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6 Opinión JUEVES 18 8 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA MANUEL COMA REAL INSTITUTO ELCANO, UNED RATZINGER, EN COLONIA LAMA la atención que el viaje a Colonia que hoy emprende el Papa Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, no haya despertado en sus preparativos, los de la Jornada Mundial de la Juventud, mayor interés entre los medios de comunicación que nos caen más a la mano. Ratzinger, ya antes de comenzar su pontificado, era una figura para la Historia. Su trabajo como teólogo, siempre en la pretensión del equilibrio entre la modernidad y la tradición, opuesto a la teología de la liberación, le hicieron notable cuando joven profesor y, especialmente, cuando adquirió la responsabilidad de convertirse en el perito sobresaliente del Vaticano II. De ahí que su priM. MARTÍN mer viaje internacional FERRAND como titular de la Sede de San Pedro para encontrarse con un millón y medio de jóvenes mereciese, pienso, mayor atención y tratamiento. No hace falta pertenecer al grupo de los que se comen los santos crudos, ni tan siquiera ser creyente, para poder valorar la especial importancia, en un mundo sin ideas y en la quiebra de sus valores morales, del viaje de un nuevo Papa que, además, es un pensador ilustre y un intelectual de hondura. Su notoria presencia viene a reforzar el poder mental que tan enflaquecido tiene la colección de líderes al uso y, sólo desde la proximidad cultural, nos sirve de refuerzo para buscar el rumbo a un mundo errático y en total crisis de valores. La manera de ser de Ratzinger, amigo de la discreción y lo recoleto, es muy diferente a la de su predecesor. Viajes como el que hoy acomete suponen para él un sacrificio y una renuncia; pero, ¿es un instinto de solidaridad el que ha debilitado, en su prólogo, la fuerza comunicadora de tan singulares Jornadas? No lo creo. El nuevo Papa no tiene el gusto popular y populista de Juan Pablo II y, aprovechando la circunstancia, las mismas fuerzas laicas que niegan la raíz cristiana de nuestra cultura tratan de difuminar hacia la nada un acontecimiento que, cuando menos, sirve de aldabonazo en la conciencia colectiva. O en lo que quede de ella. Una movilización de un millón y medio de jóvenes que supera la escala continental es noticia, gran noticia, independientemente de la vara de medir que cada cual use para la actualidad. Aun en el supuesto de que algunos, o muchos, de esos jóvenes que hoy están en Colonia viajen con más motivación turística que confesional. El primer viaje internacional de un Papa discreto y poco dado a las multitudes le añade valor informativo al caso. ¿Por qué, entonces, la paupérrima cobertura de sus prolegómenos? El retrato del fervor islámico, tan dañino y ajeno a nuestros modos, tiene más ecos mediáticos que la mera reseña del viaje de un Papa católico. Es una contradicción, sólo aparente, que sintomatiza el nivel de enfermedad que sacude a este continente que, después de serlo todo, ya se conforma con poco. Con el bienestar. L LA VIDA POR AFGANISTÁN En el artículo se destaca la necesidad de una potencia militar fuerte en el concierto de las naciones y se pone en valor el papel fundamental que desempeñan las Fuerzas Armadas españolas en la defensa de la paz tanto dentro como fuera de nuestras fronteras C OMO en lo mejor de la falange, el bellísimo himno que para ella escribió Dionisio Ridruejo, me hallará la muerte si me llega A estos diecisiete militares les llegó muy lejos de los suyos, a quienes no volverán a ver, pero no de lo suyo, que es estar siempre dispuestos a luchar por su país, porque muriendo por Afganistán, murieron por España. Murieron en una misión que el país les había encomendado y porque se la había encomendado, misión que siendo de paz sabían arriesgada. La cumplieron con la disciplina sin la cual no existe ejército y con el entusiasmo de una causa noble. Nada más ingrato para un soldado que ser visto como un incordio inevitable del que cuanto menos se hable mejor. En momentos como éste, toda la familia militar tiene el derecho a sentirse arropada por la sociedad a cuya defensa se ha consagrado y es nuestro deber manifestarles un cálido agradecimiento. Más allá de ceremonias públicas, indispensables, necesitan, les debemos comprensión de su importancia, con palabras y hechos. Unos y otros, profesionales de la milicia y sociedad, tenemos el derecho de que políticos de todos los pelajes sitúen a las Fuerzas Armadas en el lugar que les corresponde en todo Estado moderno y democrático. En Francia o en Inglaterra, en Suiza o en Suecia, en Israel o Estados Unidos son uno de los pilares del Estado, un activo público, un orgullo nacional. Sin retórica altisonante ni sebosas adulaciones. En España las cosas no son todavía así. No del todo. No queda ya ejército franquista, pero han sobrevivido de forma solapada, más o menos subconsciente, viejos prejuicios antimilitares que se funden hoy con derrotistas ilusiones paciferas. La paz es un gran valor y una de las grandezas de la moderna democracia es la gran renuencia con la que echa mano del recurso a la guerra. Pero si no hay nada por lo que valga la pena luchar no hay nada que valga la pena. Ni siquiera la paz y no, desde luego, la libertad, que debería precederla. Mejor rojo que muerto, ¿recuerdan? ¿Llegaremos a mejor islamista que masacrado Como todo lo bueno la paz es difícil de conseguir. Su logro no es tan sencillo como su deseo. Requiere una sociedad dispuesta a luchar por ella, a reconocer las amenazas, a no enterrar su cabeza en el apaciguamiento. Requiere una sociedad que valore a sus Fuerzas Armadas, que aprecie su prestigio, que les exija el máximo de profesionalidad y transparencia y que esté dispuesta a pagar el precio de dotarlas al nivel que nuestro desarrollo nos permita y nuestras aspiraciones aconseje. Y sea cual sea el desarrollo, se tratará siempre de un sacrificio. La percepción de necesidades crece con la riqueza, no disminuye. No podemos esperar a que nos sobre porque nunca sobra nada, pero si cada vez que hay que hacer economías el presupuesto de Defensa es el primer cerdito de barro que