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84 Los Veranos SÁBADO 20 8 2005 ABC MENÚ DEL DÍA LA CORUÑA (I) EMPANADA Y NUEVOS COCINEROS CARLOS MARIBONA E l litoral coruñés es un festival de mariscos y pescados, pero también de variados guisos marineros. Y de empanadas, plato representativo de estas tierras y que se remonta en el tiempo: ya en el Pórtico de la Gloria de la catedral de Santiago, del siglo XII, aparece un personaje comiéndola. Como estamos siguiendo la coci- na marinera nos interesan las empanadas que se rellenan con productos del mar: las de bacalao con pasas, las de sardinas o xoubas, y mejor aún las que contienen moluscos, ya sean berberechos o zamburiñas, que son nuestras favoritas. La mayoría de restaurantes coruñeses incluyen alguna de ellas en su oferta de platos sencillos y popula- res basados en las excelentes materias primas. Pero esta cocina elemental, sustentada en un producto cada vez más escaso, empieza a ser cuestionada por cocineros jóvenes que poco a poco asumen la transformación de los hábitos culinarios de sus mayores. Y es precisamente en esta zona de Galicia, entre Santiago y La Coruña, donde mejor se aprecia el cambio. La ciudad compostelana queda fuera de nuestra ruta costera, pero en La Coruña hay dos excelentes restaurantes, ambos con magníficas vistas del mar, donde se aplica con éxi- to esta modernidad que se inspira en la cocina de siempre: Playa Club y Domus. Los dos muy recomendables. Como es lógico, siguen mandando los establecimientos tradicionales. Por ejemplo Tira do Cordel, en una bonita playa de la ría de Corcubión, cuya oferta se li- mita a pescados a la parrilla, como la lubina, perfectos de punto, y a navajas de la ría abiertas y a la plancha. Sabor Las mentiras Si alguna vez me veo a la luna de Valencia, desterrada de las ubres de Europa, siempre puedo abrir tienda y vender a un euro todas las conmovedoras patrañas que fabrico POR LAURA CAMPMANY Hedi cho unas cuantas mentiras en mi vida, ¡qué le vamos a hacer! Y de algunas he salido bien parada. Pocas personas me aventajan en el arte de inventar excusas para, por ejemplo, ahorrarme las alquimias de una fiesta indigesta, o disfrazar mi flagrante desmemoria de comprensible circunstancia. LAURA Como nunca CAMPMANY reconozco a nadie ni me acuerdo de los nombres, he tenido que perfeccionar hasta lo sublime mi habilidad innata para sacarme historias inverosímiles- -y, por lo mismo, extremadamente convincentes- -de la chistera. Si alguna vez me veo a la luna de Valencia, desterrada de las ubres de Europa, siempre puedo abrir tienda y vender a un euro todas las conmovedoras patrañas que fabrico. Y no me refiero, por disculpables, a los infantiles dolores de estómago que con sospechosa frecuencia se me declaraban los domingos por la tarde, volviendo con mis padres del hipódromo, tan eficaces para salvarme, los lunes, del aborrecido colegio. Ni a las trolas que era capaz de orquestar para excusar ante los profesores una lección no aprendida o una ausencia torera. Para burlar los reproches que no con- Uno de los rincones de la bellísima ciudad colombiana de Cartagena de Indias ABC ducen a ninguna parte, siempre he sido muy hábil. Y para que no tuvieran objeto, me parece que también. Pero ya digo que esas pequeñas artimañas que me abrieron los ojos a pizarras más vivas y a náuseas más hondas me las tengo bastante perdonadas. De otras mentiras más frescas sí que me arrepiento, aunque alguna tuvo su gracia. Como aquélla que se me escapó una vez, no hace tanto, y me metió en un absurdo atolladero. Yo estaba con el Vitorio, mi marido (que en realidad se llama Víctor, pero a mí me gusta llamarle Vitorio porque imita muy bien a Don Corleone) en Cartagena de Indias, y una noche nos fuimos a cenar a un restaurante español, hastiados, sospecho, de tanto arroz con frijoles. Teníamos en la mesa de al lado a Gabriel García Márquez y su mujer, que la compartían con Jacques Lang, ex ministro francés de cultura, y su esposa. Como me excitó la coincidencia y me apasiona la literatura, y no desdeño conocer a quienes la bajan del cielo, me acerqué a los ilustres comensales y le pedí al que de verdad me interesaba que me firmara un autógrafo en donde se pudiera: un papel, una servilleta, cualquier cosa. Estuvo amable aquel Nobel. Me explicó que nunca firmaba autógrafos si no era en sus libros, porque ya le había ocurrido que algún sobrado le utilizara la firma para confeccionarse un falso paga-