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52 DOMINGO 14 8 2005 ABC Cultura y espectáculos Ramzi Abu Redwan, un símbolo de la primera revuelta palestina, reparte su talento musical entre los conservatorios europeos y los campos de refugiados de Cisjordania y Gaza Concierto sin piedras de un niño que fue icono de la Intifada TEXTO: JUAN CIERCO CORRESPONSAL RAMALA (CISJORDANIA) Su pantalón vaquero, azul oscuro, se manchó de pronto de ese rojo sangre que nunca se va del todo por mucho que se frote. Eran poco más de las 12 de una mañana fría del invierno de 1987. La primera Intifada palestina había estallado no hacía mucho. El pequeño Ramzi, de 8 años, regresaba a casa de la escuela junto a su mejor amigo. De pronto, entre las callejuelas del campo de refugiados de Al Amari, cerca de Ramala, se oyó el sonido hueco de un disparo. Una bala que sabía demasiado bien su camino se alojó en la sien de Ahmed, su compañero de fatigas desde hacía tres años. Murió en el acto. Ramzi no salía de su asombro, de su pena, de su odio. No pensó nada. Quizás tuvo unos segundos para preguntarse por qué tenía que morir su mejor amigo, con toda la vida por delante. Unos segundos en los que agarró la primera piedra que encontró a su alrededor, y la segunda, y la tercera, para lanzarlas una tras otra, con una cara que no dejaba lugar a dudas, contra los soldados israelíes que le vigilaban de cerca. A sólo unos metros, un fotógrafo extranjero disparó su cámara e inmortalizó la menuda figura de Ramzi Abu Redwan, piedra en mano, ira en cara. La fotografía fue portada de los principales diarios del mundo. Con el tiempo se convirtió en la imagen más simbólica de la primera revuelta popular palestina contra la ocupación israelí. Se editaron carteles, se tiraron miles de pósters, colocados en cada esquina de Ramala, primero; del resto de Cisjordania, después; de Gaza, más tarde; de muchos lugares del mundo, luego. Hoy cuelga de la pared del salón de su casa, con título español. Ramzi pasó su niñez, su adolescencia, su juventud, hasta los 17 años, tirando piedras contra soldados israelíes y colonos judíos. Era el jefe de su banda en Al Amari. Su destino, a la postre esquivado, el cementerio. Resultó herido por una bala en su brazo izquierdo, a la altura del codo. No me lo amputaron por unos pocos centímetros dice hoy al recordarlo con una media sonrisa mientras saborea un cóctel de frutas. No fue su única cicatriz. Meses des- pués fue alcanzado por otra bala en una pierna; otra bala, ésta recubierta de caucho, le saludó por la espalda. Fue detenido y encarcelado en varias ocasiones. El día que esperan los niños Pero ese día que esperan casi todos los niños, los adolescentes, los jóvenes palestinos y que casi nunca les llega llamó a la puerta de Ramzi. Ese día, Ramzi visitaba a un amigo en Ramala cuando coincidió con un músico palestino exiliado en Jordania. Hablaron de música, acariciaron un violín, mimaron una viola. Ese fue el instrumento elegido y empezaron a tocar, a ensayar, a trabajar. Con dedicación. Con pasión. Con obsesión. Ramzi no sólo demostró maneras sino mucho talento. Cada día quería más, cada día venía antes a sus clases. Un año después, daba su primer concierto de cámara en Jerusalén. Pero le faltaba mucho. Así lo constató el músico británico, Peter Sulski, quien al escucharle en Ramala se lo llevó a Estados Unidos y Gran Bretaña para que progresara. Hasta que volvió un año después a Ramala y se apuntó a su modesto conservatorio. Meses después, otra visita puntual le cambió la vida de manera definiti- Ramzi Abu Redwan conserva en su casa la foto icono con leyenda en español va. Por vez primera se fijo en él un violinista, el francés Antoine Pham, de gira con sus talleres musicales amparados por la ONU en los Territorios Palestinos. Pham se quedó atónito. Ramzi era un diamante por pulir pero necesitaba toda la atención especializada de la que carecía en Ramala. La logró en el conservatorio de Angers, becado en repetidas ocasiones por el Gobierno galo, hoy todavía lo está, aunque en su pasado reciente tuviera que ejercer de albañil y camarero para poder llegar con mayor comodidad a fin de mes. Doce horas de trabajo musical dia- De Arafat a Barenboim bajo la batuta israelí En los centenares de checkpoints israelíes que florecen sin arte de magia en los Territorios Ocupados no sólo pueden verse soldados armados con cara de pocos amigos, colas interminables de vehículos y personas a la espera de un registro cotidiano, niños palestinos que venden cualquier cosa que encuentran a cambio de un insignificante puñado de shekels, estudiantes y trabajadores resignados a llegar tarde a sus obligaciones... En los checkpoints israelíes que florecen sin arte de magia en los Territorios Ocupados también se ven, de vez en cuando, un piano cargado por cuatro porteadores, músicos ansiosos con sus violines, violas, contrabajos e instrumentos de viento, cantantes afinando su voz ante militares sorprendidos... Al frente de todos ellos, Ramzi Abu Redwan anima a unos y otros bajo un tórrido sol de agosto, les recuerda la cara ilusionada de los niños que les esperan en el próximo campo de refugiados, les insta a sufrir de buen grado estas incomodidades en busca de un futuro mejor para casi todos. Ese mismo mensaje, con la música a flor de piel, es el que le transmite Razmi a sus alumnos, a sus profesores, a sus maestros. Entre ellos, el más grande para el joven viola palestino, Daniel Barenboim, quien quiere contar con él para su orquesta Diwan, formada por músicos árabes e israelíes; que está a punto de llegar a Ramala para ofrecer el día 21 un concierto por esa paz que nunca asoma más que su pelado flequillo. Y de fondo, un recuerdo. Y de frente, un sueño. El recuerdo de tres conciertos en la Mukata, ante Yaser Arafat, muy emotivos para ese niño palestino que se agarró a la música como a aquella piedra que le inmortalizó para la causa palestina. El sueño de una Orquesta Sinfónica Palestina, que interprete a Mozart, Beethoven, Wagner o Falla, no sólo en una Palestina independiente y soberana, sino por un mundo en el que la única imagen que se tenga de esos palestinos no sea la de sus piedras, la de sus cinturones bomba. Y todo, soñar es gratis, sin estar entonces bajo la batuta israelí.