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20 Nacional DOMINGO 21 8 2005 ABC ÁLVARO DELGADO- GAL DIECISÉIS DE AGOSTO ran las ocho de la mañana, y no se veía un alma en el pueblo. Crucé la carretera general, gané la acera en que se alinean los bares y los cajeros automáticos, y me detuve ante uno marcado con el logotipo de mi banco. Retengo mal los números. A poco que me descuide, marro la diana, de modo que debo poner los cinco sentidos mientras busco la clave y manipulo la tarjeta. En ello estaba, cuando oí un petardazo formidable, de esos que sueltan los camiones al subir por un repecho. El estampido había sonado inmediatamente detrás de mí, a la altura de mi oreja derecha, y giré sobresaltado la cabeza. Pero no, no había sido el petardazo de un camión. Había sido el eructo de una chica de unos quince años, superviviente de las farras del quince de agosto. El quince de agosto, día de la Virgen, se celebran las fiestas patronales del pueblo. A media mañana, se pasea a la Virgen por la ría en un barquito pesquero. Acompañan a la Virgen, de punta en blanco, las autoridades municipales, la Guardia Civil y el párroco, armado de su hisopo de agua bendita. A la popa del barquito, avanza otro barquito, con un grupo de E gaiteros. Se lanzan unos cohetes al aire y los gaiteros atacan Asturias, patria querida Hace años, la fiesta proseguía, ajustada al tic- tac de un programa invariable. Ahora se disuelve, o más valdría decir, se desparrama en una sucesión de episodios inconexos. Unos se van a la playa, otros se toman un vermú, otros se quedan en casa. Conforme declina la tarde, el mocerío ocupa los bares y discotecas y le da a la botella como cualquier fin de semana, sólo que con más aplicación. De ahí las hazañas flatulentas de la quinceañera. Y de ahí los testimonios variopintos que esmaltaban, en tonos amarillos o que tiraban al bermellón, aceras y portales. Las fiestas se mueren, en mi pueblo y en los demás, bajo la presión irresistible, fatal, de las circunstancias. En esencia, empieza a no haber fiesta porque ha venido a menos el rito. Los ritos se distinguen por su índole misteriosa. Nadie sabe a ciencia cierta lo que significan los ritos, pero esto no importa porque no constituyen mensajes sino tecnologías muy finas y sutiles cuya función principal es organizar el tiempo. La liturgia festiva, montada o in- crustada sobre la religiosa, dividía la jornada en trechos claros, tangibles. Y estos trechos, al articularse, configuraban un hecho excepcional. A saber, el día de fiesta. Conviene notar que la fiesta era obligatoria, además de misteriosa. Estar de fiesta suponía constreñirse a una serie de ejecuciones sólo eludibles al precio de sentar plaza de huraño y mal vecino. Examina uno el vocabulario vigente, y no encuentra palabras que expresen con justicia la inexorabilidad del espíritu festivo. No vale, por ejemplo, el vocablo participación o el más traído y llevado de solidaridad El que participa en lo que fuere por solidaridad, emprende una acción voluntaria, presuntamente mediada por una deliberación moral previa. Pero el fiestero no cavila, no se determina, no elige. El fiestero no es un agente racional, ni, todavía menos, un consumidor. Es más bien un depositario de la tradición. Y la tradición, con sus atributos oscuros y sus conminaciones, se compadece mal con la democracia contemporánea. La cual apela al indivi- Las fiestas se mueren, en mi pueblo y en los demás, bajo la presión irresistible, fatal, de las circunstancias duo, y dentro de éste, a su mitad más discrecional y reflexiva. Cabe resumir lo anterior afirmando que lo que ha liquidado las fiestas es la libertad individual. La libertad individual será tanto mayor, cuanto más completa sea la exposición de cada uno a opciones no impuestas por las costumbres o los códigos sociales. Por consiguiente, a más libertad, menos fiesta, y viceversa. ¿Algo que añadir? Sí, una ligera complicación. Stuart Mill aseveró, famosamente, que las sociedades libres son también más diversas. El argumento resulta plausible a primera vista: si deciden muchos, y sin estar ninguno pendiente de los demás, será mayor la copia de decisiones distintas que si todos se remiten a una fuente común. Pero lo plausible no es por fuerza exacto. La suerte tristísima que han corrido las fiestas demuestra que, al menos por la parte de arriba, esto es, allí donde los actos singulares cuajan en pautas sociales, la suma de movimientos individuales puede dar cero. Los átomos humanos, al agitarse con furia, suscitan un hervor superficial, uniforme, agobiantemente monótono. En Navidad se busca la playa en el Caribe, y en agosto se esquía en las montañas de nieve artificial de Xanadú. Todo se ha igualado, todo se ha hecho horizontal. Todo es por un parejo. La multiplicación de voces no produce una sinfonía sino una salmodia. Con ecos, en ocasiones, inequívocamente agropecuarios.