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ABC JUEVES 18 8 2005 Opinión 7 La talla de un país y el papel que juega y le dejan jugar en el concierto de las naciones se mide por muchas cosas, pero no es en absoluto la menor su potencia militar y más en concreto con cuánto participa en actuaciones colectivas. Ahí rige un estricto tanto pones tanto vales Nuestros políticos, de todos los bandos, no parecen saberlo. Lo que es peor, tampoco parecen interesados por enterarse. Una idea clara de la posición estratégica de un país, sus tradiciones e intereses de esa naturaleza y el papel que las políticas de seguridad, de defensa y militar desempeñan en la promoción de los intereses nacionales forman parte del acervo intelectual de todo estadista y más tenuemente de toda clase política madura. En España no es que sea una asignatura perpetuamente pendiente, es que no está en el plan de estudios. Sólo unos pocos parlamentarios veteranos que durante varias legislaturas han estado en las comisiones de defensa de las respectivas cámaras han llegado a ser verdaderos expertos en estas cuestiones. Curiosamente desarrollan importantes afinidades por encima de las divisiones partidistas. No menos curiosamente son bastante ignorados por sus propios partidos. LA ESPUMA DE LOS DÍAS VOTAR EN EL FIN DEL MUNDO STADO constitucional. El pueblo como titular exclusivo del poder legítimo. Tradición fecunda y sólida realidad presente. Hablamos de democracia para Afganistán. También para Iraq y para otros muchos. En cumplimiento de esa misión, dejaron su vida los diecisiete héroes. Demos gracias porque todavía no se ha montado la gran trifulca. Mucha gente mira perpleja las fotos y la televisión. ¿Es posible la democracia en el desierto? Es peor que el desierto, porque ni siquiera hay oasis... Busco referencias objetivas en fuentes de uso común. Afganistán, bastante más grande que España, cuenta apenas 23 millones de habitantes. La BENIGNO densidad por kilómetro PENDÁS cuadrado bordea los 21, pero en algunas regiones es inferior a 3. El Hindu Kush aporta alturas superiores a los 7.000 metros. Frontera- -larga y difusa- -con Pakistán. Límites también con Irán, con diversas repúblicas ex soviéticas y un poco con China. ¡Vaya vecinos! De la tierra a la gente. El 99 por ciento profesa la religión islámica, con notable mayoría de sunníes. La esperanza de vida se sitúa entre 46 y 47 años. Hay un teléfono y dos automóviles por cada mil habitantes. Parece, aunque los datos son equívocos, que el PIB por habitante no llega a los 200 dólares, el más bajo del mundo. El país no figura en el discutible Índice de Desarrollo Humano. El 48 por ciento de los hombres y el 78 por ciento de las mujeres son analfabetos. Es imposible contar a las personas que practican el nomadismo. Un par de pinceladas sobre historia. Interesante periferia de imperios brillantes. Sirve de estado- tapón entre Rusia y la India británica. Monarquía constitucional inestable. Invasión del Ejército Rojo, desastrosa para unos y para otros. Feroz dictadura talibán. ¿Para qué seguir? A día de hoy, pendientes las elecciones legislativas, la ayuda norteamericana se pierde por el agujero infinito de la corrupción. Estamos, en fin, lo más cerca posible del fin del mundo. Sin embargo, esta tierra de nadie ocupa una posición geopolítica determinante. Allí podría situarse hoy, muy desplazada hacia el este, la vieja isla del mundo (según la teoría algo anticuada de H. McKinder) Ya saben: quien controla esa supuesta isla adquiere la hegemonía universal. Si no fuera por Bin Laden y por el 11- S, Afganistán no existiría para los medios de comunicación; es decir, no existiría en sentido literal. ¿Es posible la democracia en tales condiciones? Una tradición de siglos no se improvisa. Necesita ciudades y clases medias; comercio y libertad de conciencia; individuos y no tribus; sobre todo, dignidad material y no miseria. Nuestros expertos se quejan de la pobre calidad del demos occidental. ¿Qué deberíamos hacer entonces con los afganos? Está muy claro: tenemos que enseñarles ante todo para qué sirve votar. E ÁNGEL CÓRDOBA se rompe, al final cabe preguntarse si lo que nos gastamos, proporcional y comparativamente muy poquito, no es una verdadera dilapidación, porque lo que conseguimos a cambio es casi nada. Pero lo que invirtamos en una defensa robusta, a la altura de nuestra posición internacional, no lo podremos dedicar a otros bienes que nadie duda que son importantes y apetecibles, pero que pueden quedar comprometidos si la seguridad también lo está o nuestra posición de puertas afuera adolece de raquitismo militar. Una de esas urgentes ideas claras es que lo bueno para un país es que sus fronteras estratégicas, aquellas donde se garantiza la seguridad nacional, estén lo más alejadas que sea posible de sus fronteras físicas. Si esto siempre ha sido así, si es un axioma obvio que sólo los fuertes pueden hacer realidad, ¡qué no sucederá en un mundo globalizado, donde el factor distancia va siendo comprimido de día en día y donde actores diminutos comparados con el más pequeño de los Estados pueden con un solo golpe causar tantos daños como una guerra clásica! Afganistán puede ser para nosotros uno de los países más exóticos y desconocidos del planeta. Pero el mundo se ha achicado mucho. Los tsunamis políticos alcanzan hasta el último rincón. Cómo el que provocó la explosión del Krakatoa, cuya onda rebotó siete veces en las antípodas y en el punto de origen hasta extinguirse. Los que han muerto en Herat lo sabían muy bien. A los que allí dejaron su vida y a las docenas de miles que con la misma disciplina y entusiasmo están dispuestos a reemplazarlos, el mejor homenaje que podemos hacerles es, con admiración y respeto, tomarnos en serio su trabajo. PALABRAS CRUZADAS ¿Debe el Gobierno traerse también las tropas de Afganistán? HAY QUE ESTAR ALLÍ RETIRADA DE INMEDIATO E STAMOS en Afganistán porque se lo pidió Rumsfeld a José Bono, y al ministro de Defensa le pareció que era una buena manera de demostrar que no nos fuimos de Irak por cuestión de cobardía- -nos llamaron gallinas, no hay que olvidarlo- y además nuestra presencia demostraría que los españoles están tan preparados como los que más para colaborar en tareas humanitarias o para controlar áreas de conflicto. Aparte de que nuestra presencia allí podría significar un acercamiento a Estados Unidos, muy necesario aunque la izquierda todavía se mueve por conceptos trasnochados. No podemos irnos ahora. No cuando nuestros hombres y mujeres hacen la labor que hacen- -excelente- -en Herat y QalaiPILAR naw. No cuando nuestra presencia impiCERNUDA de que bandidos, talibanes y narcotraficantes impongan su ley. No cuando hay que garantizar la celebración de unas elecciones en libertad, cuando la presencia de occidentales obliga a los afganos a tomarse en serio a las mujeres, les da una cierta seguridad en las calles, les permite acudir a hospitales, o les facilita el acceso a colegios y centros de formación. La muerte de diecisiete militares es un golpe muy duro; pero ellos, sus familiares, amigos y compañeros, sabían que su misión era de alto riesgo y sin embargo todos dieron el paso al frente. Como lo habían dado en Kosovo o en Mostar. No podemos irnos de Afganistán: ni por los afganos, ni por nosotros mismos. L AS tropas españolas tienen que retirarse de Afganistán. De inmediato. Empiezo a no ver demasiado claras las diferencias entre tener las tropas en Irak- -país sometido a una guerra que siempre me pareció injusta- y tenerlas sin embargo en Afganistán, país en el que, pese a la intervención militar occidental, las cosas siguen estando políticamente igual que estaban: los señores de la guerra controlan todo el país excepto Kabul, la mayoría de los pueblos no conocen el significado de la palabra seguridad, los terroristas se mueven casi con toda libertad, las mujeres continúan ocupando el nulo papel de siempre y los cultivadores de lo que se convierte en heroína tras ser manipulada en laboratorios vuelven a su tarea de FERNANDO abrir rutas con su mercancía mortal que JÁUREGUI permite riquezas inmensas. Lo primero es garantizar la seguridad de nuestros soldados ante un conflicto que los españoles no acaban de considerar tan importante como para mantener allí a nuestros ejércitos. Resulta hipócrita por parte de nuestro Gobierno alardear de habernos marchado de Irak, gesto plausible que cumplía una promesa electoral, y seguir sin embargo en Afganistán, que viene a ser lo mismo. ¿O es que alguien puede garantizar que gentes de Al Qaida no siguen escondiéndose en aquellas montañas? Marchémonos cuando antes. No tenemos por qué aceptar que las guerras de Estados Unidos son nuestras guerras y sus conflictos nuestros conflictos. ¿Y usted qué opina? Déjenos su mensaje o su voto en la página web www. abc. es eldebate