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ABC LUNES 22 8 2005 Opinión 5 MEDITACIONES EL SÍNDROME DE ROQUETAS RAS las fatigas que pasaron los ministros afectados por su falta de reflejos en el caso Roquetas la muerte en Madrid de un ciudadano peruano durante un forcejeo con un policía fuera de servicio obró el milagro de los milagros. En un santiamén, el Ministerio del Interior hizo pública una nota en la que aseguraba que había ordenado de inmediato una investigación interna. ¡Faltaría más! Más de un malhumor provocó en la Policía esta nota preventiva pues la investigación se hace de oficio y con toda celeridad siempre que ocurre un suceso de estas características. La obviedad ministerial revela de inmediato cierta mala conciencia por el proceder en el pasado reciente. El síndrome de Roquetas se extiende por los pasillos del Ministerio. MARCO AURELIO T LEER Y PENSAR LA TRAMPA RETÓRICA EL INSTINTO DE SEDUCCIÓN DE SEBASTIÀ SERRANO Anagrama Barcelona, 2005 157 páginas 13 euros Comunicación y vida Sebastià Serrano, catedrático de lingüística general, después de publicar trabajos como Elementos de lingüística matemática y Lógica, lingüística y matemática, ha dado un giro a su labor publicista convirtiéndose en uno de los más destacados representantes españoles de lo que se denomina la tercera cultura Cultura que, tendiendo puentes entre ciencia y filosofía, reflexiona sobre el origen del universo y la vida, la evolución, la psicobiología o el futuro de la humanidad. Serrano, tras El regalo de la comunicación, nos brinda ahora El instinto de seducción. En este trabajo- -aunando biología, teoría de la comunicación y economía- -el autor constata la importancia de la seducción y la comunicación en el desarrollo de la Humanidad. Gracias a la seducción- -las características de la cual el autor desmenuza con habilidad- que Serrano concibe como un particular proceso de marketing que vende cualidades que resultan atractivas al Otro, la vida continúa y la especie se reproduce. Serrano no ha escrito un manual para seducir al personal- -aunque a veces lo parezca- sino un ensayo que defiende que la cultura es parte de la biología y puntualiza el mecanismo de evolución y perfeccionamiento de la especie. MIQUEL PORTA PERALES OSTENÍA Benigno Pendás en un artículo reciente que los diecisiete soldados muertos en el accidente de helicóptero habían perecido en el cumplimiento de una misión: instaurar la democracia. Pero, a continuación, ensayaba una muy sucinta y certera cartografía física, política y económica de Afganistán que convertía su aseveración inicial en un mero desiderátum: población nómada y analfabeta, comunicaciones paleolíticas, una esperanza de vida que nos retrotrae a la época de las guerras púnicas, un producto interior bruto ínfimo (y habría que añadir que mayoritariamente obtenido en el cultivo del opio) etcétera, etcétera. Tras la enumeración de catástrofes, Benigno Pendás, de común tan brillante, diáfano y rectilíneo en su argumentación, vacilaba: ¿Es posible la democracia en tales condiciones? Una tradición de siglos no se improvisa. Necesita ciudades y clases medias; coJUAN MANUEL mercio y libertad de conciencia; indiDE PRADA viduos y no tribus; sobre todo, dignidad material y no miseria Y concluía enlazando con el aserto del principio; pero para entonces Pendás ya había sembrado en su artículo las semillas de su propia refutación. Y es que, en efecto, la democracia es un producto cultural. Del mismo modo que no se puede convertir de la noche a la mañana en sonetistas eximios a quienes aún no han aprendido el alfabeto, no se puede instaurar la democracia en un país que desconoce la existencia de Pericles, Francisco Suárez o Montesquieu. En todo caso, podrá imponerse un espejismo formal de democracia, sostenido por un andamiaje precario de vigilancias internacionales; pero bastará que dichas vigilancias se descuiden un poco para que ese simulacro se disgregue y volatilice. Las tropas destinadas en misión humanitaria a Afganistán podrán garantizar una jornada electoral sin so- S bresaltos, podrán velar por el funcionamiento de instituciones democráticas neonatas; pero, una vez concluida su misión, los afganos volverán a sus luchas tribales, a sus cabras y a sus señores de la guerra, arrojando la democracia en un desmonte, como quien se desprende de un cacharro ininteligible. No creo que esos diecisiete soldados hayan muerto, pues, en defensa de la paz, la libertad y demás zarandajas invocadas por Zapatero, esa cornucopia de músicas celestiales. Creo, por el contrario, que han muerto en el desempeño de una encomienda inútil, tan inútil como intentar apresar el agua de una fuente en un cesto de mimbre. Por supuesto, la inutilidad de la encomienda no disminuye ni un ápice la generosidad de los soldados, sino que, por el contrario, la agiganta y exalta: seguramente, tuvieron ocasión, antes de perecer, de comprobar que las milongas con que los despidieron Bono y toda la banda no se compadecían con la inclemente y abrasiva realidad afgana, y aún así cumplieron con la tarea que les habían asignado sin rechistar. Pero el respeto compungido que merece tanta generosidad no debe hacernos caer en la trampa retórica impulsada por nuestros gobernantes, quienes en un ejercicio de birlibirloque genial, no sólo han evitado que los pancarteros les atribuyan la responsabilidad de las muertes (esto ya era previsible, conociendo el percal) sino que además han conseguido que nos traguemos que estos soldados han muerto por una causa más noble o meramente distinta que la que defendieron las tropas enviadas a Irak por el anterior Gobierno. Y, encima, han aprovechado un suceso tan luctuoso para posar de estupendos ante la galería y mostrarse como los gobernantes más abnegados, compasivos, atribulados y conmovedores del planeta. En el uso y abuso de las ventajas propagandísticas que la democracia mediática pone a disposición del que manda se han revelado habilidosísimos, no como los pardillos que los precedieron.