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14 Nacional TRAGEDIA MILITAR EN AFGANISTÁN VIERNES 26 8 2005 ABC Militares de la Bhelma IV, unidad de helicópteros de la base de El Copero, presentan armas La base de El Copero, donde estaban destinados cuatro de los militares fallecidos en Afganistán, recupera su vida normal después del siniestro. Dentro de los muros del cuartel, los compañeros de los que cayeron prefieren no hablar en público de la tragedia Hay que seguir trabajando para dejar el pabellón de España bien alto TEXTO: JORGE SÁINZ FOTO: RAÚL DOBLADO SEVILLA. Da la impresión de que entre los miembros del Ejército la rabia que provoca la muerte se vive de una forma diferente. No hay lágrimas ante los ojos del extraño y el dolor por el fallecimiento de 17 militares hace más de una semana en Afganistán es apenas perceptible. Franquear la intimidad del cuartel de El Copero, en Sevilla, de donde procedían cuatro de los soldados fallecidos, se transforma en todo un reto cuando los compañeros y amigos de los que cayeron son ahora muros de piedra. El espíritu militar es, en síntesis, diferente. Son uno para lo bueno y uno para lo malo. La procesión va por dentro y existe un techo, un refugio común llamado Unidad. Más allá, sólo hay hermetismo. Ley del silencio Así lo transmiten los propios responsables del Batallón de Helicópteros de Maniobra IV (Bhelma IV) que tiene su base en El Copero- -si bien operativamente depende del mando de Valencia- -a la que pertenecían cuatro soldados de El Copero muertos. Hay que sobreponerse al dolor asegura el comandante de este equipo, Alfonso Castilla. Si no hay rango, sólo queda el silencio. El lamento por la pérdida de aquellos con los que convivieron en Se- villa no sale de las paredes del cuartel. Puedes intentar hablar con el resto de soldados si quieres, pero declinarán amablemente hacer comentario alguno. Está estipulado dice Castilla. A los fallecidos- -brigada Juan Morales y soldados Pedro Fajardo, José Manuel Moreno y David Guitar- -les llevarán siempre en el recuerdo. De hecho, diez de sus compañeros pasan ahora el trago amargo de ocupar los puestos de los que murieron. El pasado lunes volaron hasta Herat, la ciudad afgana de triste recuerdo en la que asumirán la responsabilidad de completar la misión que sus amigos no pudieron finalizar. A pesar del disciplinado silencio, la tragedia de la pérdida sobrevuela cada recoveco del interior de la base sevillana. Se aprecia en una bandera de España que hace unos días ondeaba a media asta en todo su esplendor. Se siente en la estampa casi tétrica de los helicópteros modelo Cougar como el siniestrado, abandonados al sol de agosto en las pistas de El Copero. Se ve en los corrillos cerrados que forman los integrantes del Bhelma IV, seguramente para comentar las circunstancias que rodearon el accidente. Se advierte, finalmente, en los gestos y se puede respirar en el ambiente. A veces no hacen falta palabras para transmitir una sensación. Sin embargo, los militares se afanan por mantener la cabeza bien alta. Mientras tanto, sus mandos se encargan de hablar por ellos. Son sensaciones absolutamente contradictorias asegura el comandante Castilla. La reflexión es marcial y políticamente correcta. No hay fuga alguna, tal y como se pudo comprobar el día en que José Luis Rodríguez Zapatero dio el pésame uno por uno a los miembros del Bhelma IV en la base. Por un lado, tenemos un enorme dolor atravesado, pero, por otro, somos conscientes de que tenemos que seguir trabajando para dejar el pabellón de España bien alto ¿Por qué El Copero? La sensación al abandonar El Copero induce a pensar que no se han atado todos los cabos sueltos. Si a sus propios compañeros les cuesta expresar su dolor, más difícil, mejor dicho imposible, resulta tratar de interpelarles, como expertos en la materia, acerca de las causas que rodean la caída del helicóptero. Se puede buscar entonces una conversación más liviana. ¿Por qué esta base se llama El Copero? Cinco soldados son incapaces de dar una respuesta.