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ABC SÁBADO 20 8 2005 Opinión 5 MEDITACIONES AUSENCIAS N O sonó el himno nacional a la llegada de los féretros desde Afganistán. Y no se entiende muy bien que así sucediera, porque los fallecidos merecían ese homenaje. No en vano murieron con la bandera de España cosida a su uniforme. Si a ello añadimos la presencia en Getafe de Su Majestad el Rey y del Príncipe de Asturias- -que tradicionalmente son recibidos con las notas del himno en los actos castrenses- -la extrañeza es aún mayor. También hubiera sido deseable ampliar el elenco político invitado a la triste bienvenida del adiós a estos diecisiete compatriotas. No fue así y allí sólo estuvo la Comisión de Defensa del Congreso. Distraído en el cultivo de sus propios detalles escénicos y entretenido en la letra personal, quizás Bono no cayó en la música de todos. MARCO AURELIO LEER Y PENSAR LA AVENTURA MÁS MODERNA EL TELÓN DE MILAN KUNDERA Tusquets Barcelona, 2005 202 páginas 16 euros Siete miradas a la novela El siete es guarismo cabalístico que enumera pecados capitales y pilares de la sabiduría. Milan Kundera propone lo segundo. En siete capítulos compone un ensayo sobre la novela como observatorio de la sociedad, ósmosis intercultural, modernidad antimoderna, espejo de la vida, conciencia de continuidad contra el olvido. La novela que aprehende el alma de las cosas Rabelais, Cervantes, Quevedo, Defoe o Swift no aparecen en la Enciclopedia de Diderot y D Alembert, pero su prosa constituye el carácter concreto, corporal, de la vida Lo prosaico, dice Kundera, es la belleza de lo modesto. No estamos ante el Héroe, que hemos de admirar, sino con el hombre que podemos comprender. A los dioses de la Mitología no les duelen las muelas, al Quijote sí. El checo Kundera apuesta por la Weltliteratur contra provincianismos literarios. Relee a los solitarios que escribieron, rodeados de vacío, los libros de cabecera del siglo XX: Musil, Kafka, Broch, Gombrowicz... Calibra el inmenso poder de lo fútil que nutre La educación sentimental de Flaubert. Siete ensayos siete sobre un arte prosaico que dice que la vida es una derrota. Esta es la razón de ser de la novela SERGI DORIA FIRMABA Chesterton, refutando a quienes sostienen que la religión católica abruma y aflige a los hombres, que los únicos países de Europa en los que todavía se canta y se baila son aquellos donde aún es fuerte la influencia de la Iglesia de Roma. La doctrina y la disciplina católicas son muros, si se quiere- -escribía en Ortodoxia- pero son muros de un teatro de regocijos Y, a continuación, esbozaba una alegoría de plena vigencia: Imaginémonos que un corro de niños juega sobre la florida cumbre de una isla eminente: mientras haya un muro que cerque la cumbre, pueden entregarse a sus locos juegos y poblar el sitio de rumores. Supongamos ahora que el muro se derrumba, dejando a la vista los precipicios: los niños no caen necesariamente; pero cuando, poco después, venimos a buscarlos, los hallamos amontonados en el vértice de la isla cónica, mudos de horror. Ya no JUAN MANUEL se les oye cantar Esa imagen de DE PRADA unos niños asomados a un abismo de angustias que nos proponía Chesterton representa como ninguna al hombre contemporáneo, más concretamente al hombre occidental. Ha derribado los muros que cimentaban su existencia, creyendo que así accedería a una forma de vida más libre; pero, en su lugar, se ha topado con ese indescifrable malestar que nos corroe cuando nos hallamos a la intemperie, sin vínculos ni asideros que nos ayuden a combatir ese hastío metafísico que empieza a ser el principal signo de identidad de los países prósperos, ensimismados en su bienestar. Hay quienes sostienen que el cristianismo encarna una mentalidad premoderna, atrasada, que nos devuelve a las eras de oscuridad. Si la gente, en lugar de leer las majaderías que escriben los modernos se dedicara a leer un poco a los maestros, descubriría que el cristianismo fue la luz que impidió que Europa A se extinguiese, como antes se extinguieron Asiria o Babilonia. En una época de decadencia y acabamiento como la nuestra, el pensamiento cristiano vuelve a erigirse en muro de salvación que nos abriga de la intemperie. Frente al inventario caótico de dulces incertidumbres con que nos anestesia el relativismo, frente a esa convicción cada día más extendida según la cual el hombre se convierte en un ser desvinculado (de Dios, de la moral, de la Historia) el cristianismo nos enseña que no estamos necesariamente condenados a vivir en un mundo fragmentario, ininteligible, sin vínculos con el pasado. El humanismo cristiano muestra una forma diversa y más exigente de ser moderno, una nueva vinculación con la realidad- -revitalizada por el encuentro con Cristo- -que restituye al hombre su genealogía espiritual. Intentar comprender la realidad sin contar con la trascendencia, como pretende el relativismo, es un despropósito. La historia humana, a la postre, se resume en la búsqueda afanosa de Dios; todo lo demás es cronología y tedio. Una época como la nuestra, que se pavonea de haber desterrado la trascendencia, es como una casa sin ventilación: quizá vista desde fuera, su fachada resulte muy lustrosa e incitante; pero en su interior se retuercen las serpientes de la asfixia. Los muros del cristianismo quizá parezcan ásperos, inexpugnables en su grosor milenario; pero son muros, como nos enseñaba Chesterton, de un teatro de regocijos. La aventura de la ortodoxia cristiana es una magnífica alternativa al hastío metafísico que el relativismo nos vende como marchamo de modernidad (cuando en realidad es síntoma de rigor mortis) y se trata, además, de la única aventura moderna que aún podemos vivir en una Europa marchita, vetusta, podrida, decrépita, fiambre. Esos chicos que se han reunido en Colonia, en torno a un hombre vestido de blanco, encarnan la esperanza de una resurrección.