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44 Toros MARTES 16 8 2005 ABC Triunfal y emotiva alternativa de David Galán en Málaga Plaza de toros de la Malagueta. Lunes 15 de agosto. Sexta de abono. Casi lleno. Toros de Núñez del Cuvillo, el tercero fue devuelto por otro de la misma ganadería, de correcta presentación, todos resultaron manejables y destacó el sexto. José María Manzanares, de azul pavo y oro. Pinchazo hondo atravesado, dos descabellos (silencio) En el cuarto, media estocada tendida y atravesada (leves pitos) César Rincón, de marfil y oro con cabos negros. Estocada. Aviso (palmas) En el quinto, pinchazo y estocada (petición y saludos) David Galán, de corinto y oro. Bajonazo (oreja) En el sexto, estocada (dos orejas) Salió a hombros. SEMANA GRANDE DE SAN SEBASTIÁN JAVIER LÓPEZ HERNANZ MÁLAGA. El protagonismo de la tarde se lo llevó el toricantano David Galán, que obtuvo un rotundo triunfo tras desorejar al extraordinario sexto, que como toda la corrida de Núñez del Cuvillo se prestó al lucimiento de los toreros. Galán estuvo por debajo del toro, pero fiel a su estilo logró una faena entonada presidida por la firmeza y la templanza. Mató de estocada y cayó el doble trofeo. En el del doctorado, consiguió otra oreja como premio generoso a un conjunto que fue a menos, rematado de bajonazo. Lo más emotivo vino tras la ceremonia de la alternativa en el brindis al cielo que dedicó a su padre, Antonio José Galán, con La Malagueta en pie. Abandonó la plaza a hombros del maestro Ruiz Miguel, compañero tantas tardes de su progenitor. Manzanares quedó inédito en una tarde de continuas desconfianzas (silencio y pitos) y César Rincón no acabo de entenderse con dos rivales potables (palmas y saludos) Eduardo Gallo se quedó a las puertas del triunfo por la espada EFE Por esto volvió Manolo Vázquez ZABALA DE LA SERNA SAN SEBASTIÁN. Porque lo vio fácil, a sus cincuenta años, volvió Manolo Vázquez a los ruedos. Porque con torería y afición, con una corrida como la de ayer, en los límites, o por debajo, de casta y movilidad, les hacía cosas a los toros. Hacerle cosas a los toros no se supone tarea fácil cuando nadie lo hace y todo el mundo se embota en el derechazo y el natural, sin que ni el derechazo ni el natural sean flor de azahar, profundo perfume de primavera o esencia de mar. Manolo y Chenel se orientaron de que la fauna no arreaba como en su pasado, que había que insistir para arrancar una embestida, que había que saber de terrenos, distancia y variedad clásica, no monótona ni reiterativa. Y pusieron España del revés. Conquistó Sevilla en su regreso Manolovázquez, como lo llamaba Remedín, como magistralmente lo transcribe Antonio Burgos en un definitivo y definitorio artículo que sólo patina en el leve desliz de Chicuelo- -de tal manera, admirado Antonio, los madrileños descubrieron el toreo sevillano y excelso del chico de la Alameda de Hércules, que la faena que enlaza la revolución belmontina con la evolución del toreo contemporáneo sucede en los años veinte en Madrid, con el toro Corchaíto de Graciliano, que lo encumbra en figura, que lo ensalza como el eslabón sacrosanto y darwiniano de la historia táurica- nada importante que no encajemos en el centralismo invasor de la capital con caballerosidad y comprensión. Plaza de toros de Illumbe. Lunes, 15 de agosto de 2005. Segunda corrida. Menos de tres cuartos. Toros de Garcigrande, correctos, sin poder ni fuerza, descastados y manejables; destacaron el 3 y el sobrero de la misma ganadería (6 bis) nobles y con recorrido ambos; 2 y 4 se dejaron; imposibles 1 y 5 Enrique Ponce, de grana y oro. Dos pinchazos y media trasera y tendida (algunos pitos) En el cuarto, pinchazo, media tendida y descabello. Aviso (algunas palmas) Miguel Ángel Perera, de verde oliva y oro. Estocada pasada (saludos) En el quinto, media desprendida (silencio) Eduardo Gallo, de tabaco y oro. Media y tres descabello. Aviso (saludos) En el sexto, media en los sótanos (saludos de despedida) Se guardó un minuto de silencio por Manolo Vázquez. David Galán REUTERS Y a mí me parece que los toreros de hoy necesitan ver muchos vídeos de Manolo Vázquez, de Antoñete, de Camino, de Puerta, de El Viti, y de su raza y su ascensión. Bien está que a los toros de Garcigrande les faltó bravura, transmisión, entrega y chispa, a algunos incluso la vida, pero tan adocenados y reiterativos no se puede andar. Eduardo Gallo se salvó aunque no remató. O con la espada o con la cintura. Su toreo es seco, lo ejecuta largo, pero le falta algo de alma y acompañamiento. El buen pitón derecho del tercero le permitió ligar, asentado, firme y plantado como una estaca. Si lo mata se cobra una oreja. Como en el sexto, enorme sobrero de 650 kilos de la misma ganadería que sus apoderados empresarios habían seleccionado con sumo cuidado para que se asemejara lo más posible a un limusín. Menos mal que se desplazó con nobleza, sin clase pero con bondad al fin y al cabo. Gallo otra vez muleteó sereno, vaciando pases de pecho como broche dorado a series plateadas y tersas. Apuntó con la espada a los sótanos y otra vez se quedó a las puertas de algo. Enrique Ponce se estrelló, como James Dean, contra un muro mulo. Imposible la tarea. Más despejado se presentó el horizonte del cuarto, en la frontera de todo, mas bondadoso para ejecutar algo más ilusionante y sentido que las cinco mecánicas tandas de derechazos de Ponce, sobradas de toques. Fueron pocas las embestidas, las suficientes para que Manolo Vázquez le hubiese buscado las vueltas en veinte pases, veinte, de sabrosa percepción. Cuando E. P. presentó la izquierda no había nada en el corto fondo del toro. Se perfiló fuera de la suerte y atacó todavía más periférico. Y si te he visto no me acuerdo. Miguel Ángel Perera meció el capote al son del castaño segundo, suave de patas, febles de algodón. No humilló, y Perera jugó en su media altura a sacar el máximo partido posible, con sus tiempos y sus intentos de ligazón. Poco toro para torero tan grande, que necesita de la emoción. ¿Por qué no se alarga un poco la chaquetilla para que no se vea tanta pierna y taleguilla? Mató por arriba sin un alarde de imaginación en toda la faena. El quinto no valió un gesto, una mueca ni siquiera.