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ABC JUEVES 18 8 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC AMORES DE VERANO POR VALENTÍ PUIG ESCRITOR Entre oportunidades y vínculos- -como ha escrito Dahrendorff- -está el equilibrio que logra dar sentido a la vida. En el interregno estarían los amores de verano, los besos robados, la enseñanza leve y certera de una buena canción... E L relativismo puede llegar a autocomplacerse como una mística pero sobre todo hoy por hoy ya es una estética. Lo cutre, lo fugaz, la virtualidad y la ausencia de sentido jerárquico configuran la estética de la banalidad amorosa, la decadencia de las formas eróticas, a menudo en paralelo con la abolición de grandes mitologías como son la música clásica y la pintura del grand style ¿Qué pasión amorosa es la que se nutre del videoclip en ausencia del poema sinfónico? ¿Qué imagen del encuentro amoroso sobrevive en el imaginario pop por sustitución de Tiziano o Renoir? Es cierto que lo mejor de los amores de verano es evocarlos en el tiempo, cuando la patina de la nostalgia les añade un tinte de madurez y rotundidad evocativa de las que nuestra adolescencia era incapaz, pero eso no significa que la memoria sea fraudulenta. Amores de playa, de piscina, de guateque, de terraza en la ciudad, de zodiac fuera borda, de fiesta mayor: primeros cigarrillos rubios, el privilegio de vestir unos jeans de importación, los pasos de la yenka y el madison sabor de algas y sal después de la primera zambullida: son amores de postal, extraviados en algún buzón, a años luz del after hours y la litrona. En toda adolescencia, por tímida y retraída que sea, habrá una explosión sentimental pero de ayer a hoy las partituras son casi antagónicas, como el sentido del ritmo, de forma equiparable a la diferencia que existe entre el lenguaje del comic y la bendición carnal de la pintura impresionista, entre una canción de Cole Porter y la percusión de imágenes en MTV. Quedan todavía muchos enigmas para la neurobiología del amor. Gran Hermano en versión británica no sabían en qué año comenzó la Segunda Guerra Mundial, ni la raíz cuadrada de cien. En realidad, la subcultura de Gran Hermano escarnece toda noción de autocontrol y de ejercicio de voluntad, las sutiles discreciones del amor y toda sublimación representativa de lo que no sea una consumación inmediata del deseo crudo, sin perspectiva, del todo ajena- -por supuesto- -a las formas más evolucionadas del cortejo. La primera víctima de esos amores de verano- remake bronceado del aquí te pillo aquí te cojo -es el lenguaje, la posibilidad individual de reformular la expresión de un sentimiento y de un afán erótico. A veces, sin darnos cuenta, en torno a la barbacoa o en el chiringuito de playa reproducimos facetas de esa baja estética de Gran Hermano Nadie es perfecto y seguramente es por eso que la escritora Julie Birchill está dispuesta a argumentar que las críticas a la versión británica de Gran Hermano proceden de una clase media que envidia la desenvoltura procaz de los muchachos de clase obrera que logran el zenit de su exhibición personal en televisión. Peculiar interpretación post- marxista: Gran Hermano sería como las vacaciones doradas que los muchachos de la clase obrera disfrutan como por dádiva de un paraíso catódico. Es la lucha de clases como justificación de lo cutre, en una sociedad en la que el sistema de clases lleva tiempo muy difuminado. Lo fundamental es que los amores de verano, por pasajeros y efímeros que sean, perduran tras el acto de violencia simbólica y audiovisual de programas como Gran Herma- Al repasar las secuencias de programas de televisión como Gran Hermano el antropólogo Desmond Morris se pregunta por qué razón aceptamos que esos grupos de gente joven sean la representación genuina de nuestra cultura- -la británica, la europea, digamos la española- -tan predominantemente basta, ignorante y grosera, tan carente de calidez humana y de afecto, tan vulgarmente callejera. Bajo tanta vulgaridad, la calidad de lo humano es un imposible. Es una apoteosis de una arrogancia egocéntrica y exhibicionista que carece de objetivos de emulación, de afán de superarse. De ser eso cierto, Morris deduce que quienquiera que esté involucrado en las responsabilidades del sistema educativo debiera irse a casa. Por supuesto, no todos los amores de verano se ajustan a la estética de Gran hermano pero tampoco puede negarse cierto efecto de contagio y mimetismo. La ignorancia crasa también es contagiosa: los participantes de no Prosiguen los amores estivales, fieles a esa duración crepuscular que parece tan bien sincronizada con la primera tormenta de verano. Para entonces declinará la intensidad de los SMS amorosos y aquel número telefónico acabará por ser una voz impersonal que da la respuesta del desconectado. Llega el amplio otoño, con otro sistema de sentimientos. Reaparecen los rostros que no estaban en la playa. Dejamos atrás la multitud del verano, sus chándales y sus camisas desabotonadas hasta el ombligo. Regresamos a las rutinas que nos permiten vivir convenientemente lejos de los universos del Gran Hermano Será como pasar de la canción del verano a la música de cámara, del grafitti al tapiz magnificente y sutil. Este mes de agosto ha fallecido la escritora Judith Rossner. Especialmente por la adaptación cinematográfica, su obra más conocida es Buscando al señor Goodbar ilustrativa de un vacío moral de los años setenta. Aquel era un mundo sin amor, era la desolación urbana, el desquiciamiento del individuo incapaz de articularse en un entorno familiar o en una forma comunitaria. Nada era benévolo, al contrario de esos amores veraniegos que enaltecen suavemente la memoria de otro tiempo vivido. Basada en hechos reales, Buscando al Señor Goodbar relata el acontecer de una joven profesora de Nueva York que, de bar en bar en busca de citas a ciegas, acaba asesinada por un hombre que lleva a su casa. En aquella historia andaban aunadas la fragilidad y el fracaso. Partidaria de la liberación de la mujer, Judith Rossner detalló los riesgos del encuentro al azar, la prioridad del deseo desnudo y algunos de los callejones sin salida de la soledad que pretender solventarse en la búsqueda sin nombre. No de otro modo concluyeron otros tantos amores de verano, con el tacto desabrido de un absoluto de deseo imposible, amores bajo la máscara de otra personalidad o de un incógnito sistemático. Hasta límites que a veces nos son desconocidos, dependemos de las costumbres. No es de moralistas empedernidos considerar que, respecto a costumbres, las hay buenas y malas. Otra perspectiva es la carencia de costumbres, como se percibe en los actuales reality shows como Gran Hermano Nos regimos por vínculos- -la familia, la religión, la comunidad- -que generan lealtades y por oportunidades que auguran libertad. Entre oportunidades y vínculos- -como ha escrito Dahrendorff- -está el equilibrio que logra dar sentido a la vida. En el interregno estarían los amores de verano, los besos robados, la enseñanza leve y certera de una buena canción. vpuig abc. es