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ABC DOMINGO 14 8 2005 23 El presidente de Irak, Talabani, confía en que hoy sea aprobado el proyecto de Constitución Un comunicado de la Presidencia del Perú anuncia la marcha del Gobierno del polémico ministro Olivera Miles de judíos se reúnen en los asentamientos de Gaza para rezar a Adonay comer, bailar, y cantar durante la noche y a lo largo de todo un día que nunca olvidarán El último shabat de Gush Katif J. CIERCO. CORRESPONSAL REUTERS Una familia judía prepara el shabat en el asentamiento de Neve Dekalim el Ejército la puesta en práctica de la retirada de la Franja, en un paréntesis de 48 horas concedido a los colonos más irredentos como medida de gracia. Los naranjitos intentarán asimismo bloquear los accesos a Kissufim; impedir la llegada de los camiones de mudanza; sembrar la estrecha carretera, con un solo carril de ida y otro de vuelta, rodeada de dunas, de clavos y cristales que pinchen cualquier neumático que se atreva a rodar por el recalentado asfalto. Para ello contarán con el arrojo de los cerca de 3.000 infiltrados, muchos de ellos adolescentes iluminados, que harán todo lo posible por provocar a los soldados pero que también saldrán corriendo a las primeras de cambio. Las amenazas, por no hablar de las AP de Hamás y los radicales palestinos desde Gaza, asoman asimismo por Cisjordania, donde en los últimos días han sido detenidos activistas judíos armados en dirección a Sa Nur, una de las cuatro colonias, aisladas, insignificantes, que también serán evacuadas en los primeros días de septiembre. No queda pues ningún cabo por atar. Todos los escenarios están previstos pero nadie se atreve a redactar ya una crónica que quedará sin duda grabada en los anales de la Historia de Israel. Y es que, en esta batalla sin precedentes, juegan un papel definitivo los sentimientos nacionalistas y religiosos de una sociedad dividida. Y cuando los sentimientos andan revueltos todo puede suceder por mucho que se hayan celebrado, una y otra vez, los ensayos generales sobre el terreno. NETZER HAZANI (GUSH KATIF) Sara se ha puesto a cocinar muy temprano. Sabe que tiene que dejarlo todo listo antes de que caiga la noche y comience el shabat (jornada de sagrado descanso semanal) momento en el que, además de otras muchas prohibiciones, no podrá encender fuego. Prepara a mano, con sumo cuidado, con mimo, con una serenidad que calmaría la cola de una lagartija, un cuscús que degustarán dentro de unas horas sus hijos, sus parejas y unos periodistas extranjeros y cristianos, huéspedes interesados que han revolucionado su casa en los últimos días. Los ojos claros de Sara sonríen mientras rechazan la ayuda ofrecida por el extraño. Se lo agradecen con corrección, sin dejar de controlar sus fogones, sin dejar de llorar por dentro. No es mi último shabat aquí, me niego a pensar eso. Es mi casa y no me iré hasta que me saquen los soldados. Para mí es un shabat como cualquier otro explica esta hija de judíos tunecinos que aprendió a hacer el suculento plato que bordaba su abuela. Pero Sara sabe que este shabat no es, 30 años después de llegar a Netzer Hazani, como cualquier otro; no será como ninguno de los que le faltan por vivir. Por eso, cuando su hija mayor le pasa la mano por la espalda y le da un beso muy sentido en su colorada mejilla no puede resistir la emoción que vive. Por eso, cuando su hijo menor le da un delicado masaje en los hombros, rompe a llorar a lágrima viva. Sara, elegante, digna, serena, muy madre de sus hijos, muy abuela de sus nietos, está cansada. Y triste. Co- mo lo está su familia, muy pendiente de una mujer que no quiere hablar de lo que todos piensan; que no quiere discutir de lo que todos sienten; que no quiere detenerse donde todos han hecho hace meses parada y fonda. La cena de shabat está lista. La noche ya ha caído pero la ceremonia se retrasa. Los hombres de la casa se han acercado a la sinagoga del asentamiento para rezar a Adonay (Nuestro Señor) y aferrarse a ese milagro que ponga fin a su pesadilla, un milagro en el que no creen a estas alturas aunque repitan, una y otra vez, de blanco y de naranja, que sólo obedecerán órdenes de Dios, no de Ariel Sharón Una tierra concedida por Dios Se han vestido, en efecto, con camisas blancas (por unas horas el naranja no copa todos los colores) se han entregado a sus oraciones, cubriéndose los ojos con las manos mientras escuchan el sermón del rabino del asentamiento que les llama a la resistencia pacífica en una tierra que nos concedió Dios que les pide que no se enfrenten por la fuerza, con violencia, al Ejército pero que tampoco se rindan ante un Gobierno que se atreve a desafiar a Nuestro Señor ¡Ven amado mío! repiten una vez mientras cuelgan sus manos del hombro siguiente en una cola que se pierde entre danzas y canciones místicas. La cena, más tarde, no comienza hasta que se ha pronunciado el kiddush la oración del shabat se ha bebido un sorbo de vino dulce; se ha realizado la netilat yadaim (lavarse las manos tres veces sin frotárselas) y se ha repartido (lo hace el cabeza de familia, en este caso Oren, el yerno de Sara) y comido el pan trenzado o halá Sólo entonces se puede hablar. Y se habla de casi todo. De España; de Tel Aviv y Jerusalén; del cuscús; de la comida tunecina; de los estudios de los hijos; de las ilusiones de los jóvenes; del servicio militar del más pequeño de los hermanos... Ni una palabra en cambio de ese adiós que está a la vuelta de la esquina; ni una sílaba dedicada a esa herida que hace daño por dentro y que no deja de sangrar; ni una referencia al muecín de fondo, cuyas cercanas oraciones a Alá llegan hasta aquí con billete de primera, transportadas por la brisa del Mediterráneo. El sermón del rabino del asentamiento llama a la resistencia pacífica a la evacuación En las sinagogas se repite que sólo se obedecerán órdenes de Dios, no de Ariel Sharón