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ABC SÁBADO 13 8 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC UN LIBRO PARA ENTENDER POR GREGORIO SALVADOR VICEDIRECTOR DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA Ahora que se cierne sobre esta desvalida España la amenaza de otra ley, la LOE, yo me atrevo a pedirles a todos nuestros representantes parlamentarios, que la han de votar y discutir, que lean el libro de Orrico, que no depositen su voto sin leerlo... L EO una columna de Ignacio Sánchez Cámara, una cabeza clara donde las haya, en que advierte sobre el hecho de que ocupen el primer plano de la atención nacional cuestiones de gran apariencia: reforma de la Constitución, concordia y unidad nacional, que deberían estar resueltas y que, si bien se mira, lo están suficientemente, por el momento, como para distraerse en debatirlas, olvidando los problemas normales de la política en un sistema democrático consolidado, lo que esencialmente importa para la convivencia y la seguridad: en primer lugar, la educación, y después la justicia, que son los verdaderos pilares del Estado. Si fallan, todo lo demás se cuartea. Y como en esa columna, trazado el planteamiento, se ocupaba él de un asunto referido a la justicia, voy yo ahora a ocuparme de la educación, que ha sido para mí un tema recurrente en estos últimos años y sobre el que he escrito aquí mismo más de una vez. Hasta 27 artículos míos sobre esas cuestiones reuní en un libro, El destrozo educativo, que publiqué el año pasado. Y de lo que quiero hablar hoy es de otro libro publicado recientemente, con un título muy parecido, La enseñanza destruida, del que es autor un catedrático de lengua y literatura de institutos, que a la vez es periodista, Javier Orrico, y al que avala un prólogo de Francisco Rodríguez Adrados. Llegó a mis manos y me llamó la atención su título, tan parecido al del mío, me puse a leerlo y ya no paré. Ese es el libro para entender a que alude el título, el libro más indicado para comprender lo que ocurre en la educación, lo que viene ocurriendo desde hace muchos años, cada vez a peor, y que debiera tenernos a todos bastante preocupados por la situación, cuando no soliviantados, si nos paramos a pensar en sus inevitables repercusiones futuras. Porque imaginar la España de un porvenir cercano, con plena acción y presencia de esas generaciones que hayan padecido en los años clave de su formación los efectos devastadores de la Logse, produce escalofríos. Una calamidad reiteradamente denunciada desde la implantación de esa ley, hace ya quince años, que fue legislada neciamente por los unos y mantenida torpemente por los otros, salvo el tardío y tímido remedio de la llamada Ley de Calidad, que nuestro actual Gobierno anuló, tan pancho, en cuanto llegó al poder. se me había relatado. Apuntan todos, de algún modo, al destrozo educativo que da título al último de la serie. Es, pues, una información anecdótica, no necesariamente concatenada, casi una colección de ejemplos, pero sin trabazón argumental. La enseñanza destruida, de Javier Orrico, es también en su base una colección de artículos periodísticos, pero más trabada y estructurada, actualizada con notas, dividida en capítulos, convertida en un ensayo sin resquicios, sin huecos ni lagunas, donde todo se explica con una prosa clara y luminosa, exacta y elegante, un verdadero regalo literario. Yo escribía con cierta distancia de ese mundo que había sido el mío y él lo hace desde dentro, pues en él se halla todavía, con entusiasmo vocacional y con inevitable ardor ante tanta estulticia doctrinaria y tanta necedad política como viene padeciendo el sistema educativo. Bienvenida su voz, tan viva e inteligente, a este desierto de estériles clamores. Juicios y pareceres estos que no pueden sorprender a los lectores asiduos de esta página, porque no es la primera ni la segunda vez que los enuncio en ella, durante estos últimos años, en artículos incidentales luego recogidos en ese libro que dije, posibles lectores a los que ahora recomiendo el libro de Orrico, porque es más completo y más contundente que el mío. Diré por qué. Lo que yo hice fue reunir, en orden cronológico, una serie de artículos dispersos referidos a la enseñanza, en todos sus grados, al hilo de alguna noticia, de algún comentario o de algún hecho concreto que El libro de Orrico resulta esencial para darse cuenta de todo lo que ha pasado y lo que está pasando, para advertir con nitidez la clase de formación que se les está dando a nuestros niños y adolescentes y poder así prever lo que va a ser de ellos y de esta nación que formamos todos, incluso de las nacioncillas que se quieren desgajar y que hacen uso partidario de la Logse, atropellando derechos de más alto rango, para llevar agua a su molino. También de las motivaciones y los intereses que han dado lugar a esta situación, de quienes han tenido papel en el drama, sin eludir nombres propios, cuando la evidencia lo exige, porque indudablemente la historia queda ahí para ser juzgada y no conviene que algunos salgan de rositas de ese trance, por mucho que tarde en restituirse la verdad y todos estemos ya, acaso, muertos. Que las generaciones futuras le atribuyan a cada cual el epíteto que le cuadre. Hago relación de los títulos que encabezan los ocho capítulos del libro, lo que ya puede orientar sobre el carácter de su contenido: La losa que vino, El adoctrinamiento, La irresponsabilidad, El velo multicultural, Los medios y los fines, Las termitas de la enseñanza, La batalla de la ley de calidad y La enseñanza que se fue. Tiene notable destreza Orrico para titular y que me perdone lo de destreza, hermosa y precisa palabra castellana habilidad, arte, primor o propiedad con que se hace algo que a él probablemente le suscite ya el siniestro recuerdo de su uso impropio, de semántica anglicada, con que se repite sin tasa en la jerga logsiana; pero el hecho es que él titula hábilmente, con arte, primor y no sin ironía los distintos artículos que constituyen el texto articulado de los capítulos: ¡Paren E. S. O. La Historia y las historietas, El miedo a la libertad, L egalité y legalité, Lucha de clases en la enseñanza (Astracanada sindical) Elogio de los estafados o Regreso al futuro, por poner unos cuantos ejemplos entresacados del índice. Una verdadera delicia la lectura de este libro excepcional, no exento de sarcasmo y de pasión, donde se dicen verdades como puños y, después de tanta doctrinaria pamplina psicopedagógica, de tanta palabrería vacua, se nos recuerda que la educación es fundamentalmente enseñanza, que la enseñanza se basa en contenidos y que los saberes se adquieren poniendo en juego la memoria, el entendimiento y la voluntad, las tres potencias del alma, que las llamábamos en otro tiempo, y que son las que ha de activar cualquier sistema educativo que se precie; pero el que padecemos es trivial, cómodo y audiovisual en palabras del autor, y posiblemente eso permita achacar todos sus fracasos y carencias, como se hace, a la falta de presupuesto, porque eso sí que cuesta dinero, el no educar para la libertad responsable, que es lo exigible, sino para la esclavitud del capricho, la llamada enseñanza lúdica, que no es ni mucho menos el clásico enseñar deleitando horaciano, pues se trata del mero juego sin enseñanza, puesto que no enseñar nada a todos el igualitarismo absoluto a ras de suelo, se estima como un logro destacable del sistema, una prueba inequívoca de su equidad. De su iniquidad deberíamos decir, puesto que de él solo pueden escapar los más pudientes y se le han cerrado las vías de la ilustración a la clase trabajadora. Creo que lo que más indigna a Orrico- ¡y a cualquiera! -es que tan perverso producto haya sido manufacturado por la izquierda política, que se supone y se proclama protectora de los humildes. La calidad literaria del libro ya la dejé apuntada. Si se me pide que señale unas páginas absolutamente excepcionales a ese respecto, llamo la atención sobre el artículo titulado Wilmer, nombre de un alumno ecuatoriano, inmigrante, del autor, donde brilla luminosa la claridad de juicio y la emoción se desborda. Ahora que se cierne sobre esta desvalida España la amenaza de otra ley, la LOE, que no remedia, al parecer, los estragos producidos por la Logse sino que, acaso, más bien los empeora, yo me atrevo a pedirles a todos nuestros representantes parlamentarios, que la han de votar y discutir, que lean el libro de Orrico, que no depositen su voto sin leerlo. Me temo que si no lo hacen, no van a entender bien la trascendencia de lo que votan y su voto dejará mucho que desear. Acabo con un párrafo del libro, que plenamente asumo: Mezquina y detestable concepción de la enseñanza (y de la vida) tienen quienes reducen los deseos, la ilusión, la curiosidad, el sentido del deber, el amor a la verdad a una cuestión de presupuestos. Ahora nos espantamos por haber construido una generación de jóvenes calados de aburrimiento hasta el alma, incapaces de entender sus sentimientos porque les hemos negado esa educación sentimental que las humanidades nos dieron a nosotros. Viven sin mapas del mundo ni de sí mismos. Y nadie los suspendió por no saberlos