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26 Internacional SÁBADO 13 8 2005 ABC Ceremonia funeraria en el cementerio militar norteamericano de Arlington por los últimos cuatro soldados de operaciones especiales muertos en Irak AP LAS CAUTAS LECCIONES DE LA HISTORIA (I) HENRY A. KISSINGER l general George Casey, jefe de las fuerzas estadounidenses en Irak, ha anunciado que EE. UU. tiene intención de iniciar una retirada bastante considerable de las tropas desplegadas en Irak, poco después de que las elecciones previstas para diciembre instituyan un gobierno constitucional en el país. Otras fuentes han indicado que esto afectará a 30.000 soldados, es decir, aproximadamente un 22 del total de los efectivos estadounidenses en Irak. Se dice que lo que posibilitará el repliegue son las mejoras en la seguridad y los progresos en la preparación de las fuerzas iraquíes para que sustituyan a las tropas estadounidenses. Pero, ¿cómo se definirán esas condiciones? En una guerra sin líneas del frente, ¿una tregua es una señal de éxito o una decisión estratégica del adversario? ¿El motivo de la disminución de los ataques enemigos es el desgaste o una estrategia deliberada para conservar fuerzas y alentar así la retirada estadounidense? Para alguien como yo, que observó de primera mano la angustia de la intervención inicial en Vietnam durante las administraciones de Kennedy y Johnson y que posteriormente participó en las decisiones de retirada durante la Administración de Nixon, el anuncio del general Casey ha reavivado dolorosos recuerdos, ya que la decisión de replegar un número considerable de fuerzas estadounidenses mientras la guerra prosigue es un acontecimiento posiblemente funesto. Afectará tanto a los cálculos de la insurgencia como a los de las fuerzas gubernamentales, de modo que la definición de progreso se convierte en una valoración casi tan psicológica como militar. Cada soldado retirado representará un porcentaje mayor del total restante. La capacidad para la acción ofensiva del resto de las E fuerzas disminuirá. Una vez iniciado el proceso, éste corre el riesgo de actuar por impulsos en vez de estar guiado por un análisis estratégico, y ese proceso es cada vez más difícil de detener. A pesar de dichos impedimentos, la decisión de sustituir a las fuerzas de EE. UU. con ejércitos locales durante la guerra de Vietnam- -proceso bautizado como vietnamización- -en general fue un éxito desde el punto de vista de la seguridad. Entre 1969 y finales de 1972, se replegaron más de 500.000 soldados de EE. UU. La participación estadounidense en el combate en tierra finalizó a principios de 1971. Las bajas de EE. UU. pasaron de una media de 400 por semana en 1968 y principios de 1969 a un promedio de 20 semanales en 1972. Estas medidas fueron posibles gracias a que la amenaza de la guerrilla quedó eliminada en buena medida tras el fracaso de la ofensiva del Tet de Hanoi en 1968. Saigón y todos los demás centros urbanos eran más seguros de lo que lo son actualmente las grandes ciudades de Irak. El personal estadounidense podía andar por la calle desarmado y sin escolta. Saigón controlaba aproximadamente un 80 del país con unas líneas del frente relativamente bien definidas. A las unidades del ejército vietnamita cada vez les resultaba más fácil contener las ofensivas de las fuerzas regulares de Hanoi. Cuando el ejército vietnamita, con un importante apoyo aéreo de Estados Unidos- -pero sin fuerzas de infantería- -rompió la retaguardia de la intensa ofensiva norvietnamita de 1972, podía considerarse que la vietnamización había sido un éxito. Poco después, los norvietnamitas aceptaron condiciones que habían rechazado durante cuatro años. (Sin embargo, lo que hicieron no acalla el debate sobre si una retirada a un ritmo distinto- -más lenta, más rápida o nula hasta haber alcanzado un acuerdo- -podría haber acelerado la llegada de ese día) Tres años después, esos resultados se invertían, no como consecuencia de la violencia interna, sino de un ataque externo de las fuerzas militares tradicionales de Hanoi, que violó todo lo estipulado por el acuerdo de París. El agotamiento emocional de Estados Unidos con la guerra y las tribulaciones nacionales del Watergate habían reducido la ayuda económica y militar para Vietnam en dos tercios, y el Congreso prohibió el apoyo militar, incluso mediante el poder aéreo, al asediado aliado. Ninguno de los países que habían servido como avales del acuerdo estaban preparados para mover siquiera un dedo diplomático. Todo esto demostró dos principios aplicables a Irak: que el éxito militar es difícil de mantener a menos que goce de respaldo nacional y que debe fomentarse un marco internacional en el que el nuevo Irak pueda encontrar su sitio. P or supuesto, la historia jamás se repite de forma exacta. Vietnam fue una batalla de la Guerra Fría; Irak es un episodio en la lucha contra el Islam radical. Se consideraba que lo que estaba en juego en la Guerra Fría era la supervivencia política de Estados nacionales independientes aliados de Estados Unidos y situados en la periferia de la Unión Soviética. La guerra de Irak no es tanto una cuestión geopolítica como un choque de ideologías, culturas y creencias religiosas. Debido al largo alcance del desafío islamista, el desenlace en Irak tendrá una relevancia incluso mayor que el de Vietnam. Si surgiera en Bagdad o en cualquier zona de Irak un gobierno del tipo talibán o un Estado fundamentalista radical, la conmoción se dejaría sentir en todo el mundo islámico. Las fuerzas radicales de los países islámicos actuales o las minorías islámicas de Estados no islámicos se envalentonarían en sus ataques contra los gobiernos existentes. La seguridad y la estabilidad internacionales de todas las sociedades al alcance del Islam militante estarían en peligro. Por eso muchos detractores de la decisión de iniciar la guerra coinciden con la idea de que un resultado catastrófico tendría graves consecuencias globales, lo cual es una diferencia fundamental con respecto al debate sobre Vietnam. Por otro lado, el desafío militar en Irak es más esquivo. Las fuerzas iraquíes locales están siendo adiestradas para un combate totalmente distinto de las habituales batallas terrestres de la última fase de la guerra de Vietnam. No existen líneas del frente; el campo de batalla está en todas partes. Nos enfrentamos a un enemigo impreciso que persigue cuatro objetivos principales: primero, expulsar a los extranjeros de Irak; segundo, castigar a los iraquíes que cooperen con la ocupación; tercero, sembrar un caos del que surja un gobierno que comparta sus ideas islamistas y que sea un modelo para otros Estados islámicos; y cuarto, convertir Irak en una base de adiestramiento para la próxima ronda de combates, probablemente en Estados árabes moderados como Egipto, Arabia Saudí o Jordania. as fuerzas norvietnamitas poseían armas pesadas, tenían santuarios en países limítrofes y contaban con al menos medio millón de soldados adiestrados. Los insurgentes iraquíes se cuentan por decenas de miles y llevan armas ligeras. La más eficaz es un explosivo casero, su sistema de ataque más efectivo es el terrorista suicida y sus objetivos más frecuentes son civiles desarmados. La población iraquí ha demostrado una extraordinaria ecuanimidad ante esta masacre deliberada y sistemática. Al final, su percepción determinará el desenlace tanto como la situación militar. La población conocerá su grado de seguridad y decidirá qué sacrificios está dispuesta a hacer. 2005 Tribune Media Services L Una vez iniciado el proceso de la retirada militar, éste corre el riesgo de actuar por impulsos