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ABC VIERNES 26 8 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC POR QUÉ NO MANDAN LAS MUJERES POR EDURNE URIARTE CATEDRÁTICA DE CIENCIA POLÍTICA. UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS La pregunta ya no es sólo cuántas mujeres mandan sino, sobre todo, cuántas aspiran a mandar y cuántas están compitiendo con decisión para llegar a esas posiciones. Porque además del problema anterior, hay un tercer factor en escena, el personal... A respuesta políticamente correcta a la pregunta que da título a este artículo es la discriminación. El problema es que eso que fue sustancialmente cierto hace unas décadas ya sólo representa una pequeña parte de la verdad en los países democráticos, tan pequeña que es hora de revisar en profundidad algunos de los presupuestos clásicos del feminismo. Y no sólo por la incorrección del análisis sino por dos consecuencias sociales y políticas que tiene esa percepción distorsionada de la realidad: puede dar lugar a políticas públicas equivocadas y entorpece la evolución de las mujeres hacia la conquista del poder con el freno de un improductivo victimismo. L El feminismo tuvo una influencia decisiva en el siglo XX porque cuestionó radicalmente las concepciones tradicionales sobre el rol de las mujeres y denunció y removió los obstáculos legales, políticos y sociales que impedían la igualdad. Pero una vez que la mayor parte de esos obstáculos han sido eliminados, el feminismo persiste en el mismo discurso y se ha quedado ideológicamente anquilosado. Es cierto que las mujeres decidimos mucho menos que los hombres, en la política, en la economía y en la cultura. Pero la diferencia es que ahora tenemos, sustancialmente, las mismas oportunidades que los hombres para aspirar al poder. Y sí, a pesar del escándalo que pueden provocar estas palabras, competimos en igualdad de condiciones. Porque la igualdad de condiciones significa igualdad ante la ley y las mismas oportunidades educativas. Ahora bien, en este punto, la tesis de la discriminación argumenta que, a pesar de la igualdad formal, las mujeres somos sutilmente discriminadas en los procesos de selección de las diferentes carreras profesionales puesto que los selectores son mayoritariamente hombres y tienden a preferir a los hombres sobre las mujeres, incluso cuando ellas presentan cualidades y conocimientos superiores. Pues bien, esto que hemos dado como verdad incuestionable no ha podido ser demostrado con claridad hasta ahora. Los datos que sí tenemos sobre los procesos de selección indican otra cosa. En el terreno de la política, la investigación más sólida realizada hasta el momento es la de las politólogas británicas Pippa Norris y Joni Lovenduski quienes en los años noventa analizaron los procesos de selección de los candidatos para las elecciones legislativas en los partidos británicos. Estudiaron la influencia de la raza, la clase social y el sexo, y, en contra de su hipótesis inicial, no encontraron evidencias de discriminación por razón de sexo en esos procesos de selección (Political Recruitment, Cambridge University Press, 1995) Poco más tarde, Pippa Norris dirigió un estudio inter- nacional en el que los politólogos de diez países democráticos llegaron a la misma conclusión, la inexistencia de discriminación en los procesos de selección de candidatos a los parlamentos (Passages to Power, Cambridge University Press, 1997) Este mismo año ha sido publicado en nuestro país un estudio dirigido por María Benjumea sobre la experiencia de mujeres que han llegado a posiciones profesionales altas o intermedias en todo tipo de campos laborales. La evidencia que se extrae de las entrevistas realizadas es que las 150 mujeres entrevistadas muestran una baja percepción de discriminación en sus experiencias profesionales (Mujer y empleo, Círculo de Progreso, 2005) A pesar de todo lo anterior, es cierto que las mujeres tenemos la sensación de que los valores sociales dominantes nos perjudican, de que ser mujer es una desventaja profesional, de que es más complicado para nosotras lograr el reconocimiento social. Pero entre los valores sociales generales desfavorables y la práctica de la discriminación, es decir, de un trato de inferioridad en nuestras trayectorias profesionales, hay una distancia que ya no podemos probar. mujeres que aspiren a una posición. Esto es lo que contiene, por ejemplo, esa idea de una ley de igualdad en las listas electorales, y el Gobierno apunta también a la esfera privada y a la mismísima dirección de las empresas. Y todo eso significa que una ley de igualdad como la que promete el Gobierno para los próximos meses puede ser contraproducente para las mujeres e injusta para los hombres pues, a partir de la hipótesis de la existencia de discriminación en los procesos de selección, pretende introducir la discriminación positiva o la selección obligatoria de un porcentaje determinado de mujeres, independientemente de la valoración de los méritos de los hombres y La discriminación positiva es un error que no responde a los factores reales que explican en la actualidad la escasa presencia femenina en el poder. El primer factor es generacional. Realmente es el más importante, pero, absurdamente, apenas se le presta atención en los discursos sobre los males que nos aquejan a las mujeres. Hay menos mujeres en el poder, sencillamente, porque empezamos esa carrera mucho más tarde, y, dentro de 50 años, el panorama será completamente distinto. Ahora bien, ese proceso se puede acelerar porque hay otros dos factores en los que las instituciones sí pueden intervenir a través de la difusión de valores. El primero es el de las concepciones sociales negativas hacia las mujeres que quieren competir por el poder. Más allá de lo que queda de los prejuicios tradicionales, hay que añadir aquí que es el propio feminismo el que en parte promueve esos valores contrarios al poder de las mujeres cuando critica lo que considera actitudes masculinas de las que quieren mandar. Porque una buena parte de esos discursos sobre la discriminación están trufados de intolerancia hacia las mujeres que luchan por el poder con el engañoso mensaje de la existencia de un mundo idílico sin poder ni desigualdad en el que las mujeres, femeninas y no masculinas, impondrán nuevos estilos de gestión; no hay más que pensar en la defenestración feminista de algunas importantes líderes políticas. Repasemos la política, la economía, la cultura. La pregunta ya no es sólo cuántas mujeres mandan sino, sobre todo, cuántas aspiran a mandar y cuántas están compitiendo con decisión para llegar a esas posiciones. Porque además del problema anterior, hay un tercer factor en escena, el personal, que contiene, a su vez, dos elementos, el familiar y el de las aspiraciones de las mujeres. El familiar es el más complicado porque aquí entran en escena los hijos, y fuera de lo que puede ayudar el estado, que es bastante más, y del cambio de mentalidad de las mujeres que deben traspasar parte de esa responsabilidad a los hombres, no veo alternativas claras. Sí existen en el último elemento, en la necesidad de que las mujeres entiendan y asuman de una vez los sacrificios del poder, de un modelo de vida enormemente exigente en el que el reconocimiento social ya no proviene del aspecto físico, de la maternidad o, sobre todo, de los logros sociales de la pareja. Provienen únicamente de la capacidad y del esfuerzo de las propias mujeres. Y de eso apenas hemos hablado hasta ahora.