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ABC SÁBADO 27 8 2005 Opinión 5 MEDITACIONES GONZÁLEZ Y EL AMIGO DE AZNAR estas horas, en la Casa de Huéspedes Ilustres de Cartagena de Indias, el presidente colombiano, Álvaro Uribe Vélez, el amigo de José María Aznar, agasaja a Carlos Slim, el amigo de Felipe González, que ha ido a Colombia a cerrar la compra de Telecom, el operador de telefonía fija más importante del país latinoamericano. Operación con pésimas consecuencias para Telefónica, que lucha por asentar allí el sello Movistar en dura competencia con Comccel, que ya posee el propio Slim. Ni que decir tiene que, a estas horas, en esa misma Casa de Huéspedes, Felipe González asiste al agasajo. Hoy mismo, junto al Fuerte de San Juan de Manzanillo, en Cartagena de Indias, La Heroica. Uribe, Slim y González brindan. Y no por los intereses de España, claro. MARCO AURELIO A LEER Y PENSAR LOS MAMPORREROS CONTRA DEBORD DE FRÉDÉRIC SCHIFFTER Traducción de Julio Díaz y Carolina Meloni Melusina Barcelona, 2005 112 páginas 10 euros El líder de la secta La tesis principal de Frédéric Schiffter es sencilla: Guy Debord creó una secta, el situacionismo, bajo la apariencia de una organización revolucionaria. A diferencia de otras sectas culturales, como el surrealismo, Schiffter afirma que el situacionismo fue paralizante para sus miembros, y enormemente alienante. Para todos, salvo para el líder, el iluminado Guy Debord, que no pudo aguantar durante demasiado tiempo, hay que decirlo. Para Schiffter las teorías de Debord eran completamente idiotas, pero inventó un eslogan que hizo fortuna, la sociedad del espectáculo que sólo encerraba vacío conceptual. Para Schiffter, Debord no era más que un resentido. Contra Debord es un libro de crítica analítica, pero realizado con un premeditado impresionismo. Schiffter conoce en profundidad el situacionismo y desmonta a Debord, y las claves de su pensamiento de batiburrillo, de forma muy eficaz: sus componentes ideológicos y filosóficos, su lenguaje logorreico y su estéril organización, conocida pomposamente como Internacional Situacionista. Breve y contundente, Contra Debord desenmascara a un pobre gurú sectario que pasa por ser político, filósofo y artista. FÉLIX ROMEO N cierta ocasión le oí contar un chiste a Gila que, en su captación de la mezquina condición humana, valía por un tratado antropológico. Narrado en primera persona, el chiste requiere, para su cabal disfrute, de la peculiar dicción del difunto humorista; lo que aquí ensayo no es sino una pálida y desangelada paráfrasis: Iba yo un día paseando con mi mujer cuando vimos en mitad de la calle a tres matones, fortachones como gorilas, que apalizaban a un hombrecillo enclenque. Mientras dos lo sujetaban, el otro lo abofeteaba y le pateaba la barriga; a cada poco, se turnaban en el reparto de mojicones, sin que el hombrecillo enclenque pudiera siquiera defenderse. Otros transeúntes pasaban por el lugar haciéndose los desentendidos. Aquel espectáculo me sublevó; no podía resistirme a intervenir. Mi mujer trató de disuadirme, pero me la quité de encima y me metí en la reJUAN MANUEL friega... ¡Cómo lo pusimos entre los DE PRADA cuatro! Había que ver a Gila, con las mangas de la camisa remangadas, la sonrisa exultante, sacando pecho, impostando esa bizarría del perdonavidas que se crece ante la debilidad ajena. Me he acordado muchas veces en los últimos meses de aquel viejo chiste de Gila, porque creo que expresa a la perfección cierto clima de matonismo satisfecho que empieza a implantarse en la sociedad española. Tradicionalmente, los españoles hemos sido propensos a ensañarnos con quienes ocupan una posición inerme o desvalida. A esta predisposición de índole cainita el Nuevo Régimen le ha proporcionado, además, una coartada legitimadora que permite al abusón hacerse el gallito, como si en lugar de perpetrar un desafuero acabase de consumar una hazaña, como si en vez de acatar las órdenes del poder constituido estuviese rebelándose paladinamente contra él. Esta bravuconería de quienes se disfra- E zan de espadachines temerarios cuando en realidad saben que no hacen sino asestar lanzadas a moro muerto admite manifestaciones muy diversas: desde el pobre papagayo con púlpito mediático que sigue eligiendo como diana de sus invectivas a quienes ya no gobiernan hasta el que se finge valiente arremetiendo contra un juez que osa cuestionar a pecho descubierto la constitucionalidad de una ley. Por supuesto, estas actitudes sólo pueden explicarse como el corolario de una perversión social: la misma perversión que indujo a los alemanes, hace setenta años, a atender las soflamas antisemitas; la misma perversión que los condujo a favorecer o consentir su persecución, su internamiento en guetos, su paulatino y silencioso exterminio. En esta forma de perversión social se funden, en indescifrable amalgama, la cobardía, los rencores atávicos y ese impulso lacayuno que obliga a los hombres a lamer la mano que les da de comer. Paradójicamente, estos papagayos de la doctrina oficial se las han ingeniado para adoptar una retórica combativa, como si en lugar de actuar como corifeos del pensamiento hegemónico estuviesen pulsando la nota transgresora y discordante. ¡Admirable ejercicio de birlibirloque! Y así, en un alarde de cinismo, posan de heterodoxos ante la galería, como si no estuviesen contribuyendo a la fangosidad seudointelectual que favorece el Nuevo Régimen, sino exponiéndose al fuego graneado del enemigo. No contentos, además, con adherirse servilmente a la corriente de la época, la emprenden con quienes aún se resisten a comulgar con las ruedas de molino que ellos antes se han tragado; y lo hacen con exultación y orgullo de matones, exultantes de zurrar la badana al disidente sin llevarse a cambio ni un arañazo, como el personaje del chiste de Gila. Son los mamporreros del Nuevo Régimen, la cofradía bendita y gregaria de sus turiferarios. Miradlos cómo sacan pecho, cómo ahuecan la voz, cómo se infatuan y pavonean de limpiar las calles de judíos.