Wilson, No amó; no odió; no albergó esperanza de ningún tipo; no tuvo miedos; no veneró nada ni a nadie. Se apartó de los demás y, aparentemente, de Dios. No había nada apasionado, entusiasta, heroico o caballeroso en su naturaleza, y tampoco había nada mezquino, sórdido o innoble. Carecía prácticamente de pasiones. Todo aquello que para comprenderse precisaba de otra cosa que no fuera el puro intelecto, o exigiera el ejercicio de la fantasía, la imaginación, el afecto o la fe, le resultaba desagradable a Cavendish ¿No es ésta la definición de un poeta, de un escritor? Gracias a Sacks, de vez en cuando, cuando caen en mis manos sus libros, voy recomponiendo estos eslabones perdidos del conocimiento hermético. ¡Qué más da cuáles sean los medios para la búsqueda! Sacerdote, artista, científico, todos golpeamos sobre la misma fragua de la Inteligencia, fría y lúcida, que emite una pura luz blanca inaprensible.