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70 Los Veranos MARTES 23 8 2005 ABC EN PORTADA Rebelde y chatarra en exposición RAMIRO VILLAPADIERNA CORRESPONSAL BERLÍN. Un tupé rubio, una camiseta blanca y una moto eran el culmen del descaro. Por las calles de Nueva York camina mostrando pecho, luego en un sofá se despereza como un gato. Un refresco, unos pies descalzos, un pitillo, un jersey áspero, una sonrisa esquiva, unos tejanos, un gran cansancio: toda una pose. Pero sobre todo mira, con esa mirada entre indolente, lasciva y perdida; luego se sabría que simplemente miope, lo que explica que uno ve lo que quiere ver. El joven sin mácula se mató hace 50 años, al este del edén hollywoodiense, en Paso Robles, y una exposición en Berlín repasa ese ascenso sin caída y muestra su querido coche que lo convirtió en chatarra: un ejemplar del Porsche 550 Spyder, con que el rebelde enfiló a la muerte una noche sin saberlo, o sea sin causa. Venía de una granja en Indiana y llegó al firmamento casi antes de empezar. James Dean- Fotografien en la Camera Works de Charlottenburg, pormenoriza en 150 tomas- -unas imborrables, otras desconocidas- -las razones de la escalada de una imagen hasta convertirse en, posiblemente, el primer póster que un adolescente puso nunca en su cuarto: su sensación de vulnerable marginalidad lo convirtió en el primer antihéroe, una confusa necesidad generacional ahíta de John Wayne. Tras Dean- -con su réplica femenina en la chica de al lado -y por medio siglo, cualquier héroe- -de Spiderman a Schwarzenegger- -pasó a sospechoso de fascismo, lo que dio en otros lares un cine de Gabino Diego y Maribel Verdú. Se descubre que Dean fotografiaba también y algunas son propias o se lo ve a torso desnudo revelando en el cuarto oscuro, pero la parte central, con tomas de Roy Schatt, Dennis Stock y Phil Stern, rastrea los orígenes de un fenómeno original, si luego crecientemente repetido: la irresistible y ascendiente fascinación por un ídolo generacional. Schatt, el fotógrafo de Marilyn y Newman, hizo la serie realizada en 1954, tras Al este del Edén Stock tomó las célebres de Time Square (NYC) entre Rebelde sin causa y Gigante Stern es responsable de su hoy eterna cazadora de cuero sobre la moto. Su breve carrera, aceleración hacia el fin, bello cadáver de 24 años y funeral mediático hicieron por disparar una imagen. La camiseta blanca, de sus años granjeros y guardián en un párking, creó el chic simple: el que medio siglo después repite cada anuncio de cocacola. Hawks decía que las estrellas no son grandes actores, pero cuando cruzan ante una cámara ésta las reconoce. Aunque las productoras han dedicado a ello décadas y billones, medio siglo después nadie sabe cómo nace una estrella. Tampoco cómo perdura en la memoria colectiva. Y aún ¿cómo se llega a símbolizar la ansiedad de una generación entera? Una célebre imagen del actor paseando por Times Square, en Nueva York (Viene de la página anterior) más bronca que peso específico, en uno de los diez o doce pósters de la Historia de la Humanidad. Un aspecto frágil en una voluntad de granito, unas gotas de miopía, un punto de incertidumbre, con unas increíbles dotes para la simulación y para el calco (Elia Kazan vio rápido que a Brando le había salido un doble y pasado por el agua de la languidez) con una punta de velocidad en la huida de su pasado de huérfano de granja que lo abocaba a comerse el mundo... o a dejarse en ello la dentadura; y por supuesto, la muerte pronta y justo al tiempo de la explosión de su imagen rebelde, tosca, adorable, perdida... Todo ello, bien agitado en una filmografía breve pero intensa y rubricada por tres cineastas grandes, Elia Ka- zan Al Este del Edén Nicholas Ray Rebelde sin causa y George Stevens Gigante le dan una consistencia al mito que no doblegarán los años. Aunque, seamos sinceros, el mundo (y en especial el mundo del cine) debería de saber que no es suficiente un gesto, una pose, una camiseta, una actitud y un desgraciado accidente para adquirir en propiedad una parcela en el Olimpo. Algo de único había en ese joven actor del que nunca sabremos si hubiera tocado la grandeza (en todos los sentidos) de Brando, pero que no dejaremos de ver nunca dentro y alrededor de la pantalla. Tal vez su destino era ser la puerta para entrar a los años sesenta; o dicho de otro modo: la puerta para entrar a un modo completamente nuevo de ver las cosas de la vida. Una sala de la exposición, con el coche en que murió James Dean