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112 Los Veranos DOMINGO 28 8 2005 ABC EN PRIMER PLANO TRINIDAD SEVILLANO bailarina Me retiré porque salir al escenario dejó de ser un reto Dicen de ella que ha sido y es la mejor Giselle española de la historia. Con 16 años ya era la estrella del Ballet Clásico Español. Hoy vive en un pueblo de Sevilla con su compañero, Robert Freeman, y se ve en el futuro como maestra y coreógrafa TEXTO: MARTA CARRASCO FOTO: ROBERT FREEMAN LOS COMIENZOS Yo me convertí en Trinidad Sevillano antes de convertirme en mujer y para mí eso ha sido muy duro, porque nadie se relacionaba conmigo realmente EL FUTURO Si no haces contemporánea la danza clásica, es un rollo, y hay mucha danza contemporánea que es vieja -Dice que la vida de una bailarina son veinte o veinticinco años. ¿Eso es así? -Bueno, yo he sido una bailarina, pero nunca me he sentido como tal, era un trabajo que me gustaba. La vida de una bailarina es larga. Yo tenía la idea errónea de que tenía que acabar pronto, pero la experiencia me demostró que no, que puede ser larga si uno se cuida físicamente y se está motivado. ¿Es usted la Greta Garbo de la danza? -No lo sé. Me retiré por circunstancias y porque cada vez me resultaba más difícil salir a un escenario, me dejó de apetecer. Me gustaba el trabajo creativo, pero salir... Eso tiene que ser como un reto, porque yo nunca he sido una persona exhibicionista. Me gustaba salir al escenario porque me daba sensación de libertad y me gustaba ser ese personaje y transmitir la música maravillosa y sentir la falta de fronteras, pero llegó un momento que dejó de ser un reto, dejó de ser interesante para mí. ¿Sufrió con esa retirada? -No, fue paulatina, y si no hubiese sido por las circunstancias de la vida, me hubiese retirado antes. ¿Ser solista con 16 años de un Ballet Nacional fue demasiado pronto? -Sí, yo ahora me veo, y alucino. No era normal, yo no era normal, pero las circunstancias fueron así. Primero en España, luego en el Royal Ballet y en el Boston Ballet, fue una carrera fugaz, a la velocidad de la luz. Fue la gran aventura. ¿Volveremos a verla bailar Giselle -No, ya no. ¿Se ve cómo coreógrafa a medio plazo? -Me veo queriendo coreografiar, pero no sé si eso me hará coreógrafa. Sí, quiero hacer cosas. Trinidad Sevillano, fotografiada en su estudio ¿Por qué en nuestro país parecen estar enfrentados la danza contemporánea y el ballet? -No lo sé, a mí eso me parece absurdo. La verdad es que cualquier cosa es danza. Por ejemplo, la danza clásica, si no la haces contemporánea, es un rollo. Y hay mucha danza contemporánea que es vieja; con eso, no defiendo a los clásicos ni me meto con los contemporáneos, sino que todo tiene que ser contemporáneo y además, no todo lo contemporáneo tiene que ser bueno. ¿Alguien tendrá el valor suficiente para poner en marcha un ballet clásico? -Eso es algo que no se hace de la noche a la mañana. Lo que pretende hacer el Centro Andaluz de Danza es abrir una sección de danza clásica, que llevaría yo, y en el que contaríamos en un principio con doce personas. El primer año estaría enfocado a la formación. Hace falta mucho mejor formación en lo referente a la danza clásica. Los resultados que yo puedo ver de cualquier persona que tenga el título de danza clásica en Andalucía, son bastante pobres. Nosotros en el CAD, a partir de la formación, haremos cosas para poder enseñar el trabajo, tanto si es clásico como más contemporáneo o neoclásico, lo más importante es hacer buen uso de las gente y sacarles partido. Lo que hace el ballet es al artista. Sin un buen artista, el ballet se queda cojo. Yo he visto ballets estupendos, bailados maravillosamente que me han emocionado, y luego he visto el mismo ballet, pero bailado de forma que me ha dejado fría. -Vivir en un pueblo de Sevilla, ¿le ha dado paz? -Me ha dado tranquilidad y también me he encontrado a mí misma. Necesitaba estar fuera de los focos. Yo me convertí en Trinidad Sevillano antes de convertirme en mujer y para mí eso ha sido muy duro, porque nadie se relacionaba conmigo realmente, ni siquiera sabía quien era. Se relacionaban con Trinidad Sevillano, pero no con la niña que había detrás, que tenía 15 años y estaba creciendo. -Si tuviera una hija, ¿cuando la dejaría volar? -Nunca antes de los 18. -La convivencia con Robert Freeman, un artista de la fotografía, ¿genera arte o conflictos? -Ninguno se mete en el trabajo del otro. Como artistas nos apoyamos, pero cada uno tenemos nuestro mundo. ¿En casa cocina usted? -Sí, y creo que no lo hago mal porque Robert se lo come todo.