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10 VIERNES 19 8 2005 ABC Nacional El Rey y el Príncipe presidieron la llegada de los féretros a Getafe REUTERS Los familiares y compañeros de los fallecidos se arroparon en los momentos de mayor dolor El Rey y el Príncipe recibieron, en una sobria ceremonia, a los diecisiete militares muertos Compañeros y un centenar de familiares contenían el llanto y la emoción en la base de Getafe del Gobierno, junto a los ministros de Defensa, que viajó con las víctimas, Exteriores y Sanidad, representaron al Ejecutivo en la llegada de los féretros LAURA L. CARO GETAFE. Los diecisiete ataúdes en procesión envueltos en la bandera de España, los acordes tristes de la marcha fúnebre de Chopin y el abatimiento de un centenar de hijos, madres, padres, viudas, y hermanos llegados de Pontevedra y Sevilla pusieron el punto y aparte ayer en la mayor tragedia vivida por el Ejército español desde que, hace dos años y tres meses, las Fuerzas Armadas se vieran sacudidas por el accidente del Yak. A las ocho y un minuto de la tarde tomaba tierra en la base aéra de Getafe el Hércules del Ejército del Aire que b El presidente traía de vuelta a casa los restos mortales de los militares fallecidos desde Herat y en el que también viajaba el ministro José Bono, que- -todavía con las botas áridas de andar por el secarral afgano- -descendió de la nave directamente para dar novedades a Su Majestad. Don Juan Carlos, vestido con el uniforme de capitán general, había llegado minutos antes junto a Su Alteza Real el Príncipe de Asturias al acuartelamiento, en cuyo interior ambos se demoraron unos minutos para intentando acompañar el dolor de las familias. No hubo el protocolario himno de España para recibir al Rey en el exterior, que inmediatamente fue saludado por el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que ocupó el lugar preferente de las autoridades civiles y militares que presidieron el acto. Pasaban las ocho y veinte de la tarde cuando, a cámara lenta, militares de las Fuerzas Aromóviles (FAMET) y de las Fuerzas de Acción Rápida (FAR) del Ejército de Tierra, bajaban a hombros desde el Hércules el primer ataúd. Al que seguirían otros dieciséis, cada uno de ellos precedidos por un soldado, con tres a cada lado y dos detrás escoltando el paso al ritmo quedo de los instrumentos de la banda del Regimiento de Infantería Inmemorial del Rey. Portando los últimos, pudo verse a los miembros de la tripulación del helicóptero que viajaba cerca de Herat junto al siniestrado, que recién llegados a Madrid, tuvieron fuerzas para recorrer el trayecto con sus compañeros sobre las espaldas. A las nueve de la noche, los restos mortales de los 17 reposaban ya en hilera, apoyados en catafalcos de terciopelo rojo frente a sendos coches fúnebres de idéntico verde oscuro. El arzobispo castrense, Francisco Pérez, leyó un te- legrama de condolencia enviado por el Papa Benedicto XVI, dirigió un brevísimo responso a las víctimas y bendijo con el hisopo los diecisiete féretros. Fue el final de un acto demorado y ausente, sin recriminaciones ni aspavientos. Instantes después el Rey y el Príncipe de Asturias se despedían de las familias y de las autoridades con el saludo militar. Los 17 vehículos se encaminaban al tiempo hacia el Hospital Militar Gómez Ulla donde estaba previsto practicar las autopsias para completar las identificaciones e instalar las capillas ardientes. Hubo una pequeña representación de la oposición, con la presencia al frente de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. El presidente del PP, Mariano Rajoy, no fue invitado al homenaje. Defensa llamó a las tres de la tarde sólo a los portavoces de los grupos parlamentarios y