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ABC MARTES 30 8 2005 Los Veranos 83 EL RUMOR DE LA FRONTERA José Luis Hernández, echando la red para pescar mojarritas, junto a la barrera fronteriza en Tijuana Carreteras secundarias conducen a la última frontera: el océano Pacífico. En las playas de Tijuana los gringos han levantado una barrera de puritito óxido que separa el lado pobre del rico Hierro viejo TEXTO: ALFONSO ARMADA FOTO: CORINA ARRANZ juana. Es con ahínco sutil que casi nos extraviamos por primera vez, como si quisiéramos dilatar el viaje, no llegar nunca. Nos acercamos a San Diego (y a Tijuana) por carreteras secundarias, las más ceñidas a la frontera. Hacemos escala en La Posta y en Dulzura, entre encinas, caballos indios moteados, grandes matas de adelfas. Como hicimos en Matamoros, Reynosa, Nuevo Laredo, Ciudad Juárez, Nogales y Mexicali (pero no en Gustavo Díaz Ordaz, Ciudad Acuña y Ojinaga) cruzamos andando: por el búnker en forma de caracol cuadrado que salva las garitas donde en el puerto más concurrido de toda la frontera los coches que vienen de México pasan la inspección rutinaria y, cuando despiertan sospechas, la secundaria: los polis se pegan a la carrocería como avispas libando una sandía que no tiene desperdicio. Hacemos caso omiso de la orgía de taxis amarillos que se ofrecen casi con tan rutinaria lascivia como Ti las putas sobre altos tacones de metalcrilato a plena luz en el centro de una villa de casi dos millones de asendereadas almas. Salvamos una ciclópea acequia por cuyo centro discurre una lengua de aguas fecales: en el canal del Bordo se suicidan lentamente los adictos irredentos, inquilinos a la sombra de los desagües. Mientras los peluqueros más duchos de Godiva ilustran a las clientas que se tiñen y hacen mechas sobre las advertencias de las autoridades americanas para que nadie se aventure en Tijuana, en Los Pinos, marisquería de acaudalados de las dos orillas a los que nadie preguntará jamás la razón de su fortuna, una de las pantallas bajo la techumbre de paja difunde la señal de Televisión Española. Puro surrealismo. A Saber y ganar le han quitado la voz. Mientras la orquesta se prepara para atronar las cenas, la potente megafonía difunde sin tregua boleros inolvidables. Asegura el escritor californiano Barry Gifford en Bordertown Ciudad fronteriza que las localidades del norte mexicano se sitúan en un territorio indeciso entre algo y la nada. Tijuana tiene todos esos merecimientos. Aunque la literatura permite licencias que la realidad no se toma, hace tiempo que la vida ha adquirido en México tintes extraordinarios. Estoy harta de los mexicanos que hablan y se comportan como si todo esto fuera Pedro Páramo se queja un personaje de 2666 la extraordinaria pentalogía póstuma de Roberto Bolaño. Es que tal vez lo sea le responde su interlocutor. La frontera termina literalmente en el océano Pacífico: barrera de puritito óxido que los gringos han levantado en el arenal de Playas de Tijuana para fijar qué es suyo y qué no se moja muslo y calcañar. Una sección ha sido laminda. Cuentan que los gringos van a revocarla entera. Chapa nueva. El hierro está tan viejo y carco- EE. UU. CALIFORNIA ARIZONA El Centro Holtville Calexico Mexicali San Diego Tijuana México Ajo Tijuana Tijuana Aunque según una leyenda proviene de un rancho llamado Tia Juana, el origen procede seguramente de la palabra tiwan de los indios yuma, que significa cerca del mar mido que parece un panfleto de prehistoria política. Del lado pobre, bañistas, pescadores de fortuna y descuideros, esperanzados y escépticos. Del lado rico, extensiones prohibidas, playas que sólo el viento y la migra peinan a base de motos, tractores, furgonetas y helicópteros: para que en el sueño no se les cuele nadie más. Vano afán. José Luis Hernández no tiene la menor intención de cruzar al otro lado. Con 22 años, trabaja 12 horas al día en una maquiladora que hace muebles por 800 pesos a la semana (ochenta dólares) Ya estuviéramos allí si lo hubiéramos pensado dice sentado junto a sus compadres y las mojarritas recién pescadas en un balde con agua de mar, de espaldas a la empalizada de vigas clavadas en la arena como una cárcel más que simbólica. Van a rehacerla. Está muy vieja comenta Joel Lozano, tijuanero de 35 años. A cuenta del ayuntamiento de la maltratada metrópoli de Baja California, Joel remueve polvo y pedruscos para adecentar su lado de la raya: Vamos a echar cemento para que corra el agua. Pero lo del nuevo muro es cosa de ellos. Si por mí fuera, lo tiraba. Para que sea libre todo