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6 Opinión SÁBADO 20 8 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA FERNANDO FERNÁNDEZ MÉNDEZ DE ANDÉS UNIVERSIDAD ANTONIO DE NEBRIJA EL DAÑO DE LA PERMISIVIDAD ODAS las ciudades tienen pliegues, rincones en los que se congela el tiempo y sirven para definir y mostrar la intimidad de sus gentes y sus costumbres. En Barcelona, uno de esos lugares diferentes y anacrónicos, encantador por tanto, es el barrio de Gracia. Lo recuerdo con gozo cuando, en mis lejanos días catalanes, encontraba en él la sombra y el frescor de sus entoldados festivos y caniculares. Fue, y es, un lugar con vida propia y vecinos mesocráticos muy capaces de organizar con sabiduría su ocio colectivo y, en su conjunto, una pieza fundamental en el puzzle que, de añadido en añadido, ha ido construyendo la gran capital del Mediterráneo. M. MARTÍN Como se sabe, no hay FERRAND paraíso sin serpiente y en Gracia, como ayer nos contaba Álex Gubert, las fiestas mayores del barrio están padeciendo el remate de dos centenares de esos salvajes urbanos, tan de moda, que son capaces de ponerse por montera a la Guardia Urbana y, si se tercia, dejarlo todo como un solar. Son los artistas del destrozo que, todo hay que decirlo, han crecido en la incubadora de las pamplinas municipales. Los alcaldes, como Joan Clos- -ahora, vacacionalmente sustituido por Ferran Mascarell- tienden a la permisividad, que es un valor más electorero que el rigor, y raro es el núcleo urbano en el que no prolifere esta modalidad de bárbaros destrozones del mobiliario urbano e irrespetuosos con cuanto signifique orden y concierto. Traigo aquí el caso de Gracia porque, despojado de sus notas locales específicas, es ampliable al resto de la geografía española. Baste decir para señalar su origen que Ricard Martínez, concejal por ERC del distrito, se ha apresurado a distanciar del caso la conducta de los okupas, mal endémico del lugar, porque ellos, según la autoridad electa, están tan preocupados como nosotros ante los desórdenes producidos. El sabio republicano es capaz de matizar- ¡que Santa Lucía le conserve la vista! -entre la falta de respeto a la propiedad de las personas, la del movimiento okupa, y la que se infiere directamente a esas personas. Así, precisamente, surgen las tempestades sociales. El consentimiento complaciente ante las faltas juveniles es un nutritivo caldo de cultivo para el desarrollo del delito en la edad adulta. Entre nosotros, de Barcelona a Cádiz o de Almería a La Coruña, abundan los grupos que, con una difícilmente identificable orientación ideológica, se caracterizan por su constante hostilidad al sistema de convivencia que nos hemos dado. Comenzamos riéndoles la gracia cuando están todavía tiernos y, ya maduros, son un dragón flamígero que asusta al entorno, destroza el paisaje y no cesa en su lucha sorda contra lo que entendemos como valores occidentales. Son los comandos activos y locales de los movimientos antiglobalización y, preguntado sea de paso, ¿quién los alienta y financia? T MEMORIAS DE LA ARGENTINA El autor considera que, pese a constituir la mayor suspensión de pagos de una nación, el sistema económico mundial no ha asumido las lecciones que deparó la última gran crisis argentina la saga española en la Argentina le falta una novela como la de Dinesen, y un personaje tan políticamente correcto en su colonialismo como Meryl Streep. No voy a remediarlo con esta Tribuna que sólo persigue aportar una cierta perspectiva a la devaluación y suspensión de pagos de las Navidades de 2001. Visto desde Asturias el tema es recurrente, con la llegada de los americanos en verano y las múltiples celebraciones que, patrocinadas por los grandes bancos, buscan sagazmente construir una base financiera desde la lealtad patria y el amor a la tierra. Son todavía hoy los americanos, como se les llama en el occidente astur, promesa de futuro y sus recuerdos ocupan más de una charla en los tradicionales Casinos y alguna conferencia en las Aulas de Cultura. La crisis argentina ha pasado a la historia internacional como la mayor suspensión de pagos de una nación soberana y como el fracaso definitivo de la arquitectura financiera internacional diseñada en Bretton Woods precisamente para evitar estas crisis. Y ambos calificativos son efímeros, si no directamente falsos. No será la última crisis, ni provocará el cierre del Fondo Monetario Internacional. Ni siquiera ha dado origen a grandes reformas institucionales, pese a las expectativas suscitadas en los momentos de caos en los que parecía derrumbarse el consenso de Washington, ese compendio de políticas económicas ortodoxas que como la constitución británica no existe formalmente pero se ha convertido en el Libro Sagrado de los economistas del desarrollo. Tengo incluso mis dudas de que haya cambiado la A forma de entender las relaciones económicas internacionales, y de actuar en consecuencia, de empresas, gobiernos y organismos multilaterales. Y desde luego no ha modificado la forma de operar en los mercados, a juzgar por el exceso de liquidez, la recuperación de ingentes flujos de capital a las economías emergentes y las dificultades para discernir entre países atendiendo a causas y políticas internas. Mucho se ha escrito sobre los orígenes de la crisis, aunque desgraciadamente todavía muy poco en España, por esa mezcla de desconocimiento, complejo de culpa y falta de independencia que atenaza el análisis económico en nuestro país y que en otros tiempos era al menos motivo de denuncia. Este verano he tenido la oportunidad, diría mejor la necesidad, de releer dos libros que son claves para empezar a entender la crisis que nos ocupa. Enemigos, del argentino Tenembaum, está escrito desde la militancia antimercado, pero tiene el mérito de haber conseguido provocar tanto a uno de los protagonistas de la debacle: Claudio Loser, ex director del departamento de las Américas del FMI, como para hacerle entrar al trapo. Aunque sea un combate desigual, como la teoría del intercambio que estuvo tan de moda en los años del antiimperialismo y que algunos quieren suicidamenteresucitar. En una esquina tenemos a un ilustre funcionario internacional, con quien debo confesar aquí que me siento orgulloso de haber trabajado, preocupado por su prestigio personal y por el buen nombre de una institución a la que sirvió hasta que tuvo a bien ser convertido en cabe-