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ABC LUNES 29 8 2005 Opinión 5 MEDITACIONES SEGUNDA OLEADA ECÍAMOS ayer... Parece que el Gobierno vuelve a cargar contra algunos de sus clásicos. Tras el fallido arreón contra la actual dirección del BBVA, José Montilla volvió ayer a abrir la caja de los truenos al afirmar que, si él fuera accionista, no pondría a determinadas personas al frente de las empresas privatizadas. No es accionista pero es ministro, lo que hace especialmente inconveniente su irrupción en el asunto. Estas acrobacias de espontáneo que salta la barrera no suelen ser gratuitas y pueden sembrar la inquietud, no sólo en los directivos afectados, sino en el parqué bursátil y en la vida interna de las compañías. Son tres las que no han cambiado de dirección con la llegada del Gobierno (Telefónica, Endesa y BBVA) ¿En cuál ha puesto los ojos ahora el Ejecutivo socialista? MARCO AURELIO D LEER Y PENSAR LOS OLVIDADOS Y EL CENTRO GUERRA Y MODERNIDAD DE HANS JOAS Paidós Barcelona, 2005 292 páginas 20 euros Sociología de la violencia La sociología ha prestado escasa atención al asunto de la violencia y al tema de la guerra y la paz. Cosa que, paradójicamente, no impide que la estrategia militar y el movimiento pacifista se inspiren en modelos o planteamientos sociológicos como la teoría de los juegos y el análisis social. Hans Joas está empeñado en la promoción del estudio científico de la violencia. ¿Conclusiones? El sociólogo cuestiona la idea de progreso, considera que la guerra es una manera de dirimir conflictos entre Estados, admite que el Holocausto es un producto de la modernidad, reconoce implícitamente la importancia de Reagan en el hundimiento de la Unión Soviética, relativiza el poder actual de la disuasión, constata que las intervenciones en los Balcanes e Irak dan al traste con el sueño de una paz duradera después de la Guerra Fría, levanta acta de las secuelas que la guerra deja en las personas que la protagonizan o padecen. A pesar de la documentación y reflexión aportadas, nada nuevo bajo el Sol. Y uno echa en falta el nervio y magisterio del Raymond Aron que, sin pretender hacer ciencia, supo dar con las claves de la violencia en política. MIQUEL PORTA PERALES CIERTA Ignacio Camacho cuando afirma, en su última Carta del Director que el centro no existe como concepto ideológico, sino que se trata de una figuración nominal incluso de una quimera ideada por el marketing político. Le faltó añadir, sin embargo, que el monopolio absoluto del marketing político lo ostenta la izquierda, a quien le basta sacarse de la chistera cualquier ocurrencia nueva, no importa cuán excéntrica o estrafalaria, para que inmediatamente el centro se desplace hacia territorios antes sólo transitados por los extremistas más energúmenos. Para ser tachado de extremista de izquierdas habría que defender sin recato las bondades del gulag (y aun así podrían esgrimirse coartadas y circunstancias atenuantes que evitasen la adscripción) para ser vituperado y execrado como facha irredento basta con que uno se atreva a oponer tímidos reparos al JUAN MANUEL matrimonio homosexual. La izquierDE PRADA da establece cuando, como y según le viene en gana dónde debe establecerse el centro político; y a la derecha, como al Aquiles de la paradoja de Zenón de Elea, no le queda otro remedio que correr en pos de esa tortuga lanzada por el marketing político, sin llegar a alcanzarla nunca, porque cuando cree tenerla al alcance de su mano, a la izquierda le basta con correrla de sitio, dejando otra vez a la derecha descolocada y a la intemperie. A este curioso fenómeno ya nos hemos referido en anteriores artículos, denominándolo chollo ideológico La izquierda ha conseguido investirse de una suerte de impunidad moral; o, si se prefiere, ha logrado trasladar sobre su adversario político una conciencia de pecado original, una culpa ontológica que nunca logrará redimir: por mucho que se empeñe en defender posturas moderadas, el centro siempre estará más a la izquierda. De ahí que las intentonas de la derecha por apresar ese espejismo móvil resulten inútiles, A incluso un poco zascandiles; desde su atalaya de olímpica majestad, la izquierda siempre podrá desplazar la ubicación del espejismo y regocijarse con las costaladas y patinazos que sufre su adversario, en su patético esfuerzo por apresarlo. Afirmaba también Camacho en su artículo que el número de votantes a piñón fijo de izquierdas y derechas es aproximadamente el mismo y que la victoria electoral la dirimirá la conquista de ese centro imaginario. Se trata de un diagnóstico plausible; tan plausible que la izquierda ha dejado que la derecha lo asimile, mientras idea nuevas estrategias de ingeniería social. Ya no se trata de captar a los votantes más moderados, sino de garantizar el acopio multitudinario de votos mediante dos acciones mucho más eficaces: por un lado, una acción a corto plazo, consistente en satisfacer las apetencias de determinados colectivos (homosexuales, inmigrantes, etcétera) por otro, una acción a medio plazo, a través del adoctrinamiento mediático y educativo (esa asignatura denominada sarcásticamente Educación para la Ciudadanía será el mayor granero de votos de la izquierda para las próximas décadas) Así, amén de asegurarse la permanencia ad infinitum en el poder, la izquierda logrará su propósito más inconfesable, que no es propiamente aislar al adversario político como suponen ciertos analistas, sino más bien confinar en un gueto de desprecio y ostracismo a un sector social que poco a poco irá menguando y claudicando por complejito o vergüenza o desaliento de sus convicciones ideológicas, temeroso de quedarse a extramuros de ese proyecto de ingeniería social que se ha empezado a modelar. De lo que se trata, en fin, es de confinar a los recalcitrantes en los arrabales del sistema, mientras la facción opositora persigue una quimera. Ahí, en ese gueto erigido por el Nuevo Régimen, están los verdaderos abandonados; el centro, no nos engañemos, es una quimera que siempre monopolizará el marketing político de la izquierda.