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ABC JUEVES 18 8 2005 49 FIRMAS EN ABC ma de los planes de estudio y plantearan en los correspondientes órganos de representación asignaturas y créditos de libre configuración que incluyan materias de áreas de conocimiento como Teología, Filosofía de la religión, Fenomenología o Historia de las religiones. Aunque no les pareció mal la propuesta, prefiero no decir en público lo que me dijeron de sus representantes. Me limité a insistirles y recordarles que cuando el índice de participación de los estudiantes en las elecciones de la universidad apenas llega al 1 por ciento es porque algo serio está pasando. Creí que la conversación se iría por otros derroteros pero uno de ellos me dijo que tanto la universidad como la iglesia les parecían instituciones viejas pero útiles, que se servirían de ellas en la medida en que respondieran a sus intereses pero que no les preocupaba para nada su reforma. Me acordé entonces de los últimos informes de la Fundación Santa María sobre los jóvenes y la religión, donde se describe la evolución de la religiosidad en las nuevas generaciones, se analiza cómo había descendido la identificación de los jóvenes con la iglesia y se dejaba claro que el 35 por ciento de los jóvenes que se declaran católicos se muestran indiferentes ante la institución eclesial. Cabe una lectura pesimista de estos datos lamentando el bajón en la identificación de los nuevos jóvenes con la vieja iglesia, incluso cabe una lectura optimista felicitándose porque el aumento de la indiferencia no se haya traducido en agresividad o resentimiento hacia ella. Pero también cabe una lectura realista cuando descubrimos que la indiferencia ante la iglesia no es una indiferencia ante los fenómenos religiosos de las sociedades secularizadas. De la misma forma que el significado de Juan Pablo II desbordó a la propia iglesia católica o la elección de Benedicto XVI no fue sólo un acontecimiento eclesial, la religiosidad de los nuevos jóvenes es fenómeno que no se puede perder de vista desde la vieja iglesia. Ahora que ya han confirmado su viaje a Colonia más de 30.000 jóvenes españoles y se espera llegar a los 50.000, la iglesia y quienes tenemos alguna responsabilidad educativa deberíamos hacer un pequeño análisis por la escasa credibilidad que despiertan nuestras instituciones. Probablemente, los nuevos jóvenes quieren una religiosidad más expresiva, celebrativa y comunicativa. Y no se trata de una religiosidad estrictamente lúdica o festiva porque sigue siendo el factor determinante en las prácticas de voluntariado y la militancia por una justicia social global. Cuando la iglesia y los educadores siguen presentándoles una religiosidad prosaica, normativa y nostálgica quizá sea porque han olvidado el texto del evangelio de Mateo donde Jesús pedía a sus discípulos que espabilaran de una vez y no cometieran el error de meter vino nuevo en odres viejos. AGUSTÍN DOMINGO MORATALLA PROFESOR DE FILOSOFÍA DEL DERECHO, MORAL Y POLÍTICA. UNIVERSIDAD DE VALENCIA NUEVOS JÓVENES EN LA VIEJA IGLESIA Probablemente, los nuevos jóvenes quieren una religiosidad más expresiva, celebrativa y comunicativa. Y no se trata de una religiosidad estrictamente lúdica o festiva... E STOS días de Agosto he recordado un hecho sorprendente del curso pasado. Fue una conversación que mantuve con varios alumnos a la salida de clase sobre el significado social de la figura de Juan Pablo II. No me podía imaginar el interés con el que habían seguido las últimas semanas de su enfermedad y la curiosidad que habían mostrado en el cónclave del que salió elegido el cardenal Ratzinger como Benedicto XVI. Era la primera vez que un grupo de universitarios con apenas veinte años mostraba un interés tan explícito por las cuestiones religiosas. En aquella conversación, algunos me dijeron que se estaban preparando para viajar a la Jornada mundial de la juventud que se celebraría este año en Colonia. Quise hacerles ver que las Jornadas mundiales de la juventud no eran sólo peregrinaciones religiosas de jóvenes sino acontecimientos sociales veraniegos donde no siempre estaban claras las motivaciones religiosas de los participantes. Me contestaron que eso les daba igual, que les resultaba atractiva la posibilidad de encontrarse con el nuevo Papa y, sobre todo, la posibilidad de compartir su experiencia religiosa con jóvenes de otros países. Seguí persuadiéndoles con la intención de aplicar el principio de sospecha ante lo que parecía ser una religiosidad ocasional y epidérmica. Les advertía que unos estudiantes de Filosofía como ellos debían ser más críticos con los fenómenos religiosos de nuestro tiempo para distinguir lo esencial de lo accidental, lo religioso de lo folclórico, lo espiritual de lo comercial, lo profundo de lo trivial, lo real de lo virtual. Me agradecieron estas advertencias y llegó un momento en que me dijeron que cortara el rollo y no insistiera, que por mucho filósofo de la sospecha al que yo acudiera no conseguiría que desistieran de su interés por el viaje a Colonia. Poco antes de terminar aquel animado encuentro, dos alumnos se atrevieron a expresarme una idea que el resto del grupo asintió de inmediato. Confesaron que no se identificaban como practicantes de ninguna religión y lamentaron las pocas posibilidades de formación religiosa que les ofrecían las universidades españolas. Uno de los que hablaba había hecho algún curso anterior en una universidad privada y también avalaba el juicio de su compañero. Me atreví a responderles diciendo que se implicaran más en la refor- HERMENEGILDO ALTOZANO ESCRITOR APUNTES DE LA CASAPUERTA E L perro negro se asoma al balcón y deja caer su cabeza triste y sus ojos tristes sobre las patas. Se recorta el perro contra la luz de la sala y no nos quita el ojo. Estamos quietos. Abajo. Miramos al perro y tratamos de imaginar lo que ocurre dentro. El teatro de las sombras, como el wayang de Indonesia, nos regresa- -encadenados a la noche cordobesa- -al mito platónico de la caverna. Esa sombra que se mueve- -nos parece- -quiere avisar que al perro negro le queda poco de estar al cabo de la calle. Van a cerrar el portón. Nos acercamos, entonces, a la casapuerta para adivinar los rincones del patio. Está como lo dejamos- -como lo dejaste tú- -la última vez, me dices. En el centro del patio, una maceta grande donde crece un ficus. Los tiestos con geranios que cuelgan de la pared de enfrente. Las mecedoras. Las sombras sobre las sombras. Unos pasos arriba. El perro, que no se mueve. Hemos subido la cuesta de Bailío, desde la Judería. Atrás quedan la caminata junto al Guadalquivir y la visita furtiva a la Mezquita. Las plazuelas escondidas. Las farolas y los faroles. Mañana- -te digo- -quiero que entremos en el Patio de los Naranjos. Me guías por las calles estrechas. Nos detenemos en aquella esquina. Y cada esquina te sirve para enhebrar una historia. Es de noche. Al día siguiente, si alcanzamos a andar las mismas calles, sé que me van a resultar distintas y que no seré capaz de reconocer otra vez aquella esquina, salvo que me prestes un trozo de tu memoria. Nos sentamos en el suelo de la casapuerta, apoyadas nuestras espaldas contra el zócalo. Estamos a la espera de unos pasos. De que el perro negro rezongue. De que suene el cierre de las ventanas de arriba. De que me pidas que volvamos a caminar junto al río. La verja- -la cancela, dices- -se interpone entre el patio y la casapuerta, como si se tratara de la línea divisoria entre dos dominios. Hasta que cierren el portón, la casapuerta será tierra de conquista. Sé, sin embargo, que no me pertenece y sólo estoy allí, temporero, sentado sobre el suelo, porque aún no han cerrado el portón. Dejo caer la cabeza hacia atrás y cierro los ojos. Esta provisionalidad no me es ajena. Hoy estás y mañana es probable que ya no estés del mismo modo. Nos llega el aire de la calle. El rumor del agua. Unas risas. Unas voces, confundidas con las risas. El día ha sido largo y la caminata también ha sido larga. Pero no importa. Estamos en la casapuerta, mendigando un receso, como ayer- -o mañana- -hubiéramos mendigado una sombra o un vaso de agua. El perro negro, yaciente aún, ni siquiera reclama una mirada. Suenan los pasos. La ventana se cierra. Las persianas, que bajan. El perro, que rezonga. Nos resistimos a abandonar la casapuerta. Y, es entonces cuando la voz que sigue a los pasos nos dice, casi al oído, sin anunciarse apenas, pasen, no vayan a quedarse ahí dormidos