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22 JUEVES 18 8 2005 ABC Internacional Gaza vive su evacuación de terciopelo más rápida y menos violenta de lo esperado El Gobierno israelí cree que todo acabará antes de una semana Dekalim, escenario de la última batalla entre los adolescentes atrincherados en las colonias y un ejército de soldados armados de paciencia JUAN CIERCO. CORRESPONSAL NEVE DEKALIM (GUSH KATIF) Apenas se duerme en Neve Dekalim. Las noches son cortas. Agitadas. Los cantos religiosos de los colonos hacen las veces del maullido de ese gato callejero que nunca calla pasadas las tres de la madrugada. Los movimientos de los soldados y policías israelíes para tomar posiciones, ante la inminente operación de desalojo, se suceden casi sin pausa. Los llamamientos por los altavoces de las sinagogas se suman a la intranquilidad de una noche que acaba de golpe, con un sol que ya apunta maneras a las seis de la mañana. No será, no es un día cualquiera en Neve Dekalim. Todos lo saben por aquí. Lo saben los cientos de adolescentes atrincherados en la sinagoga con sus talit -mantos litúrgicos- -y sus filacterias. Lo saben las mujeres, ya mayores, que atadas con una cuerda naranja las unas a las otras, quieren al unísono convertirse en aquel chino que detuvo a aquel carro de combate aquel día de aquel año, en aquella plaza pequinesa de Tiananmen. Lo saben Oren y Yossi, quienes cargan los rollos b La sinagoga de Neve de una Torah en una ceremonia de despedida que siembra pasiones y cosecha tempestades. No es un día cualquiera en Neve Dekalim. Se nota en la mirada perdida de Enma, quien no se fija siquiera en la llegada, huevos y vasos de pintura le reciben, del jefe de la Policía israelí. Se nota en los gestos sinceros; los abrazos prolongados; las lágrimas desnudas; las despedidas tan sentidas de los unos a los otros, de los que se van y miran con el rabillo del ojo a los que se quedan, de los que se quedan y miran de refilón a los que se van. Militares desarmados Se nota en el despliegue policial y militar que se intensifica después de las ocho de la mañana, tras la primera hora del rezo judío. Decenas de uniformes, centenares de hombres y mujeres, formados de manera perfecta, disciplinados, obedientes a unos mandos que respetan a un Gobierno, respaldado por un Parlamento. Equipados hasta en el más mínimo detalle para no herir sensibilidades ni personas; armados tan solo de una pa- ciencia a prueba de niñatos malcriados, los agentes toman, a cámara lenta, en voz baja, las calles del asentamiento judío más grande de Gaza, fundado en 1983. Cada unidad desemboca, como meandro nada reseco de un río de sentimientos encontrados, en la casa de una familia rebelde. Las primeras en dar la cara, las mujeres, las niñas, las ancianas. Mujeres, algunas embarazadas, algunas con sus bebés recién nacidos en sus brazos, que dan un paso al frente hasta situarse cara a cara ante los soldados. Niñas y ancianas, nietas y abuelas, de la mano, con el corazón compartido y roto, con lágrimas comunes, que dan un paso al frente hasta situarse cara a cara ante los soldados. Lágrimas furtivas Los soldados, ellos y ellas, impertérritos, no ofrecen ni un solo gesto, ni una mueca, ni mucho menos un guiño o una media sonrisa. Muchos llevan puestas unas gafas de sol para protegerse del sol pero sobre todo para esconder sus ojos brillantes, su lágrima que escapa. La mañana avanza, como el autobús protegido a pie para que no pinchen sus ruedas, a cámara lenta, entre reproches, insultos, presiones y paciencia, la principal arma de evacuación masiva de este Plan de Desconexión de Gaza. Las mujeres, abuelas, madres e hijas, dan un paso al frente y son las primeras en oponerse a los soldados Guión de los desalojos Las casas se desalojan muy poco a poco, sin el uso de la fuerza. Con palabras. Llegan noticias de la evacuación de Morag, de Tel Katifa, de Gnei Tal, de Gan Or. Los chicos comienzan a sentir el peso de la púrpura, el aliento de la derrota. Una docena de locos de atar se atrinchera en una casa y amenaza con un suicidio colectivo. Otra se sube a un tejado para salir en la tele y hacer ondear la bandera de Israel. La facilidad con la que se desarrolla la evacuación hace que la Oficina de Sharón hable de una fecha de caducidad posterior en uno o dos días al fin de semana. Hay muchas casas vacías. Con carteles naranjas en sus puertas: Soldados, aquí vivió durante 24 años la familia Mordehi. En cuanto entréis por la puerta cometeréis el mayor crimen desde el nacimiento del pueblo de Israel. No lo hagáis Otras, sin embargo, esperan el golpe de gracia. La operación sigue un esquema establecido: un soldado, megáfono en mano y en boca, anuncia a la familia su presencia en el exterior; llama a la puerta; espera; sin resultado. Los soldados la echan abajo. La familia, un matrimonio y sus cuatro hijos, sentada en el salón. Dos oficiales negocian la salida de los niños, uno a uno, todos llorando; todos asustados. Luego sale la madre. Llorando. Asustada. El padre no lo pone fácil. Cuatro policías le sacan a la fuerza, en volandas, mientras se revuelve, y le llevan a uno de los 60 autobuses que salen de Neve Dekalim con los activistas callejeros. Al fondo, junto a la sinagoga que recobra todo el protagonismo de la mañana con la noche ya caída, descansa la caja de juguetes vacía que de madrugada repartieron niñas y adolescentes a los soldados que tomaban Neve Dekalim. Apenas a unos metros, una niña, vestida de naranja de arriba a abajo, llora desconsolada. No por la evacuación de Gaza sino por la pérdida de su osito de peluche preferido. Quizás lo tenga el capitán que más tarde ordenará la toma de su casa. Mujeres policías se llevaban ayer por la fuerza a una madre y a su hija de Gaza POOL