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ABC LUNES 22 8 2005 49 FIRMAS EN ABC vida Como Borges, no concibo la vida sin libros, y supongo, casi estoy segura, que el que no lee tampoco escribe. Ni trata de llenar ese vacío que el hombre necesita habitar, más o menos con las palabras, ideas, sentimientos que pueblan los libros, ni tampoco aligerar la angustia del vivir garabateando cuartillas que son como paños de lágrimas aunque sólo sirvan para reconfortar momentáneamente y acaben arrugadas e inútiles en el cesto de los papeles. Y me pregunto qué puede sustituir al libro, qué puede abreviar las horas de dolor y de llanto, la tortura de la espera desesperanzada, el desabrimiento del desengaño, la congoja incoercible de un mundo en quiebra... La búsqueda de Dios está en los libros. ¿Qué han hecho los sabios y los santos sino escribir libros en los que vaciarse intelectual y espiritualmente para entregar a los demás sus hallazgos espirituales o materiales? ¿Qué hacemos los que tenemos la suerte de saber combinar las letras y formar palabras y con ellas frases que ex- presen que liberen nuestro pensamiento, que alivien nuestras inquietudes, que acaricien o intensifiquen una emoción, una alegría, sino escribirnos a nosotros mismos un libro que tal vez nadie leerá nunca pero que constituye una verdadera autocatarsis? ¿Qué puede ofrecer la sociedad actual que consiga alzarse sobre el libro, algo que llene las horas y ese vacío que todo ser humano, en mayor o menor grado siente dentro de sí? ¿El arte? ¿La música? Pero el arte también tiene sus cánones, sus libros y hay que saber leerlos aunque sea, figuradamente, para que lleven a los ojos y a los oídos la maravilla de sus contenidos. ¿Tal vez la riqueza sea el sustituto, la riqueza que permite tenerlo todo (todo lo material, claro) el lujo, el placer, lo superfluo, la epatante lujuria del despilfarro, la ostentación de los adoradores del becerro de oro, cuyo brillo imanta, ciega y descontrola el corazón de los hombres? ¿Acaso el poder? Pero el poder corrompe y obnubila. También anestesia esa terrible sensación de vacío. Cree tenerlo todo el poderoso pero su poder es tan efímero como la rosa; naciste ayer y morirás mañana Los viajes mágicos, los cruceros de lujo, la ropa carísima e ilimitada, las joyas, el o la amante de turno, las drogas, la admiración o la envidia del común de los mortales ¿qué son sino devaneos, qué fueron sino verduras de las heras? Y le pregunto a una de mis hijas que pasa cerca de donde estoy escribiendo estas líneas: ¿Cómo juzgarías a una persona que no ha leído jamás un libro? Depende- -me contesta- si es analfabeto o pertenece a una tribu sin civilizar... No, se trata de una persona muy rica y civilizada Pobre; sólo me inspira lástima Pobre, repito yo, y pienso en los infinitos mundos que desconoce, en la enorme fortuna que desestima, en los inmarcesibles cielos que se le ocultan... Señor, el libro brilla y fulgura. Dales el libro que los alumbre. ANA ROSA CARAZO CATEDRÁTICA DE LENGUA Y LITERATURA ESPAÑOLAS ¡AY, INFELICE! Como Borges, no concibo la vida sin libros, y supongo que el que no lee tampoco escribe... AY situaciones, conflictos, manifestaciones de palabra o de obra que producen extrañeza o estupor. Enterarse, por ejemplo, de que existen en el mundo personas que cunstancias no les han concedido la suprema gracia de saber leer o no le han puesto el libro al alcance de sus ojos analfabetos. En estos casos, tal situación sólo produce dolor y una insoslayable sensación de impotencia. Lo que conduce a la estupefacción sin paliativos es la declaración hecha a los medios por una de las mujeres que cotizan como famosas de que ella no ha leído un libro en toda su H confiesan, sin pudor, que no han leído un libro en toda su vida. Por supuesto que, desgraciadamente, hay muchos seres humanos que no han podido acceder al libro jamás porque las cir- JEAN- JACQUES LAFAYE ESCRITOR OCHENTA AÑOS DE ALDO CICCOLINI UARDIÁN del templo de la música, el pianista franco italiano ha cumplido el pasado 15 de agosto ocho décadas de una vida dedicada al arte más efímero y divino que podamos disfrutar. La vida de un virtuoso internacional representa un autosacrificio difícil de imaginar, porque además de las intensas horas de preparación solitaria, de la mobilización de una memoria musical sin fondo, del esfuerzo puramente físico de las manos, brazos y espalda, se añade el hecho de jugar su propia vida artística, su vocación vital, en cada aparición. Más todavía en el caso de un gran hombre de la música, como es el caso del maestro Aldo Ciccolini. Los que tuvieron el privilegio de escruchar a Rubinstein, Horowitz, Richter, Michelangeli, Kempff o Backhaus dicen hoy que es el último de los grandes. La verdad que Ciccolini recibió la doble herencia de la pedagogía de Liszt y Busoni, de manera que condensa en su genio interpretativo toda la historia del piano moderno. Tengo el privilegio de su amistad desde hace más de veinte años, y hasta hicimos un libro juntos que recoge sus pensamientos. Lo títulé Música y verdad como un eco al Poesía y verdad de Goethe. Hace diez años, con ocasión de su 70 cumpleaños, me dieron un testimonio de admiración para Aldo Ciccolini alguno de sus grandes colegas: Yehudi Menuhin, Claudio Abbado, Renata Scotto y Elisabeth Schwarzkopf- -a la que tantas veces ha acompañado- Henri Dutilleux, Alfredo Kraus, Amalia Rodrigues y también Krystian Zimerman, que le considera el pianista de los años 2000... Me recordó alguna vez que en una ocasión tocaba en Grecia en un teatro G abierto, hacía calor y él no se quejaba de su vestido de artista; las Pricesas Sofía e Irene de Grecia, cómplices de la música, le ofrecieron quitarse la chaqueta para continuar más confortablemente su actuación: grandeza y simplicidad ante el cielo del Mare Nostrum... Aldo Ciccolini ama España, y las músicas de Granados, Falla y Mompou que ha grabado inolvidablemente en los años sesenta. Un retrato del maestro estará en la futura Escuela Superior de Música Reina Sofía en Madrid. Y seguramente volverá a ofrecer pronto su arte en público, porque el fervor ibérico le es muy próximo. Hace poco tuvo problemas de salud que le impidieron salir al escenario durante algunos meses. Pero, en Montpellier y otros festivales del verano francés, ha vuelto con sus diez dedos mágicos. Es el veterano de la carrera pianística mundial, pero sigue siendo en el corazón el eterno niño descubridor de las nieves ideales de la armonía. Nunca quiso ser un músico personalista marcando un estilo social, un perfil técnico invariable y único, un virtuosismo demagogo: todo lo contrario, su orgullo y su consciencia artística prefieren la humilde misión de servir al genio de los compositores. Una modestia a la medida de un talento y una autoridad imperiales: porque él sabe lo que es el tempo giusto el gusto en sí que nunca cambia, el rechazo a la emoción epidérmica, y naturalmente la superioridad de una digitación que desvanece todas las dificultades de las partituras. Aldo Ciccolini lleva en la memoria de sus diez dedos un diccionario de música, como si los hubiera escogido para concentrar tres siglos de literatura, es un elegido, un sacerdo- te de la resurrección pública de las emociones pasadas, de los tormentos en forma de variaciones, preludios, sonatas y tantas otras formas de un lenguaje universalmente sentido. En su severidad de aspecto y filosofía del arte, el maestro Ciccolini esconde una sensibilidad suprema, noble: la que calla las lágrimas y deja cantar la mirada en el espejo del silencio más expresivo. Nunca ha buscado la fama comercializada, aunque haya puesto París a sus pies a los 25 años, ganando el premio Marguerite Long, antes de salir al mundo con Furtwaengler, Mitropoulos y otros, antes de convertirse en la estrella del piano francés, al adoptar esta nueva patria que también lo llamaba en el impresionismo musical de Debussy, Ravel, Fauré... Pero Ciccolini es un romántico puro, ya que él define como romántica toda música que tiene un contenido humano lo que arrastra las barreras del romanticismo histórico. Ciccolini grabó el primer long- play producido en Francia, en 1951, con músicas de Scarlatti y páginas de Bach. Pero pronto se lanzó, el primero también, a grabar la integral de las Annés de Pelerinage de Franz Liszt. En cierto modo, esta proximidad le correspondía muy bien, porque ambos han puesto atención a las obras de los demás. Filosóficamente, juzga con severidad nuestra época, considera al hombre como un animal en regresión en muchos aspectos, lo que justifica también la música: La música es la única cosa verdadera que conozco, aunque sólo sea una forma de ilusión de los sentidos, el espejo más fiel de los sentimientos humanos. El arte es más bello que el mundo. Los hombres tienen una pretensión increíble de querer cambiar el mundo. Hubo el tiempo de los profetas, luego la época de los grandes músicos, creadores, escritores, hoy es el tiempo de las prótesis: tal vez vendrán otros tiempos: Nos queda la contemplación... Palabras de un mago cómplice de la belleza. Feliz cumpleaños, maestro, y mil gracias por las fecundas armonías que con tus diez años nos has ofrecido y nos ofrecerás siempre.