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ABC MARTES 23 8 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC ACCIÓN DIRECTA POR ÁLVARO DELGADO- GAL ESCRITOR Y PERIODISTA La catarsis salvífica se indaga ahora, no en la igualación de las rentas, sino en el menudeo de propuestas rompedoras. La resulta es una suerte de radicalismo progre, tanto más disperso cuanto menos ahormado por una visión nuclear... U N marciano que decidiera informarse sobre España a partir de las tiras cómicas que publican los diarios, llegaría pronto a la conclusión de que Rodríguez Zapatero es un hombre fundamentalmente risueño. O para ser exactos, incesantemente risueño. Nueve de cada diez veces, el Presidente aparece detrás de una sonrisa enorme, una sonrisa que dibuja una media luna horizontal, desmesurada, y feliz. Conviene añadir que los caricaturistas no han tenido que inventar apenas. El Zapatero de carne y hueso sonríe también sin tregua, como estremecido al contacto de un centro misterioso y bienhechor. Pues bien, este hombre amable, este hombre que saluda ufano a todo el mundo, este hombre que no ha opuesto siquiera un no destemplado a Ibarreche, se está caracterizando por practicar una política autoritaria. Antes de que los incondicionales del Presidente alcen la mano en señal de protesta, intentaré aclarar qué entiendo por política autoritaria Son autoritarios los políticos que conciben la acción pública por analogía con el juego del pimpampum. Se pasea la vista en derredor, se detectan los problemas, se dirige contra ellos la artillería gubernativa, y se dispara a granel. La política cesa en su función principal, que es la de avenir intereses y componer fuerzas, y se convierte en un sistema gigantesco de arbitrismos, presuntamente infalibles por cuanto ajustados a las circunstancias de cada caso concreto. El truco, por desgracia, da poco de sí. Reparemos, qué sé yo, en la política económica. Para competir con la industria extranjera, el hombre de mentalidad autoritaria aconsejará la introducción de subvenciones; en orden a evitar que el pan sea demasiado caro, fijará un precio máximo; si los ricos acrecen su ventaja sobre los pobres, se aplicarán impuestos confiscatorios, y así sucesivamente. Luego llega el tío Paco con las rebajas, y los problemas persisten o quizá se agravan. La industria subvencionada degenera porque los industriales se transforman en clientes del Tesoro y no en servidores del consumidor; los agricultores abandonan el cultivo del trigo porque no les renta cosecharlo al precio oficial; y los ricos levantan sus capitales y se van a Miami o la Costa Azul. La realidad, en otras palabras, es propensa a rechazar las soluciones a la medida, y se venga de los sastres pintureros metiendo los brazos por el agujero que corresponde a la cabeza, y la cabeza por donde estaba previsto que salieran los brazos. El Presidente ha hecho pocos experimentos económicos. Alguien cuyo nombre conocemos bien, ha pintado debajo de la especie economía una calavera con dos tibias atravesadas, y le ha dicho a Zapatero que no se acerque porque a lo mejor le da un calambre. En todo lo que no se relaciona con la economía, sin embargo, las acciones del Gobierno acusan una índole fragmentaria, espas- módica, voluntarista. La evidencia alcanza dimensiones abrumadoras. Se ha decretado que el cincuenta por ciento de los altos cargos sean mujeres, con independencia de que el porcentaje de las realmente capacitadas se halle por encima o por debajo de ese umbral; se crea un ministerio ad hoc, y sin contenido, para que los pisos salgan más baratos; se intima desde Túnez la repatriación del ejército multinacional destacado en Irak; se autoriza el matrimonio homosexual con el mismo desparpajo con el que se le cambia el nombre a una calle; o se castiga la violencia doméstica implantando la discriminación positiva en el Código Penal. Estas providencias, no pongo en duda que urgidas por un empeño moral genuino, se han adoptado con frecuencia a contrapelo de lo que decían los expertos o de los sentimientos manifestados por capas amplísimas de la población. Un gobierno prudente daría menos cabriolas y volatines. Y sobre todo, se guardaría de pensar que el aval de mayorías parlamentarias muy circunstanciales asegura, por sí sólo, la eficacia u oportunidad de una ley. Considérese no más el proyecto, en fase todavía larval, de garantizar que marido y esposa consagren a las labores del hogar el mismo número de horas. La idea será una broma mientras no se reclute un ejército de inspectores, se instale en cada casa un monitor de televisión, y se prevenga un abanico de multas y sanciones para los infractores. Descubriríamos, al cabo, que se ha promocionado cierta noción de la justicia a trueque de mudar España en un estado policial. El Gobierno, obviamente, no quiere eso. Pero se siente fascinado por determinadas ideas, de mucho estruendo y lucimiento. Y las va colocando en la rampa de lanzamiento del Congreso con el afán que pone un niño en desplegar, a la entrada de su cuarto, las monadas que ha adquirido en la juguetería de la esquina. Es probable que el didactismo inconexo del Gobierno emane de la propia personalidad de Zapatero. Pero yo creo que hay algo más, y que esto más que hay refleja evoluciones no baladíes dentro de la izquierda. Hasta hace poco, la última se hallaba aún atenida a paradigmas filosóficos de cuño marxista. La noción marxiana- -y también smithiana- -de que las relaciones de producción son determinantes en la conformación de la realidad social, y de que el legislador que las ignora está condenado a ser un cantamañanas, sofrenó los ímpetus utópicos de muchos reformadores socialistas y provocó que sus denuedos tendieran a concentrarse en la mejora y transformación de las condiciones de vida de los trabajadores. En el plano programático, esto se tradujo en un aplazamiento indefinido del momento quiliástico revolucionario y la aceptación, provisional primero y sincera después, de la democracia parlamentaria y del sistema de partidos como vehículo de la acción política. En el terreno de la gestión, se concedió primacía a las carteras de Economía y Trabajo, seguidas de cerca por las que acumulan más gasto social. A saber, Enseñanza y Sanidad, y alguna otra que quizá se me haya quedado trasconejada en el camino. El curso de los acontecimientos, y la crisis del Estado Benefactor, han alterado este escenario de modo irreversible. De unos años a esta parte, nada es como antes. El gasto social, más gravoso cada vez, ha perdido el significado de que había gozado en tiempos. Continúa registrándose, es verdad, cierta correlación entre adscripción obrera y adscripción partidaria. Pero los índices se han hecho borrosos, y los recursos que proporciona una fiscalidad agobiante se derraman de modo errático en provecho de una muchedumbre de votantes que se disputan a la par los partidos de izquierdas y los de derechas. En este trance de desconcierto vertiginoso, muchos socialistas han decidido revertir al pathos revolucionario, aunque mudando el tono, la intención, y la clientela. La catarsis salvífica se indaga ahora, no en la igualación de las rentas, sino en el menudeo de propuestas rompedoras. La resulta es una suerte de radicalismo progre, tanto más disperso cuanto menos ahormado por una visión nuclear. El divorcio exprés, la adopción por parejas homosexuales, el anticlericalismo, el pacifismo a ultranza, la grotesca promoción del nudismo en el cuadrante catalán, son el material de relleno con que se busca colmar el hueco que tras de sí ha dejado el proyecto genuino. Mientras Solbes, mal que bien, cuida las cuentas, varios de sus colegas en el Gabinete se dedican a proclamar el paraíso libertario, alumbrado a golpe de BOE. Si Marx volviera de su tumba se llevaría, nunca mejor dicho, un susto de muerte.