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ABC MARTES 16 8 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC VERANO Y HUMO POR FERRAN GALLEGO PROFESOR DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE BARCELONA El problema ha llegado en cuanto el Estatuto ha dejado de ser una ironía espiritual para convertirse en un texto de carne y hueso, sometido a las tensiones orgánicas de las normativas vigentes y de los proyectos de reforma constitucional que el PSOE puede asumir... N 1913, cuando Anthony Match cumplió los veinticinco, habían transcurrido ya dos años desde que la ironía- -el Espíritu Santo de estos últimos tiempos- -descendiera, al menos teóricamente, sobre él ¿Cómo resistirse a copiar el inicio de Hermosos y malditos cuando las palabras de Scott Fitzgerald parecen reiterarse en la conducta de esta serpiente veraniega que repta por el oasis catalán, como una sonrisa altiva que contempla la perplejidad de los ciudadanos ante la conducta de sus representantes? Y es que hasta las cifras coinciden: tras veintitrés años de gobierno pujolista, hace ahora dos, descendió sobre Cataluña la inspiración de un gesto vacío cuya solemnidad era la forma pomposa de que se dotaban las apariencias. En un país en el que el cinismo inteligente se contempla como el reprobable carácter de los desesperados, ni siquiera quiso ponerse algo de sentido del humor en lo que se estaba haciendo tras las elecciones del 16 de noviembre. De manera que la ternura de un espectáculo ligero, con cierto sentido de la oportunidad táctico y dosis importantes de olfato para las cuotas de poder, fue representado con la dignidad arrogante de una tragedia, en la que el nuevo gobierno asumía el destino auténtico del pueblo. E Cuando suenan las pulsaciones de las llamas sobre un horizonte político que despertó tanto entusiasmo hace dos años, puede recordarse lo que sólo algunos parecían apreciar en el escenario político en el que se representaba ese destino colectivo teatralizado. Detalles como esa abstención de medio país, tras una campaña que se planteaba la restauración de nuestra soberanía, una indiferencia difícilmente explicable si quienes gobiernan y quienes opositan se empeñan en mantener que la inmensa mayoría de los catalanes vivía en perpetuo estado de desagrado por las instituciones. Y que no sólo querían la adaptación del Estatuto vigente, sino comenzar un nuevo ciclo constitucional en el que Cataluña llegara a ser en sus leyes lo que ya era en su realidad y en su deseo. Puede recordarse el esperpento de una coalición de debilidades realizado al margen de la voluntad explícita de los ciudadanos, pues uno de los partidos que resultaría determinante en el proceso, Esquerra Republicana, realizó toda su campaña sin indicar con quién formaría gobierno en caso de que dispusiera de la famosa llave para abrir la puerta de la Generalitat. Cuando la política debería premiar la franqueza- -en el sentido literal del término- -el ascenso de Esquerra pareció recompensar la ambigüedad o, para decirlo en el lenguaje que a los independentistas les gustaba usar entonces, y que ha podido expresarse con rotunda significación durante la crisis de finales de julio, la equidistancia Otros elementos del guión pueden ser ilustra- tivos de la tensión entre legalidad y legitimidad que iba a producirse desde el inicio mismo de la etapa saludada en Cataluña como una nueva época, radiante y emancipadora. Con menos escaños que Convergència i Unió- -aunque con algunos miles de votos más, en un sistema electoral que en su momento fue aceptado por todos, antes de que los resultados adversos empezaran a crear opiniones contrarias a su mantenimiento- Pasqual Maragall alcanzó la presidencia de la Generalitat, al costo de algunos rasguños políticos que no han tardado en infectar la vida política más allá de la propia dinámica catalana. El Partido de los Socialistas de Cataluña llegaba a su ansiada meta aupado por un partido independentista e Iniciativa per Catalunya. Tal alianza convertía en garantía del gobierno a dos fuerzas a las que consuela ideológicamente presentarse como alternativas al sistema. Para alcanzar la Tierra Prometida, tras el peregrinaje penitencial de veintitrés años, los socialistas catalanes no sólo proporcionaban una visibilidad desmesurada a sus socios indispensables de gobierno, tan poco acorde con el apoyo electoral del que éstos disponían. Además de eso, el tripartito catalán encabezaba un modelo que se presentaba a sí mismo como el inicio de algo que debía afectar al conjunto de la política española, pues sólo en el marco de la reforma de su marco constitucional y de los principios de soberanía nacional que lo inspiraban podían llevarse a cabo algunos de los objetivos marcados en el Pacto de diciembre del 2003. El modelo catalán vertebraba, así, dos elementos que iban a diseñar el recinto espectacular de la política española tras las elecciones del 14 de marzo, marcando el rumbo del proyecto político de Rodríguez Zapatero: por un lado, el pacto con el nacionalismo más radical y con Izquierda Unida; por otro, el exilio de la democracia del Partido Popular, en un proceso de deslegitimación del centro- derecha español realizado a costa del propio esquema constitucional. La afirmación realizada en el Pacto del Tinell de que nunca se llegaría a acuerdo alguno con el Partido Popular, en una insensata proclama de marginación, anunciaba lo que habría de producirse en el conjunto del país. Y lo hacía de acuerdo con el principal de los criterios de exclusión que se ha utilizado en Cataluña: el Partido Popular no era denunciado, desde la izquierda, por su carácter de partido conservador, sino por una actitud antinacionalista que deseaba identificarse con una posición antidemocrática. Seguramente, eso es lo que quería indicarse cuando se celebraba el acceso de una nueva etapa política donde la tolerancia, la libertad y la participación iban a ser las bases culturales de un país renovado. Divinas palabras. puesta a quebrar una alternativa de gobierno en España, pero que no desea hacerlo a costa de la propia idea de España- -ni probablemente, a costa del propio Partido Socialista- El problema ha llegado cuando un proyecto estratégico de gobierno, que quiere contemplarse como un compromiso a largo plazo, se establece entre un partido de tradición nacional y una serie de fuerzas que creen con todo su derecho, que España no es una nación, sino sólo una corteza institucional, un Estado obligado a dar a los pueblos auténticos con derechos históricos acaudalados, el adecuado marco de decisión y el certificado de su identidad soberana. El problema ha llegado en cuanto el Estatuto ha dejado de ser una ironía espiritual para convertirse en un texto de carne y hueso, sometido a las tensiones orgánicas de las normativas vigentes y de los proyectos de reforma constitucional que el PSOE puede asumir. El problema ha llegado cuando, agotado el impacto de los efectos especiales, se ha buscado consistencia en el guión. Ha llegado cuando la propia militancia socialista señala que puede estar dis- Ese es el momento en que todos han empezado a recordarse mutuamente la fragilidad de su poder y de su gloria. A Maragall le han repetido sus socios que pueden cambiar de pareja según convenga a los intereses del pueblo de Cataluña e incluso a sus propios recursos estéticos como partido. A los seguidores de Carod y de Llamazares se les ha recordado que Zapatero también puede elegir, porque la aritmética, en esta desdichada democracia nuestra, tiene el mismo valor que los programas y, desde luego, bastante más que las lealtades de los noviazgos adolescentes. Cuando salí de vacaciones, la portavoz de Esquerra Republicana indicaba que su partido propondría un Estatuto dentro de los límites de la Constitución. Antes de que pudiera regresar, la misma portavoz ya anunciaba la propuesta de una nueva Constitución, y ahora amenaza al PSC con apearle del gobierno de Cataluña si es incapaz de llevar a las Cortes un Estatuto en el que la sombra de Carod es alargada. Verano y humo. Poca visibilidad en el tiempo de las amenazas que ha sustituido al de las ingenuas esperanzas. Aunque los amenazados de verdad no son los políticos, sino los ciudadanos de Cataluña, de España entera, cuando contemplan este paisaje previo a una batalla, que les indica la torpe alegría con que se ha agitado el desgobierno catalán durante dos años. Cómo se ha permitido que, invirtiendo el sentido que diera Winston Churchill a sus palabras, nunca tantos debieran tan poco a tan escaso número de votos. Quizás, después del tiempo de la ironía, Maragall pueda decir lo mismo que expresaba el mismo Scott Fitzgerald poco antes de su muerte, cuando decía, recordando los efectos secundarios de su éxito prematuro Nunca ha vuelto a ser como durante aquel periodo tan breve en el que él y yo fuimos la misma persona, en el que el futuro realizado y el pasado anhelante se fundían en un solo momento esplendoroso: en que la vida era literalmente un sueño