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6 Opinión VIERNES 26 8 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA XAVIER PERICAY COMO UNA LAPA A SU ROCA ADO que, para nuestra desgracia, son pocos los hombres de provecho que se entregan a una carrera política, me gusta jugar con la imaginación a su recolocación posterior al paso por el poder. Hay muchos, demasiados, cuya única experiencia es la política. Empezaron en ella a tan tierna edad que, ya cincuentones, resultan de difícil acomodo. Sus partidos de pertenencia, sin diferencias entre unos y otros, les van colocando para que, si toca turno de poder, chupen de las siempre nutricias ubres de los ayuntamientos, las autonomías y, en su caso, el Gobierno del Estado. Son, para su clasificación dicotómica, políticos digitales perpetuos y, siendo M. MARTÍN mayor en la subespecie FERRAND el número de machos que de hembras, lo mismo sirven para una junta de distrito municipal que para una confederación hidrográfica o cualquier eutrapelia con cargo al Presupuesto. José Luis Rodríguez Zapatero, ahora en su momento de gloria, era un político digital perpetuo de pura cepa. Su discreción era tal que ni sabíamos de su existencia a pesar de su veteranía en el Parlamento, que no parlamentaria, cuando le llegó la hora estelar. Fuera de la política, de las rutas y burladeros que ofrece la actividad, es difícil imaginar el futuro del hoy presidente del Gobierno. Las actividades imprecisas de sus predecesores le abren las puertas del futuro; pero, ¿ustedes imaginan a Zapatero, ya que tiene tanto sentido social, como director de recursos humanos en una empresa? A la vista de la recluta con la que cubrió los casi dos mil cargos que dependen de su dedo, no se puede decir que se le salven ni los ministros. Mucho gesto y poca chicha. Propusiéraselo José Bono o nombrárale José Antonio Alonso, el actual director general de la Guardia Civil, Carlos Gómez Arruche, lleva el cuño de las selecciones a que Zapatero nos tiene acostumbrados. Afortunadamente los sistemas empresariales para una función equivalente son más rigurosos y solventes porque, visto lo que ya llevamos visto, ¿hay alguna razón sólida para que un general del Ejército del Aire esté al frente de la tan importante como compleja Guardia Civil? 75.000 hombres que tienen muy puestos los pies en la tierra española parecen muchos para un hombre adiestrado, por vocación y carrera, al looping entre las nubes. Gómez Arruche, uno de los muchos inventos de personal que trajo el zapaterismo, atraviesa un mal momento, Los suyos, los del Gobierno- -ellos sabrán por qué- le han abandonado y hasta José Blanco, el eficaz recadero del presidente, le tiene en solfa, cosa, por cierto, poco respetuosa con un señor que, con todo merecimiento, usa fajín. Ante el caso se puede entender la posición numantina de un Gobierno que nunca se equivoca porque se lo impide el talante; pero, ¿por qué no dimite el interesado? Algunos se agarran a los cargos como una lapa a su roca. D LA TENTACIÓN DEL PASADO Ante la inminente apertura del nuevo curso político, el autor analiza cómo el socialismo español, con sus continuas cesiones a los nacionalismos, ha ido descosiendo, cuando no rasgando, lo que tanto había costado zurcir en los primeros compases de la Transición E L próximo 20 de noviembre van a cumplirse treinta años del día en que el general Francisco Franco tuvo el detalle de morirse. Treinta años son tres décadas. O sea, casi un tercio de siglo. Y, durante este largo período, todos los españoles que así lo hemos querido, la inmensa mayoría por fortuna, hemos vivido en paz y libertad en una monarquía parlamentaria. Creo, francamente, que hay para estar contentos. Y para recordarlo a menudo. Sobre todo porque los precedentes no invitaban al optimismo. Sin ir más lejos, los de aquel mismo siglo, manchado por una guerra civil y dos dictaduras. Suerte que el último cuarto fue nuestro, de todos los españoles, así como los pocos años que llevamos del siglo en curso. Con todo, de un tiempo a esta parte las cosas han empezado a torcerse. Yo diría que este tiempo se sitúa muy propiamente en los albores de la campaña electoral para las últimas elecciones autonómicas catalanas. Hace más o menos dos años, pues. Fue allí donde, con una intensidad y una frecuencia desconocidas hasta la fecha, se empezó a afirmar que no éramos felices. Lo proclamaron los independentistas de ERC, espoleados por las encuestas, que predecían un aumento considerable de votos para sus siglas. Y lo proclamaron los herederos de Jordi Pujol, temerosos de que sus hermanos en el nacionalismo les dejaran en cuadro. Pero lo más increíble fue ver a los socialistas catalanes proclamando lo mismo. Que no eran felices. Que la Cataluña que querían gobernar necesitaba un nuevo Estatuto y más dinero, y que el Estado no estaba por la labor. Que había que emprender una segunda Transición, hacia un Estado federal. O sea que el problema era España. La España de las autonomías. La monarquía parlamentaria que había empezado su andadura hace tres décadas. Es cierto que por entonces el lendakari Ibarretxe ya iba dando voces con su plan. Pero lo del lendakari, aun cuando revistiera- -y siga revistiendo- -una gravedad enorme, quedaba circunscrito a un terreno particular. Como una especie de quiste al que hay que tener permanentemente vigilado, no vaya a ocurrir que crezca más de la cuenta. En cambio, lo que nacía en Cataluña era otra cosa. Era la primera vez que en un partido que había protagonizado la Transición y había suscrito sus pactos se echaba al monte- -eso sí, democrático- Y aunque se tratara de la rama catalana del socialismo, presuntamente soberana, el programa con que se presentaba a aquellas elecciones contaba con el apoyo del secretario general del PSOE y futuro candidato a presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Un apoyo entusiasta, por cierto, que llegó a incluir más adelante la temeraria promesa de defender en las Cortes el proyecto de Estatuto tal cual