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54 DOMINGO 21 8 2005 ABC FIRMAS EN ABC rencia se dice: cuando un jardín haya desaparecido totalmente no ha lugar a emprender una reconstrucción La explicación la da el párrafo siguiente del mismo artículo: una obra que se inspirase en formas tradicionales, realizada sobre el solar de un antiguo jardín, respondería simplemente al campo de la evocación o de la creación original, y no se le podría aplicar, en ningún caso, el calificativo de jardín histórico Que la ley española prohíba la reconstrucción de jardines, y lo prohíba por descuido del legislador, puede resultar comprensible. Pero que un organismo especializado lo prohíba así, frontalmente, explícitamente, resulta ya desconcertante. ¿Por qué no se puede reconstruir, recrear un jardín, si se conserva exactamente el lugar en que estuvo? Hay que añadir una cosa: en ningún jardín neoclásico o barroco, incluso en ningún jardín romántico, se conservan los mismos árboles ni las mismas plantas. Todos han sido sustituidos, y no una, sino muchas veces. Y hay que añadir otra cosa más: hay casos- -y la propia Carta de Florencia lo reconoce- -en que el cuidado del jardín exige la erradicación completa y la replantación con nuevos ejemplares. Es decir, la sustitución simultánea de todos los elementos vegetales que forman el jardín. Hay ejemplos de perfectas reconstrucciones de jardines históricos. Voy a citar sólo dos ejemplos, uno de reconstrucción reciente y otro de reconstrucción más lejana. El más reciente es el del parque de Het Loo en Apeldoorn, Holanda. Se trata de un parque del siglo XVII- -se realizó, concretamente, entre los años 1685 y 1692- -trazado por el arquitecto Jacob Roman para el rey Guillermo III. El abandono del parque empezó un siglo después, en 1795, cuando la familia real fue expulsada por Napoleón. A finales del siglo XX- -entre 1977 y 1984- -se reconstruyó el parque, que había desaparecido por completo. Había planos suficientes para reproducir con exactitud la configuración que tuvo en su origen. Un caso más antiguo de reconstrucción es el del jardín del castillo de Vaux le Vicomte- -situado en el término de Maincy, en Seine et Marne, Francia- -realizado por Le Nôtre en 1661; fue su primera obra, y en ella se ve ya, en embrión, lo que serían los grandiosos jardines de Versalles. En el siglo XIX, el abandono dio lugar al perecimiento del jardín. Pero se conservaban planos de la época de su creación y grabados posteriores de Nicolás Perelle, de manera que en el año 1904, a la vista de unos y otros, se reconstruyó. Con ello se ha recuperado uno de los eslabones fundamentales de la historia de los jardines. Ahora hay que pensar en España. Aquí no hay cientos de jardines protegidos, pero sí hay cientos de jardines destruidos. Voy a citar de todos ellos un solo ejemplo: el jardín del palacio del infante don Luis Antonio de Borbón en Boadilla del Monte, junto a Madrid. Las tapias del jardín dejan hoy ver unas ramas desaforadas que han crecido en el lugar donde hubo un parterre. Ni en este, ni en ningún otro caso, hay razones sensatas que impidan reconstruir el jardín. Hay que cambiar las normas, y sobre todo hay que cambiar la mentalidad ciudadana respecto de los jardines. Los jardines exigen el mayor cuidado. Una forma de cuidarlos es rehacerlos, recrearlos. Los jardines son lugares insustituibles de paseo y de reflexión, de conversación y de descanso. Son una síntesis única de naturaleza y cultura. ANTONIO PAU DE LA REAL ACADEMIA DE JURISPRUDENCIA Y LEGISLACIÓN LA RECREACIÓN DE LOS JARDINES Un jardín es un ser vivo. Tiene una vida distinta de la de cada una de las plantas que lo forman... L español ha sido arboricida. Se ha repetido aquella frase asombrada de un geógrafo griego- -Estrabón- -de que una ardilla podía atravesar la península de árbol en árbol desde el Pirineo hasta el Estrecho. Hay modalidades más sutiles de arboricidio que no exigen coger un hacha entre las manos. Hay arboricidios- -veraniegos- -de gasolina y mechero, y hay arboricidios de plano y cartabón: donde hay un bosque se ponen filas paralelas de adosados. Hay otra modalidad de arboricidio más sutil, que le gustaba recordar a José María Valverde, porque en ella incurren también los poetas, y, sobre todo, porque es una reflexión que deben hacerse los grafómanos: el papel que exige cada libro equivale un bosquecillo de mediano tamaño. Hacha y pluma pueden producir, si no se piensa bien antes de planear una novela o un ensayo, la mismísima catástrofe. Pero hay una variedad aún más sutil de arboricidio, que es dejar morir un jardín. Un penalista lo llamaría comisión por omisión. Un jardín es un ser vivo. Tiene, como conjunto, una vida propia y distinta de la de cada uno de los árboles y plantas que lo forman. Se podrían regar los árboles y las plantas y sin embargo dejar morir el jardín. Porque el jardín no es sólo naturaleza, sino que es también cultura. Hay jardines un jardín hay sólo una verja que rodea un yermo en el que ha ido creciendo la maleza. Hay unos cardos y quizá unos ailantos- -esos admirables ailantos que parecen el dedo acusador de la desidia humana- -que lanzan sus rápidas ramas hacia la altura. Este escenario está en la mente de cualquier lector. Para llegar a la conclusión que luego diré, tengo que partir de una premisa. Se conservan planos minuciosos de cómo fue ese jardín. Quizá, en lugar de un plano, se conservan grabados: uno o varios de aquellos asombrosos buriles que se hicieron sobre planchas de acero. En el plano o el grabado está dibujado cada uno de los árboles, cada uno de los arbustos, cada una de las plantas que hubo en el jardín. El lector estará ya pensando: ¿por qué no se reconstruye el jardín? ¿Por qué no se plantan, en el mismo lugar en que estuvieron, los árboles y los arbustos, por qué no se vuelven a trazar los mismos caminos de grava, porqué no se vuelven a recortar los mismos setos de boj? Y hay que contestar: porque la ley lo prohíbe. Y lo prohíbe porque no regula las particularidades del jardín, sino que los asimila a los monumentos, a los monumentos de piedra, y la ley prohíbe reconstruir esos monumentos. Considera, probablemente con razón, que eso sería una burda imitación, un tosco pastiche. La cosa es más grave. Hay un organismo internacional dedicado a los jardines. En este siglo de siglas, como dijo Dámaso Alonso, ese organismo es el ICOMOS. El ICOMOS aprobó en el año 1981 la Carta de Florencia. En el artículo 17 de la Carta de Flo- E renacentistas, neoclásicos y barrocos como hay catedrales de uno u otro estilo. Y hay jardines persas, japoneses y andaluces, y cada uno revela un modo de ver el mundo. Porque un jardín es un microcosmos. Todo jardín es una síntesis de cultura. Se han dejado morir muchos jardines. Para que eso suceda basta con un breve descuido. En España no queda casi ninguno de aquellos elegantes y escuetos jardines del Renacimiento. Los poderes públicos siguen sin ser conscientes de que los jardines forman parte de la riqueza cultural del país. La ley del patrimonio histórico nombra los jardines, pero no los regula. Y eso hace que quien tiene que aplicarla no les preste apenas atención. Pero no se sabe qué es antes: si la insensibilidad o la falta de normas adecuadas. En el registro de bienes culturales hay inscritos veintitrés jardines. Sólo veintitrés pequeños recintos en el casi medio millón de kilómetros cuadrados de territorio español. En Francia tienen inventariados más de diez mil jardines, y de ellos 1.437 han sido declarados monumentos históricos. Aquí, en España, veintitrés. Es verdad que allí llueve más, pero no todo ha sido obra del cielo. Bueno: vamos a imaginarnos que ya se ha consumado la catástrofe. Donde había TRINIDAD DE LEÓN- SOTELO PERIODISTA VICTORIA, VICTORIA AS revistas que podríamos denominar como fáciles o ¿felices? y que se reconocen popularmente como del corazón, -aunque muchos, dado el camino elegido desde hace varios años, prefieren llamarlas de los higadillos o demás vísceras menos sentimentales- se han convertido este verano en la mejor muestra de cierta condición humana, la de aquellos, que lo admitan o no, desean aparecer en ellas, porque, eso sí, no le hacen ascos a fotografías con cuyos cuerpos deslumbren con el físico que se han trabajado durante todo el santo año pensando en el bikini, el tanga, el top less o lo que se tercie. Ha habido personajes- gente guapa de la que huye de los paparazzi- -a los que hemos contemplado semana tras semana. Ha habido gente de la que se enfada mucho por la persecución intolerable de las cámaras, a quienes en estos meses les hemos descubierto hasta la última muela, tantas y en buena hora han sido sus carcajadas. En cuando a declaraciones, han mantenido más que la línea de la amenaza, la L del silencio. Claro que algunos habría que haberlos pagado a precio de oro. Ahí tenemos a Victoria Beckam, que ya molestó a muchos al afirmar que España olía a ajo Ella también sabe dejar aires- -aparte de los de grandeza (tiene de todo) -con el desdeñable olor de la mala educación. Ha contado Beatriz de Orleáns que cuando visitó la tienda madrileña de Dior dejó evidencias no de no saber estar, sino de no haber sido educada en su vida. Así se comprenden mejor sus palabras cuando ha declarado, sin rubor, que nunca ha leído un libro. ¡Acabáramos! Ya está aclarado el motivo de sus actitudes. Se ha hecho el mejor autorretrato posible. Habría que proponérla- -lloviera, venteara, o el calor agotara- para rendirle un homenaje en la próxima Feria del Retiro, aunque se quedara en la zona infantil, que por algo se empieza. Esta multimillonaria que acribilla sin descanso con sus impresionantes caprichos, va de mujer- mujer, de moderna a tope, tal vez por eso un despreciable librito o sencillamente tratar con mujeres que estudian, trabajan y llevan su casa la introduciría en un mundo en el que los millones de euros se buscan en la primi, y los que se ganan no se reparten en las tiendas de lujo. ¿Y si se transfigurara o transformara? ¿Cambiaría al menos la postura de los morritos? Hablando de transformaciones habría mucho que hablar de la de los rostros y cuerpos de las famosas y famosos que en el afán de irse restando años le han perdido el miedo a la anestesia, al bisturí y a todo lo que se les ponga por delante como, por ejemplo, un producto que se infiltra en la piel y le da tersura, aunque anula la expresividad, porque paraliza los músculos, y en ciertas dosis es venenoso... Nada, que lo primero es vencer al tiempo. ¡Pobres! Han ido a dar con algo inflexible. Se ven resultados en los que el rostro se estira hasta el límite y ¡ay! la cabeza va adquiriendo características jibarizantes. Esto no es cosa de nada comparado con la situación que provoca un pie de foto que te da el nombre de la aparecida y tú te asustas creyendo que estás cegata perdida porque nada tiene que ver el nombre escrito con la figura que ves. Señoras, señores, en tiempos de laicismo se renueva el poder de los milagros. Tan poca fe y va a ser obligatorio creer en ellos, aunque lo malo es que se empeñe quien se empeñe no son para siempre. Esta victoria es sólo aparante y, por supuesto, nunca eterna.