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88 Los Veranos SÁBADO 13 8 2005 ABC MENÚ DEL DÍA GRANADA. SOBRE LA MORAGA DE SARDINAS CARLOS MARIBONA N o es la marinera la mejor cocina granadina, más centrada en los productos de la vega y del interior. Aún así, la costa proporciona productos notables como las gambas, quisquillas y cigalas de Motril, además de salmonetes y otros pescados de roca. El plato marinero más célebre es la moraga, guiso veraniego, sencillo y aro- mático, de influencia árabe, que se basa en la calidad de las sardinas de Motril. Se colocan en una cazuela de barro aliñadas con sal, aceite, vino blanco, zumo de limón y picadillo de ajos y perejil, y se ponen al fuego. No hay que confundirlo, como ocurre a veces, con la espetada, otra forma de preparar las sardinas típica de esta costa y de la ve- cina malagueña en la que el pescado se ensarta en un espeto y se pone directamente al fuego. Por desgracia, en Granada los mejores restaurantes no están frente al mar. Aún así, podemos apuntar algunas sugerencias. Encontrarán las mejores gambas, cigalas y quisquillas de Motril en Paquillo, en el puerto, siempre abarrotado y con su oferta de los más frescos productos de las aguas granadinas. Su defecto es la tendencia a pasarse en los puntos de cocción. Muy cerca, junto al faro de El Varadero, está La Piscina, otro especialista en pescados y mariscos frescos que se eligen en su tentador expositor. Los espetones de sardinas en fuego de leña pueden probarlos en La Bahía, un informal restaurante en un extremo de la playa de Salobreña. Y para terminar, un cambio de tercio. Jacquy es el restaurante de un ex futbolista belga, que se asoma al mar en una de las DESDE MI BUHARDILLA EL VERANO El verano es época propicia para la lectura, para el descanso, es época de siesta y de jarana, pero también es tiempo de sequía, de incendios golosos y atentados brutales que te dejan sin pulso y sin aliento Amoe l verano porque no siembra esfuerzos ni esperanzas. Porque llega un buen día, sin anunciarse, y se instala en el cielo como una pincelada azul y transparente, y estremece las uñas de las flores, y se come los vientos, y se recuesta en la arena como un pan de oro, y te pone LAURA CAMPMANY un pellizco de sal en el ombligo. Me gusta porque se paran las máquinas y las persianas se arrebujan, y hacen corro los pájaros, y los grillos te dan la serenata. Yo le tengo al verano una vieja devoción de niña alegre, de insolente birlocha, de curiosa pupila, y siempre le he dejado mis puertas muy abiertas, para que pase a verme y me hable de los trigos, y del tiempo que huye, y de las fraguas eternas. El verano es la hora de los libros que vuelven, cuando se te aparecen en carne idiota los personajes de Dostoievski que abominan de la pena y la muerte, los abriles quebrados de Kadaré, traspasados de revanchas y cuchillos, los últimos cerezos de Chejov, la madre dulce y sumisa de Camus entre la verdad y mi madre, me quedo con mi madre o los buenos terroristas de Lessing (los otros, nada enseñan) Qué hermoso, Los incendios, una constante del verano poder sorberle la pinza a una cigala con los labios desnudos, o abrir a pleno sol, como una mariposa, una nueva metáfora. O tumbarse no más sobre la arena a mirar las estrellas y bucear en el sentido profundo de la vida, por si hubiera allí algo, entre los planetas y las constelaciones, que tuviera la voz, o el sentido, o la circunferencia exacta de un hombre. El verano es el sitio donde se desmayan las rosas y cabecean los hibiscos. Yo cuando llego a sus atrios me acerco a las hogueras y caliento los besos más fríos, destruyo los versos más tristes, me reconcilio con los murciélagos y AFP me echo a dormir la siesta en los planchados recuerdos, y me voy de jarana a los deseos más tórridos. Sólo tiene de malo el verano que se te ve el sudor y la pobreza en lo agostado del alma, y tiene de ho-