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22 VIERNES 19 8 2005 ABC Internacional La Policía israelí empleaba ayer un cañón de agua contra los colonos que se habían atrincherado en la azotea de la sinagoga del asentamiento de Kfar Darom AFP El asalto a las sinagogas de Gaza acaba con los últimos bastiones de los colonos El Ejército israelí se empleó a fondo contra los extremistas en el asentamiento de Kfar Darom uno, mujeres y hombres, chicas y chicos, fueron sacados en volandas de las sinagogas de las principales colonias de Gush Katif en imágenes de gran simbolismo JUAN CIERCO. CORRESPONSAL NEVE DEKALIM (GUSH KATIF) Mijal no para de rezar, de cantar, de llorar. Parece poseída. Su voz, pese a su pequeña estatura, su escasa corpulencia, rebota dura, seca, ronca en cada esquina de la sinagoga, sección femenina, de Neve Dekalim. Son las dos y media de la tarde. Mijal lleva en la sinagoga desde las 6 de la mañana, desde que fue rodeada poco después del amanecer por centenares de militares y policías israelíes que se irían multiplicando, como panes y peces en esta tierra de milagros, con el paso de las horas. En ese tiempo, eterno para unos, despreciable para otros, bajo un sol abrasador, con temperaturas insultantes, se han sucedido los ultimátum de las fuerzas de seguridad a los atrincherados de la sinagoga para que la abandonen por su propio pie; se han celebrado b Uno a varias reuniones de los líderes de los colonos de Gaza y Cisjordania en los bajos del lugar sagrado; se han repetido los contactos entre los jefes de la Policía y los mandos del Ejército con los colonos. Ningún resultado positivo, ninguna salida airosa. La última advertencia, ahora sí, definitiva. Tenéis 10 minutos para salir por voluntad propia de la sinagoga, de lo contrario entraremos a buscaros dice un soldado por megafonía. Mensaje recibido. Palabras huecas. Oídos sordos. Mijal no es una excepción. Tampoco se mueve de su silla. Reza y no para. Canta y no para. Llora y no para. Cañones de agua El Ejército irrumpe en la sinagoga diez minutos después, tal y como había avisado. Como lo hizo también en la de Kfar Darom, donde tuvieron lugar ayer los incidentes más graves y violentos desde que comenzara la evacuación de Gaza, con el uso de cañones de agua, con 100 colonos detenidos y 40 policías heridos. Como lo hizo en las de Gan Or, Shirat Hayam, Netzer Hazani. Fue el día de las sinagogas en Gaza, quizás su último día. En la de Neve Dekalim, los soldados cortan en dos el patio, con una barrera humana de policías y militares entrelazados los unos a los otros, lo que hace imposible el paso. Separa la parte de los hombres de la de las mujeres. Mijal no verá pues a Shlomo, su marido, padre del hijo que tiene en sus brazos, de sólo un año, hasta después de su evacuación física. Quizás se encuentren en el autobús que les saque para siempre de Gush Katif, quizás en su nuevo destino. El bastión de la resistencia de los colonos se viene poco a poco abajo. Una tímida lluvia de huevos, botes de pintura y bolas de goma hace las veces de contraataque inútil y estúpido. Un hombre de cierta edad, desde luego muy alejado de la adolescencia por la que pasan la mayoría de los aquí refugiados, trepa con dificultades a un al- tillo, enarbola la bandera de Israel y grita fuera de sí Heil Hitler en honor de los soldados israelíes. Los hombres, en el interior de la sinagoga, cantan y rezan. Las mujeres rezan y cantan. Y escuchan a sus rabinos. Y todos juntos, en la distancia, rompen a llorar. Llora Mijal, con su hijo en brazos; y su hermana Judith, y todas las niñas allí presentes, y las mujeres más ancianas, y las agentes de la Policía, que siguen la oración emocionadas ante los rollos de la Torah. En volandas Pero la suerte está echada. Los primeros en ser desalojados, uno a uno, en volandas, bajo los abucheos generalizados y entre patadas al aire son los colonos exaltados, los fieles poseídos, los radicales convencidos de su sinrazón. Mijal, en la distancia, no se da por aludida. No se da por aludida. Ni se sentera de lo que pasa fuera. Está concentrada, hablando con Dios, con los ojos cerrados. con las gafas redondas con las que sigue los salmos de la Torah resbalando por su nariz respingona en paralelo a las lágrimas que lo hacen por su mejilla. Una lluvia de huevos, botes de pintura y bolas de goma hace las veces de contraataque inútil, estéril y absurdo