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26 Internacional DOMINGO 14 8 2005 ABC LAS CAUTAS LECCIONES DE LA HISTORIA (II) HENRY A. KISSINGER n esencia, la guerra de Irak es una contienda por ver qué bando acierta en su valoración. La apuesta de los insurgentes es que si hacen pagar un precio a los partidarios del gobierno y a los colaboradores de Estados Unidos, podrán intimidar a un número cada vez mayor de civiles para que, como mínimo, se mantengan al margen, y por consiguiente, debiliten al gobierno y de paso ayuden a la insurgencia. El gobierno iraquí y Estados Unidos cuentan con otra clase de desgaste: que, posiblemente, la predilección de la insurgencia por la matanza de civiles sea debida a la cifra relativamente reducida de insurgentes, lo cual les obliga a conservar a su personal y a evitar los ataques contra objetivos difíciles; de ahí que se pueda menoscabar a la insurgencia de forma gradual. Debido al axioma de que las guerrillas son vencedoras si no pierden, el quedar en tablas es inaceptable. El que la estrategia estadounidense, incluido un proceso de retirada, triunfe o fracase no depende de si consigue mantener las condiciones actuales de seguridad, sino del grado en que aumente su capacidad de mejora. E lo cual fue uno de los motivos de los desastres de 1975. El equivalente iraquí bien podrían ser los antagonismos étnicos y religiosos entre suníes, chiíes y kurdos. En Vietnam, la eficacia de las fuerzas dependía de lazos geográficos. Pero las provincias no consideraban que existiera un conflicto entre ellas. En Irak, cada una de las distintas agrupaciones étnicas y religiosas se considera envuelta en un enfrentamiento irreconciliable, y quizá mortal, con las demás. Cada grupo posee el equivalente a su propia milicia geográficamente concentrada. En la zona kurda, por ejemplo, son las fuerzas kurdas las que se encargan de velar por la seguridad, y la presencia del ejército nacional se reduce al mínimo, cuando no se impide por completo. Lo mismo ocurre en una extensión considerable de la región chií. Por tanto, ¿es posible hablar de un ejército nacional? Actualmente, las fuerzas iraquíes están integradas por una mayoría chií, y gran parte de la insurrección se encuentra en zonas tradicionalmente suníes. E Atraer a los líderes suníes al proceso político es un aspecto importante de la estrategia contra la insurgencia n consecuencia, ello augura un regreso al habitual conflicto entre suníes y chiíes, aunque con los recursos invertidos. Es posible que estas fuerzas cooperen para acabar con la insurrección suní, pero, ¿estarán dispuestas, aunque estén debidamente adiestradas, a abatir a la milicia chií en nombre de la nación? ¿Obedecen a los ayatolás, especialmente a Sistani, o al gobierno nacional de Bagdad? Y, si estas dos entidades en la práctica son lo mismo, ¿puede el ejército nacional dictar sus órdenes en zonas no chiíes salvo como un instrumento de represión? Y entonces, ¿es posible mantener un Estado democrático? Por tanto, la prueba definitiva de progreso será el grado en que las fuerzas armadas iraquíes reflejen- -al menos hasta cierto punto- -la diversidad étnica del país y sean aceptadas por la población en general como una expresión de la nación. El atraer a los líderes suníes al proceso político es un aspecto importante de la estrategia contra la insurgencia. Si se fracasa en eso, el proceso para crear unas fuerzas de seguridad se puede convertir en el preludio de una guerra civil. ¿Puede nacer en Irak una auténtica nación por medios constitucionales? La respuesta a esa pregunta determinará si Irak se convierte en el estandarte de un Oriente Próximo reformado o en el pozo de un conflicto en permanente expansión. Por estas razones, el calendario de retirada debería ir acompañado de alguna iniciativa política que invitara a la creación de un marco internacional para el futuro de Irak. Quizá algunos de nuestros aliados prefieran actuar como observadores, pero la realidad no lo permitirá por su propia seguridad. Su cooperación es necesaria, no tanto en la tarea militar como en la política, que pondrá a prueba, sobre todo, la habilidad política de Occidente a la hora de moldear un sistema global relevante para sus necesidades. 2005 Tribune Media Services L a calidad del espionaje será crucial. Los siguientes aspectos en concreto requieren atención: ¿cómo evaluamos la capacidad de combate de los insurgentes y su estrategia? ¿en qué medida y en qué periodo de tiempo deben reducirse los ataques contra civiles antes de que pueda calificarse a una provincia de pacificada ¿cuál es la verdadera eficacia en combate de las fuerzas de seguridad iraquíes y contra qué clase de peligros? ¿cuántos insurgentes hay infiltrados en las fuerzas iraquíes? ¿cómo afectarán dichas infiltraciones a su eficacia en combate? ¿cómo reaccionarán las fuerzas iraquíes al chantaje de la insurgencia, por ejemplo, si el hijo de un general es secuestrado? ¿cuál es el papel de la infiltración desde países limítrofes, en especial Siria e Irán? ¿cómo se la puede derrotar? La experiencia de Vietnam indica que la efectividad de las fuerzas locales se ve profundamente afectada por el marco político. Vietnam del Sur tenía unas 11 divisiones, dos en cada una de las cuatro zonas de los cuerpos del ejército y tres más que constituían una reserva. En la práctica, sólo las fuerzas de la reserva se podían utilizar en todo el territorio. Las divisiones que defendían las provincias en las que estaban destacadas y desde las que eran reclutadas solían ser bastante eficaces. Ayudaron a aplacar la intensa ofensiva norvietnamita de 1972. Sin embargo, cuando se trasladaron a una zona distinta y desconocida de los cuerpos del ejército, demostraron ser mucho menos constantes, Mujeres policías iraquíes muestran su habilidad en las artes marciales en una ceremonia en la ciudad de Arbil REUTERS