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ABC LUNES 15 8 2005 Opinión 5 MEDITACIONES MEJOR PARA NOSOTROS E RAN esos tensos días siguientes a la muerte de Juan Martínez en el cuartel de Roquetas. Entre los mensajes cruzados por sms, uno muy revelador: Si Bono se mete en el charco, mejor para nosotros Venía de un ministerio que no era el de Defensa, lógicamente. Crucen apuestas sobre la procedencia del remitente pero- -les advierto- -se pagan a precio de perejil, porque la cosa está más que clara. Interioricen el mensaje y no les costará nada hallar al mensajero. Faltaba el pásalo pero el azar, el destino y las diminutas teclitas del móvil son muy caprichosas y hacen llegar los sms a buzones equivocados. La respuesta del Gobierno fue fenomenal, dijo anteayer Zapatero. Y rifirrafe entre ministerios también, digo yo. MARCO AURELIO LEER Y PENSAR APÓSTROFE A LA CELULITIS EL DILEMA DE EE. UU. DE ZBIGNIEW BRZEZINSKI Paidós Barcelona 2005 263 páginas 18 euros M El amigo americano Desde hace algunos años- -sobre todo desde la última guerra de Irak- se insiste en que hay que pasar del mundo unipolar al multipolar. O lo que es lo mismo, Estados Unidos no debe dominar el mundo, sino liderarlo en colaboración con otros países. Y eso, ¿cómo se consigue? A diferencia de quienes se limitan a hablar de la multipolaridad sin indicar el camino a seguir, Zbigniew Brzezinski- -consejero de Seguridad Nacional durante la presidencia de Carter- -brinda su alternativa: política racional y equilibrada de autoprotección, esfuerzo paciente para pacificar el planeta, cultura de la responsabilidad compartida, y asociación euroestadounidense para la colaboración global. Y uno pregunta lo mismo: eso, ¿cómo se consigue? Brzezinski no responde. Probablemente, porque la respuesta no existe. Es decir, al ex consejero de Carter no le salen las cuentas. En cualquier caso, Brzezinski- -no todos suelen decir lo mismo- -deja claro que Estados Unidos tiene el derecho de defenderse ante cualquier amenaza y que la hegemonía norteamericana es indispensable para la seguridad global. Mientras no llegue el sistema global de seguridad que propone el autor, habrá que seguir confiando, como de costumbre, en el amigo americano. MIQUEL PORTA PERALES E apostrofa Rosa Belmonte desde uno de sus artículos (esto es, interrumpe el hilo de su discurso para dirigirme la palabra con vehemencia) reprochándome que invadiera su espacio el pasado viernes con una entrevista a Elsa Pataky, y ya de paso, para chincharme un poquito, me recuerda que mis apologías de la celulitis no se concilian con la exaltación de la actriz. Rosa Belmonte es el mayor descubrimiento que ha hecho ABC en los últimos años, aunque algunos ya habíamos reparado en ella cuando escribía en La Verdad de Murcia unos artículos burbujeantes de malicia, frívolos en apariencia pero siempre pertrechados de erudiciones insólitas y de una munición corrosiva que no dejaba títere con cabeza. A Rosa Belmonte, esa Louella Parsons de la huerta, me la presentó otro Belmonte murciano, Pepe Belmonte, azote de novelistas plomiJUAN MANUEL zos; por entonces, Rosa se ganaba DE PRADA las lentejas en los tribunales, estropeando su escritura con fárragos leguleyos, pero ya se adivinaba que acabaría en la sufrida cofradía de la columna, porque tenía un talentazo que no se podía aguantar. Rosa era por entonces- -o al menos así me lo pareció a mí- -tímida, una de esas tímidas desdeñosas que esperan a que te arrimes un poco para soltarte un zarpazo; tenía una inteligencia insolente que no llegaba a despeñarse por los derrumbaderos del cinismo porque la embridaba un humor que empezaba por dirigir contra sí misma. Siempre que voy a Murcia con tiempo trato de verla, aun a riesgo de llevarme un arañazo. En cierta ocasión coincidimos en una cena surrealista en la que uno de los comensales profirió una defensa encendida de... ¡la fimosis! Rosa Belmonte escuchaba los desvaríos sin inmutarse y, de vez en cuando, introducía apostillas muy socarronas, como quien está curada de espantos. En sus crónicas veranie- gas, Rosa Belmonte cita mucho a Nancy Mitford; creo que otra lectura que se conciliaría con su temperamento sería la de Dawn Powell: como ellas, posee un don especial para la sátira social y una como sarcástica nostalgia de un mundo extinto, cuando la gente guapa aún no calzaba chanclas. Si algún día se decide a tomarse en serio a sí misma, escribirá una novela vitriólica y mordaz, muy sagazmente antifeminista. Mientras tanto, podemos disfrutarla todos los días en las páginas estivales de este periódico. Aparte de reprenderme por haber invadido su territorio (pero juro que cumplí con la extensión que me solicitaron) Rosa Belmonte me mortifica por haber entonado la loa de una chica sin celulitis. Aquí viene como de molde aquella anécdota de Picasso, quien para defenderse de las quejas de una señora que había posado para él y no se encontraba parecido en el retrato, le espetó: No se preocupe. Ya se parecerá La naturaleza nos enseña que no hay belleza que no acabe cediendo, tarde o temprano, a la celulitis. Y yo, que soy hombre paciente mas no por ello me duermo en los laureles, corro a celebrar la belleza primaveral de Elsa Pataky, mientras aguardo las delicias del estío, que siempre resultan más sabrosas y apetecibles; pero para recoger hay que sembrar primero. Entretanto, querida Rosa, enterado (porque así lo proclamas sin rebozo) de que tú ya has alcanzado ese punto de sazón que hace de la mujer la más suculenta fruta, ¿aceptarás por fin mis aproximaciones? ¿Dejarás de meterme un codazo cada vez que me arrimo? ¿Permitirás que sea tu rapsoda ferviente y que, en mitad del transporte amoroso, introduzca un apóstrofe a la celulitis, voluptuosa hermana de la luna, glorioso síntoma de la edad núbil, ubérrimo acicate del deseo, temblor recóndito de la carne mollar? Silba si me necesitas, ¡oh apostrófica Rosa Belmonte! Y no olvides que, aparte de los culos celulíticos, también enardecen mi lujuria los tatuajes.