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ABC VIERNES 19 8 2005 23 La comisión independiente afirma que Scotland Yard entorpeció la investigación de la muerte de Menezes El Frente Polisario libera a los últimos 404 prisioneros de guerra marroquíes que tenía en su poder El abuelo y los nazis J. C. NEVE DEKALIM. La ira de Joel Kligman viaja a las páginas más sombrías del pueblo israelí para expresar la indignación que se apoderó de él cuando las tropas israelíes le impidieron entrar a rezar en su sinagoga, evacuada ayer por fuerzas antidisturbios en una de las páginas más cargadas de extremismo y emotividad de esta operación. Incluso en la Segunda Guerra Mundial, incluso durante la ocupación nazi de París, a mi abuelo, que era francés, nunca le impidieron rezar en la sinagoga. Los nazis siempre le dejaron acudir allí nos cuenta Joel, de 33 años, con una desbordante cólera, que no encuentra parangón ante la ofensa sentida frente a sus compatriotas uniformados. Ha tenido que ser en Israel, en la tierra de los judíos, donde un judío ha negado el derecho a entrar en la sinagoga a otro judío insiste. Parece que va demasiado lejos esta comparación con los crueles tiempos del nazismo. Pero la visceralidad vencía ayer a cualquier capacidad para razonar friamente sobre lo ocurrido. Los jóvenes cachorros de los colonos les han llamado perros, antisemitas, nazis... Pese a todo, dicen quererlos, comprenderlos, aunque esos sentimientos no son unánimes El alma desnuda del Tsahal J. CIERCO Muy cerca, centenares de mochilas ya empaquetadas han sido amontonadas. Los soldados las cargarán rumbo a su nueva vida. Dos metros a la derecha, un soldado religioso, como delata la kipá que cubre su coronilla, cae presa de un ataque de nervios. No puede más. El dolor de ver cómo soldados judíos sacan a otros judíos de una sinagoga, palabras mayores, es demasiado intenso. Rampas aceitadas Tres metros a la izquierda varias camillas yacen a la espera de posibles inquilinos. Diez metros al frente, aparece la rampa rociada por los colonos de aceite para provocar resbalones indeseables. Veinte metros a la espalda, varios diputados de la Kneset y líderes de los colonos de Cisjordania siguen con gesto serio y ceño fruncido el lento pero imparable proceso. Neve Dekalim ha sido evacuada. La sinagoga ha sido desalojada: las colonias de Gush Katif se vacían a cámara rápida. A la vuelta del shabat, la ocupación judía de Gaza será historia. Los palestinos, a tiro de piedra, se frotan las manos. Está a punto de pasar una página de la Historia de Israel, pero será necesario escribir más, y más, y más para alcanzar objetivos más ambiciosos y el primer ministro, el expeditivo Ariel Sharón, a quien tanta rapidez y buenas maneras no le vienen demasiado bien, ha prometido colgar ya la pluma en el tintero. NEVE DEKALIM. Galit intuía que estaría aquí durante la evacuación de Gaza. Un gusanillo que le recorría el estómago todas las noches antes de dormir se lo recordaba una y otra vez. De tanto insistir, el gusanillo se salió con la suya y Galit Barguil, capitán del Tsahal, el Ejército de Israel, a sus 25 años, se presentó voluntaria para intentar ayudar desde el corazón mismo de la Operación Confraternidad a llevar este difícil trance lo mejor posible. Su melena rubia, sus ojos azules, sus pecas muy marcadas bajo el sol suavizan sus modos rudos. Y duros. No puede ser de otra forma. Tiene a 34 hombres y mujeres a su mando, en la misión más difícil de su vida. Su trabajo consiste durante estos días en evacuar, al frente de su unidad mixta, a los niños y mujeres de la capital de Gush Katif. Para eso se ha entrenado a destajo física pero sobre todo psicológicamente. No es fácil para nosotros. Tampoco para ellos. No porque sea peligroso o haya resistencia. Prefiero un empujón a una lágrima, un insulto a una súplica dice en su particular pero comprensible francés, sin soltar el megáfono que le ayuda a transmitir las órdenes. Me gusta la disciplina, pero en los últimos días he cambiado de cara. Les muestro a mis soldados mi lado más suave y sensible. Les pregunto qué tal han dormido o comido; si quieren que hablemos de alguna cosa, si tienen algún problema explica para resaltar el efecto psicológico de la evacuación de Gaza. Comprendo el dolor de los colonos. Lo he comentado muchas noches con mi madre. Si me obligaran a abandonar la casa en la que nací, en la que he vivido siempre con mi familia, no sé cómo reaccionaría asegura durante un pequeño descanso a la sombra de una hermosa palmera. Los colonos arrojaron pintura y ácido desde el tejado de la sinagoga EPA Por el bien de la paz Me presenté voluntaria porque creo que esto es bueno para la paz con los palestinos, pero espero no tener que llamar a la puerta de una casa en Neve Dekalim y que la abra uno de los amigos que tengo aquí de la Universidad dice asustada. Shirat, su suboficial, descansa junto a ella. Mira y escucha con interés a su capitán y quiere hacer una puntualización significativa: Cuanto más sencillo sea físicamente, más complicado lo será psicológicamente Y se calla. También Galit. Han hablado lo justo para dejar escapar con sus palabras el peso que llevan encima. Un consuelo, su unidad no participa en la No he podido mirarles a los ojos. No sólo he roto la puerta de su casa, sino el sueño de toda una vida nos confiesa un soldado delicada evacuación de la sinagoga. Bastante lágrimas y niños han visto ya. Hartos y coléricos También está harto Isaac R. quien no quiere darnos su apellido por razones obvias en cuanto abre la boca. Si por mí fuera, les sacaría a todos a porrazos: me han llamado perro, nazi, antisemita, me lo han dicho a centímetros de mi cara y no les he contestado. No les he dicho que perdí a Ariel, mi mejor amigo en el Ejército, por protegerles a ellos, víctima de un ataque palestino. Llevamos años arriesgando nuestras vidas por salvar las suyas, y ellos ahora son capaces incluso de marcarnos el paso en alemán, como hacían los nazis al desfilar, cuando andamos en formación Dan Korfas va por otra calle. Ha tenido que romper con un grueso mazo la puerta de una casa de colonos. Se ha encontrado de frente a toda la familia en el salón. No he podido mirarles a los ojos dice este militar de origen argentino con primos en Barcelona. No sólo he roto la puerta de su casa, sino el sueño de toda una vida Galit, Shirat, Isaac, Dan, las caras heridas del alma desnuda del Tsahal, el Ejército de Israel.