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42 Cultura VIAJES Y LIBROS, UN BUEN TÁNDEM MARTES 23 8 2005 ABC Max Rodenbeck se adentra en El Cairo. La ciudad victoriosa en una historia inacabable, la de una ciudad cosmopolita, a pesar de algunos zarpazos del terrorismo, en la que existe el ferviente deseo de que nunca sea conquistada por el fanatismo El Cairo, la ciudad difícil e impaciente TEXTO: TRINIDAD DE LEÓN- SOTELO MADRID. Te dicen dos palabras: El Cairo. ¿Qué piensas? ¿Qué sientes? Para empezar surge un embrujo que atrae de modo irresistible. No sólo por una cultura en la que la capacidad humana para la creación de la belleza alcanza el paroxismo; existe otra faceta, que se adentra en la vida, en el bullir de una ciudad cuya existencia se antoja que parte desde el infinito con la pretensión de alcanzar la eternidad. La magnificencia de los momumentos, los registros sagrados de los sacerdotes, el esplendor faraónico se añaden al camino que conduce a transitarlo. Desde miles y miles de gente corriente hasta la grandeza de Cleopatra, Herodoto, Saladino... En El Cairo. La ciudad victoriosa (Almed) su autor, Max Rodenbeck, confiesa que desde que pisó por vez primera el lugar se sintió seducido por él hasta el punto de manifestar que experimentó la comodidad de quien camina a gusto con unos zapatos viejos. Su acierto radica en que supo penetrar en el espíritu y exponer los acontecimientos. Amó su resistencia a incontables desastres y escribe que a lo largo de cinco milenios de reencarnaciones, El Cairo había dejado de lamentar su declive y, sin embargo, la ciudad había resistido No duda que El Cairo nunca ha vendido ni su dignidad ni su alma. Después de todo, explica, éste es el lugar que dio al mundo el mito del ave fénix El ombligo del mundo Veámosla pues nacer, enredarse, decaer y casi morir a base de invasiones, plagas, bancarrotas y otras calamidades. Pero siempre resurgió y ahí está para asombro de todos. Para dar idea de los altos y bajos, baste decir que una zona que contó en sus comienzos con pequeñas aldeas, fue, durante 300 años, la mayor de las ciudades musulmanas. Entre 1900 y 1999 el número de habitantes se multiplicó por 25 y, hoy por hoy, uno de cada cuatro egipcios vive en la capital. Es más, cuando los árabes piensan en El Cairo, la ven como depositaria de lo árabe. Cuenta Rodenbeck que allí están las universidades más importantes, las librerías más grandes, la cultura popular más vibrante... e incluso el mercado de camellos más pujante. Ya en lejana antigüedad fue reconocida como el ombligo del mundo. No, no es Egipto sólo una fábrica de fabulosos tesoros, de pirámides a cuyos pies una persona se esfuerza por creer que fueron levantadas por humanos. El nombre de El Cairo fue primitivamente al- Qahira, pero los mercaderes italianos fueron transformándolo. Y es que la ciudad conoció a imnumerables viajeros que supieron filtrar sus conocimientos y vender sus mercancías. Según datos científicos, el primer asentamiento estable en El Cairo sur- Imagen de El Cairo, con las pirámides al fondo gió a finales de la última época glacial. Relata Rodenbeck que hace unos 10.000 años el calentamiento global secó los pastos que antes bordeaban el valle del Nilo, de modo que la abundante fauna de elefantes, jirafas y leones se dirigieron hacia el interior del continente. A los nómadas del Paleolítico, la situación les llevó a quedarse en el valle. En el cuarto milenio a. C. las ciudades- estado situadas al norte y al sur de On formaron dos reinos, el del Alto y el del Bajo Egipto. Fue pasando el tiempo, las palabras de admiración cayeron sobre la ciudad como una lluvia intensa. En Las mil y una noches se habla de El Cairo durante su esplendorosa etapa medieval. Rodenbeck no se olvida de Menfis sobre cuyo prestigio se explaya y recuerda cómo Alejandro Magno tras conquistarla trató- -no era la primera vez que su carácter lo impelía a ello- -de ganarse la simpatía de los habitantes, pero, ¡ay! sentenció el destino de la antigua capital al fundar Alejandría, la ciudad portuaria que se convirtió en sede de la dinastía que estableció el general Ptolomeo Soter, que recibió Egipto como herencia del genial macedonio. Popularmente parece que la historia de Egipto está unida sólo a los faraones, pero al poder llegaron otros como los otomanos, los mamelucos, los fatimíes y el mismísimo Saladino. Los fatimíes, descendientes de Fátima, la hija de Mahoma, eran chiítas y, curiosamente, El Cairo sunnita venera a un mártir chiíta, al Husayn. Los dinares de oro acuñados en El Cairo fatimí llegaron a todos los rincones del mundo conocido convirtiéndose en la divisa más común de la época. En tiempos de los otomanos, por ejemplo, El Cairo llegó a ser el centro cafetero más importante del mundo. Los árabes llegaron a Egipto el año 640 d. C. ABC Los caprichos del Nilo El Nilo, ese río mítico, fue vida y muerte. Si sus aguas subían en exceso o bajaban demasiado, los problemas estaban El Cairo fue primitivamente al- Qahira, pero los mercaderes italianos fueron transformándolo asegurados. Y es que el Nilo tenía caprichos que condujeron entre 1065 y 1702 a una hambruna que obligó a todo el que podía a abandonar Egipto. En tiempos de esplendor, los mercaderes europeos viajaban para comerciar. Pero las buenas rachas eran arrasadas por imnumerables plagas. Así, un siglo y medio después de la hambruna, llegó la peste negra, traída por los mercaderes de esclavos del Mar Negro. La enfermedad se extendió por doquier, pero en El Cairo se cebó. En dos años, la epidemia se llevó por delante a un tercio de la población. Desde 1347 a 1517 hubo 55 plagas, veinte de las cuales fueron epidémicas. Rodenbeck, entusiasta de El Cairo, se adentra en una historia inacabable, porque, ciudad cosmopolita, a pesar de algunos zarpazos del terrorismo, existe el ferviente deseo de que nunca sea conquistada por el fanatismo. La ciudad tiene doce millones de habitantes y es difícil e impaciente Quienes la aman lo hacen de veras. El autor del libro encontró a un anciano que perdida su casa vivía en el cementerio. Confesó ser feliz porque vivía en la mejor ciudad del mundo