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ABC MARTES 16 8 2005 Nacional 19 SIGEFREDO Micaela Patachia Inmigrante rumana Mi hija esperó un año por mí para casarse Aeropuerto de Bucarest, hace unas semanas. Micaela estaba esperando la maleta y, de repente, tuvo un presentimiento. Levantó la mirada. Las lágrimas pidieron pista. ¿De verdad es mi hija? pensó cuando vio a la joven al final de la sala, tres años y medio después de la última vez. Sí, eran su hija y su hijo, que venían hacia ella con esa expresión extraña de no saber si reír o llorar. Micaela tampoco lo sabía, así que hizo todo a la vez. Es terrible separarse Ella lo ha sabido siempre, pero quizás en aquel momento tuvo la Micaela vio a sus hijos en el aeropuerto, tres años y medio después. No supo si llorar o reír, y lo hizo todo a la vez El viaje de Aziza ha sido duro hasta que halló el camino de regreso. Pero no se quedará en Rabat. Su viaje continúa conciencia absoluta de lo terrible que puede llegar a ser. Mariano, su marido, que lleva cinco años y medio fuera de casa, se quedó con las ganas. Su expediente no está resuelto, y las autoridades rumanas han endurecido el régimen de viajes al extranjero para prevenir la inmigración ilegal. Durante los últimos días han retenido en la frontera los pasaportes de miles de rumanos que trabajan en el extranjero y que superaron el tiempo legal de estancia en países de la UE (tres meses) Una medida que ha indignado a la comunidad rumana en España. Micaela trabaja en el servicio doméstico, y Mariano, en la construcción. Con los ahorros le han comprado una casa a la hija en Alejandría- -localidad de donde proceden, situada cerca de Bucarest- Quería casarse hace un año, pero conmigo presente, así que esperó a que tuviera los papeles en regla. Mi hijo se casa el año que viene, y ahora el dinero que podamos conseguir en España es para él. Ojalá para entonces pueda estar toda la familia junta La decisión que tomamos nos ha causado mucho dolor, pero con mi edad (47 años) y después de dos años en el paro, no tenía muchas oportunidades de encontrar un empleo en mi país. Así que no tuve otro remedio que irme Sus hijos no planean dar el mismo paso. Los jóvenes sí tienen más opciones. Mi hija es logopeda, y mi hijo trabaja en un almacén. Sí que vendrán a España en Navidad para visitarnos DANIEL G. LÓPEZ Aziza Inmigrante marroquí Mis padres siempre me apoyaron a pesar del dolor de la separación Cocido, callos, rabo de toro, olla gitana, tortilla de San Isidro, caracoles y bacalao encebollado, entre otros manjares del Madrid de siempre. Quién le iba a decir a Aziza, 23 años, cuatro de ellos fuera de su país, que acabaría en los fogones de la mítica taberna Antonio Sánchez, de la capital, de momento como pinche, pero aprendiendo rápido. Mucho trote hasta llegar allí. Mi plan era Italia, pero llegué desde Rabat a Murcia y allí me comentaron unas amigas que España era mejor. Así que me quedé Bueno, se quedó, pero nunca demasiado en un mismo sitio. Después de Murcia, Pamplona- -donde recogió espárragos y tomates- Bilbao- -donde no encontró trabajo después de tres meses, y se pensó muy seriamente volver al redil- Elche, Barcelona... y, por fin, Madrid, donde dice sentirse casi como una madrileña más pero que no percibe como estación término. Lo que tiene muy claro es que no piensa volver a Marruecos, salvo para visitar a su familia. Los primeros tiempos en la capital fueron difíciles. La chica acabó en una casa de acogida donde le enseñaron las primeras palabras en nuestro idioma y la orientaron hacia la zona de Tirso de Molina y Mesón de Paredes, donde había trabajo en las tabernas. Se empadronó en enero de 2002 y fue de las primeras en obtener los papeles gracias a la regularización extraordinaria. En abril ya tenía todo en regla Su sueño, ahora, es conocer París. Pero antes tiene otra cosa importante que hacer. La taberna cerró ayer, y Aziza tiene billete para Rabat con fecha de hoy. Allí le esperan su madre, que siempre me apoyó a pesar del dolor de la separación su padre, que se enfadó conmigo al principio porque le oculté mi viaje y sus tres hermanos pequeños, que han pegado el estirón sin que ella pudiera medirlo.