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54 DOMINGO 14 8 2005 ABC FIRMAS EN ABC CARLOS MURCIANO ESCRITOR MENSAJES Hace varias semanas, en la pantalla de mi móvil apareció un sobrecito. Creí que era una atención de la empresa de telefonía, que le incorporaba un adorno, pero me aclararon que no, que se trataba de un mensaje... N eslogan que se ha hecho popular últimamente, afirma que la vida es móvil, lo cual es cierto; pero no lo es menos que, tal como están las cosas, y llevando la frase al contexto publicitario desde el que nace, la vida, además de ser móvil, ya no es posible sin el móvil, ese artilugio que casi todo el mundo tiene- -un casi diminuto- -y que, en pocos años, se ha hecho imprescindible, como lo prueban las millonarias cifras de sus usuarios. Yo también tengo uno: me lo rega- U laron mis hijos, y lo acepté. Cuando suena, aprieto un botón y hablo; cuando llamo a alguien- -lo que ocurre pocas veces, pues suelo utilizar el de mesa de siempre- marco el número en cuestión, aprieto el mismo botón y hablo. No sé más. Me dicen que se puede modificar la musiquilla que nos avisa, averiguar el saldo disponible, poner en hora su reloj, almacenar teléfonos de interés, enviar mensajes y recibirlos... Pero yo no sé cómo se consigue todo eso. A veces pienso que soy de otro siglo- -lo soy, claro- Nada sé tampoco de ordenadores, correos electrónicos, Internet... Me ocurre como con las tarjetas de crédito, que jamás las he usado. ¿Cosas de viejo? En mi caso, no, porque no me considero como tal; no es que me niegue a admitirlo, es que mi vida y mi actividad no han cambiado desde hace muchos años: salgo, entro, viajo, estudio, pinto, leo y escribo sin tregua... Creo más bien que son manías de escritor. En este mester me bastan la LISANDRO OTERO DIRECTOR DE LA ACADEMIA CUBANA DE LA LENGUA MUERTE EN LA TARDE ACE algunos años el toro Clavillero fue sacrificado por su mansedumbre y renuncia a los riesgos de la lidia en la Monumental Plaza México. Durante cuarenta minutos el animal rehusó todas las incitaciones a acometer al torero. El juez reclamó paciencia del público intransigente. Los indignados cronistas nos relatan que la apacibilidad del toro fue colmada cuando por su propia iniciativa abandonó el ruedo por la puerta de caballos, no por la de toriles como le correspondía. Clavillero fue conducido al patio trasero y una mano, iracunda por su mansedumbre, le asesinó con dos disparos de pistola en la frente. Ese fue el precio pagado por el sosegado desabrimiento del animal. Este crimen, que ya ha sido consagrado como un hecho histórico por la prensa especializada, debe llamarnos a reflexionar sobre el papel de la benevolencia en nuestro mundo vehemente y agresivo. Clavillero rehusó el combate, se negó a dejarse arrastrar a la violencia, no acometió con sus cuernos afilados al hombre que le desafiaba, no quiso entregarse al ímpetu letal de la corrida. Ese toro incruento y bonachón, plácido y tolerante, merecía que se le hubiera perdonado la vida. Su comportamiento debió ganarle comprensión y clemencia. Los machistas retrógrados decidie- H ron castigarlo. Su proceder debió recibir una gratificación más que una condena. Se le debió haber confinado a alegres prados, a un pasto apetitoso, a una edénica granja donde pudiera terminar sus azarosos días. Este quebranto sufrido por el bicho es el aciago destino que aguarda a quien se aleja de los conflictos y se ampara en la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido Se pregunta uno quién es más bestia, el cornúpeto que murió o su asesino. De lo ocurrido a Clavillero pude inferirse una parábola de la infortunada ética que rige nuestro tiempo. El carácter competitivo de nuestra sociedad reclama una dinámica beligerancia en cada acción de la vida cotidiana. La crueldad humana ha propiciado, desde el circo romano hasta Hiroshima, un desdén por la inocencia. Pese a los horrores conocidos el ser humano ha avanzado en la consolidación de su dignidad y aún así la intransigencia ante las heterodoxias ha propiciado contiendas interminables. La historia de la intolerancia humana es larga. Las noventa y cinco tesis de Lutero, en Wittenberg, marcaron el inicio de un enconado combate de ideologías: una, libertaria, y otra apegada a los cánones tradicionales. Esa lucha de contrarios ha marcado la historia. Los pogro- mos contra los judíos en la Edad Media y el Holocausto alentado por el nazifascismo, la expulsión de los jesuitas, la Inquisición, la emigración masiva de hugonotes de Francia, los cristianos devorados por leones, la noche de San Bartolomé, son ejemplos de la atroz pesadilla de la intolerancia. La más importante lección legada por la historia es que las contradicciones violentas terminan en una síntesis. Ambas partes asumen elementos de su contrario y resumen en un cuerpo doctrinario lo que antes fueron antítesis aparentemente irreconciliables. Los Concilios Vaticanos son un ejemplo de concertación entre el Catolicismo Romano, el Budismo, la Ortodoxia Cristiana, el Judaísmo y el Islam. En otra analogía de la historia Calvino y Enri que VIII se creyeron portadores de una autenticidad pura y esgrimieron una cruel intolerancia que los hizo ingratos ante la opinión de su tiempo. La muerte de Tomas Moro no le otorgó mayor legitimidad a la religión anglicana. Las aparentes desviaciones del jansenismo fortalecieron a los seguidores de Cristo. No existe una verdad única. Toda certidumbre está sustentada en compromisos. La intolerancia es una fuerza ciega que nunca ha obtenido los fines que se propone y tampoco ha logrado detener el curso de la expresión política. El asesinato de Clavillero en la Plaza de Toros de México, condenado por su apacible blandura, fue una demostración más de que el hombre cavernario no ha desaparecido de la faz de la tierra y los bárbaros siguen alentando el impulso feroz que tantas calamidades han causado. pluma o el bolígrafo (determinada pluma y determinado bolígrafo, eso sí) y mi provecta máquina Facit, cuya edad conozco bien, porque la estrené cuando inicié en estas páginas mi corresponsalía en el mundo de los ovnis 1968. Esta mi escasa afición a las nuevas tecnologías, me procura en ocasiones algún ligero contratiempo. Por ejemplo- -y es el motivo que en principio me movió hoy a escribir- hace varias semanas, en la pantalla de mi móvil apareció un sobrecito. Creí que era una atención de la empresa de telefonía, que le incorporaba un adorno, pero me aclararon que no, que se trataba de un mensaje. Pedí a algunos de mis hijos que me lo desvelaran, pero no se decidieron, alegando que el mío era un modelo anticuado y podían dañarlo si lo manipulaban. Por fin, viajando días atrás en tren hacia Cádiz, y ante mi insistencia, mi hija me dijo que quien podía solucionarlo era Luis María, que nos acompañaba. Luis María es mi nieto de diez años, quien, en efecto, en unos segundos me dijo Ya lo tengo Léemelo, anda le animé. Me miró, entre inquisitivo y perplejo, y se decidió. El mensaje decía: Elisabeth, en cualquier lugar donde estés, quiero que sepas que para mí sigues siendo la más bella del mundo Le aseguré al chico que yo no era Elisabeth (al menos, de momento) y parece que me creyó, pues volvió a su Tolkien (es un lector tenacísimo) Pensé en ese amante (perdón, o en esa amante) ilusionado con su mensaje, que esa muchacha (o ese muchacho) no había recibido, y en la decepción de los dos, el uno sin respuesta, la otra, sin recuerdo amoroso. La pasión debió de hacer temblar la mano del autor del mensaje, y pulsó un botón equivocado. Dije que ello me movió en principio a escribir, porque lo que definitivamente me ha decidido a hacerlo es otro mensaje, esta vez muy distinto, que alguien ha puesto en mis manos. Se trata de la nota que una madre viuda dejó a sus dos hijas, prendida en la puerta del frigorífico, y que estas, preocupadas al no hallar a su progenitora cuando regresaron a casa, se tranquilizaran al leerla. La nota, cuya letra, como se comprenderá enseguida, no es un dechado de caligrafía, dice: Miedo pol poya Quien me la trajo, me desafió: Ya que eres aficionado a los jeroglíficos, a ver si resuelves este Confieso que tardé un poco, pero, para sorpresa de mi interlocutor, que conocía la respuesta, se lo traduje: Me he ido por el pollo Era lo que habían acordado cenar esa noche. Me viene a la mente el famoso letrero escrito en la pared de una casa de un pueblecito andaluz: Carpancala Allí vendían cal para encalar. Y es que esto de los mensajes- -palabra que el DRAE define con precisión como recado que envía una persona a otra -tiene su perenguendengue. Que no es pendiente pero casi. No diminuto esta vez.