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46 Los domingos DOMINGO 14 8 2005 ABC EL ÉXODO AIRADO ABC, EN EL AVANCE PALESTINO En la historia oficial de la creación del Estado de Israel, el expolio y el drama infinito de los palestinos, simplemente, no existe La vuelta a la tierra de los dueños ausentes POR LAURA L. CARO ENVIADA ESPECIAL A FARAH (GAZA) En la versión épica israelí de la conquista del sueño judío, escrita a sangre y fuego siguiendo presuntas señales divinas, no hay un solo renglón para el sufrimiento del otro. Para la tragedia de los que vieron cómo sus casas y las tierras sagradas de sus mayores se convertían de la noche a la mañana no sólo en prósperos asentamientos vestidos de lujos a la medida de los hebreos, también en carreteras exclusivas para su uso y disfrute, en áreas militares de combate para la protección de tan ilustres vecinos... o en meras zonas de separación, vacías para que corra el aire, como mucho ocupadas por la solitaria caravana de recreo de un colono aislado. No hay una sola línea para la pesadilla de los desterrados. Tampoco para Mohammed Duhrir, que 33 años después de aquel noviembre de 1972 acaricia con emoción temblorosa en los dedos los papeles registrales de su campo: el de olivos sanos y de aceituna buena al sur de Gaza, pegado a la frontera con Egipto, heredado de seis abuelos atrás del que ni siquiera pudo recoger los aperos aquella madrugada aciaga en que un cañón israelí le apuntó de lejos para prohibirle el paso. Nadie sufrió daños, confirma todavía con alivio, se lo invadieron y ya está: es lo único bueno que puede decir. Que se comió la ira rabiosa de ver humillada a su familia, pero sin fuerzas para vengarse por no exponer a los suyos aún más. El bueno de Duhir, que atesora el don de la amabilidad de los pueblos antiguos y desgraciados, ha traído primero un fajo de fotocopias sobadas y medio rotas de tanto doblar y desdoblar, las de enseñar a los curiosos. Y hay que insistir un poco para que vuelva con la documentación original, las hojas amarillas desvencijadas por los años que guarda en lo más hondo de su habitación para que no se las puedan quitar: ni en los peores momentos, confiesa bajito, se le ha ido de la cabeza la ilusión de volver a palpar con sus manos viejas el calor del solar arrebatado. La tierra es la única y gran esperanza... un miembro más de la familia, nunca se renuncia a ella dice con el respeto reverente de quien recita una plegaria, mientras frunce los ojos cansados para enfocar bien el horizonte donde se adivinan sus bienes: allí, tan cerca que se ven desde la azotea de su casa, donde estamos. Y con la excitación mal disimulada de saber que ha llegado el momento de enseñar sus certificados, el único aval que demuestra que su tierra es suya, para que la Autoridad Nacio- En calma. Un pescador de al- Muasi, en el asentamiento de Shirat Hyamen, en Gush Katif, descansa sentado en la playa. hijos y dos hijas, una familia que ha crecido mucho. Somos más de sesenta... y vamos a construir casas para vivir, y luego, pero después... cuando todos estén bien en el sitio, después plantaremos cultivos como antes... Aún no sé cuál: frutas, flores... Estoy muy, muy feliz, la tierra significa la vida y añade apresurado: ¡Créame! como si la euforia no se le saliera a borbotones por la voz. La tierra es la única y gran esperanza dice Mohammed Duhrir, expoliado en 1972, mientras abraza sus amarillentos certificados de propiedad nal se lo reintegre en cuanto salgan de allí los colonos. A Mohammed Duhrir, los judíos le aplicaron sin disimulo la obscena Ley de Propiedad de los Dueños Ausentes aquella dictada para el desalojo de los árabes que por motivo de un viaje, de huida desesperada de la guerra, o la siempre eficaz expulsión a patadas, estuvieran fuera de sus dominios a la llegada de los soldados israelíes. Lo hicieron en 1972 para instalar encima de sus 186 dunum de olivos- -19 hectáreas- -una base del Ejército, con su perímetro salpicado de torres de vigilancia y soldados convenientemente entrenados para defender a tiros el asentamiento contiguo de Moraj: hoy con 37 familias, apenas doscientas personas en conjunto, custodiadas 24 horas para que los palestinos como Mohammed no les puedan molestar... Ni en lo más remoto de su mente imagina el viejo la calidad de vida que gastan sus vecinos, ocupado como está en hacer castillos en el aire con la idea loca de gozo y de agradecimiento al cielo por regresar a su propiedad. Tengo ocho Vivir en una jaula Como tantos, este maestro de Matemáticas castigado a vivir en la jaula inmensa que es la Palestina barricada por Israel, ha sufrido en su propio hogar el hacinamiento salvaje que ha dado a la franja de Gaza el título triste de ser la zona con mayor densidad de población del planeta: 1,3 millones de almas de Alá encajonadas en 362 kilómetros cuadrados, y con la previsión de que en 20 años sean dos millones más. Como tantos, no hierve en sentimientos de odio hacia los judíos- diga que nosotros queremos la paz pero tampoco de compasión por el desalojo forzoso que están a punto de sufrir. Les van a dar dinero y casas, ¿no? a mí me quitaron la tierra que nos servía para comer, igual que a mis abuelos hace 250 ó 300 años, cuando sembraban maíz y luego lo cambiaban por carne, y nadie nos vino con nada a cambio Como tantos, Mohammed desempolva estos días los recibos de los impuestos que sus antepasados no pudieron pagar a los británicos, que fueron los primeros que les confiscaron los campos. Esos sí pudieron pagar a los egipcios... Recuerdos, el dolor de las huellas borradas, la confianza y las ganas de seguir. ¡Son papeles oficiales, totalmente claros, que nadie puede rechazar! dice ahora Duhriri abrazado a la carpeta azul repleta de hojas marchitas. El viejo Duhrir sonríe con la vista perdida otra vez en ese horizonte suyo, feliz de pasar página en esa historia de vencedores de Yaveh en la que nunca le dedicaron un renglón. A ritmo lento. Seguido por unas mujeres con sus fardos, un viejo palestino circula con su vehículo híbrido por la carretera de Al- Mawassi, al sur de la Franja de Gaza