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98 Los Veranos VIERNES 12 8 2005 ABC VIERNES DE ESTRENO Ninette que interpreta con resignano encontrados; es una histoción de pieza de caza Carlos ria encomendada casi por enHipólito) y a través de cuyo tero a los actores y a su envolcuerpo permite relucir y extura, con la cámara en el papresarse a ese callado, pepel de cuarta pared y con el numbroso y relegado París. milimétrico deber de no desEl amor, o el deseo, o el fovelar las ironías del magnífigonazo, lo atrapa la cámara co decorado: París limita de Garci al instante, grapor un lado con Murcia y cias, como queda dicho, a las por otro con las zonas oscucualidades de su paras del plató. reja protagonista; Aunque no todo han sido riesgos paLa idea es de pero, ¿cómo se atrahumor esquira Garci, pues tamMihura, aun- pa el ácrata de Mivo y bién ha tenido una que tiene la hura, que viene y enorme ventaja imforma y el se va de puntillas, o posible para los originales de Mihura, tamaño exac- que acude a su cita que fueron escritos tos para haber con tu risa no de insino lo en 1964 Ninette y sido de Billy mediatoluego, a un mejor un señor de MurWilder par de horas descia y en 1966 Nipués? Y en este nette, modas de Paapartado, en el de coger con rís una época en la que ni la yema de dos dedos el huse podía mirar al exterior mor de Mihura, Garci da (París) ni al interior (el arreuna lección de sutileza. Albato de alcoba) La Ninetgunos ejemplos: La dislexia te de Garci no le permite a gestual de exiliada de Beasu amante que vea los encantriz Carvajal; el descontrol tos de París, pero sí le permide mirada y de ánimo de Arte, en cambio, al espectador mando, que interpreta de que asista a los encantos de modo genial Enrique Villén; su protagonista y elige a la embestida de miura y los una actriz, Elsa Pataky, cuderrotes en tablas de la deya fórmula física y química pendienta que encarna con explica de modo rotundo e temible frescura Mar Regueinapelable la rendición de ras; el retranco republicano, Andrés (el señor de Murcia terco y glotón de ese reflejo cóncavo del exiliado que interpreta Fernando Delgado... Toda esta circunstancia que rodea e impregna de humores a lo esencial- -el encontronazo sexual entre Ninette y un señor de Murcia- -está amplificada por la luz que irradia la protagonista, Elsa Pataky, sin duda un portentoso hallazgo en su tú a tú con la cámara. Y aunque parezca absurdo lo que se va a escribir ahora, no lo es: Carlos Hipólito borda su difícil tarea de bailar con la más fea. Hipólito consigue impregnar toda esta historia de amor y de humor, de aparente fatuidad, de chisme y apretón, de pura epidermis, en algo muy profundo y que sin duda entronca con el sentido último que siempre tuvo el teatro de Mihura y que ahora provoca Garci: un raro y contradictorio sentimiento de nostalgia por el futuro. No por el pasado, que es lo vulgar, sino por el futuro. Tan contradictorio que, en el fondo, le da sentido a esa otra inexplicable y amarga contradicción de la obra, de la película y de la vida: o Ninette o París. Charlie y la fábrica de chocolate París, o la pelusa del tiempo bajo la cama España Director: José Luis Garci Intérpretes: Elsa Pataky, Carlos Hipólito E. RODRÍGUEZ MARCHANTE La idea es de Mihura, aunque tiene la forma y el tamaño exactos para haber sido de Billy Wilder: un señor de provincias va a París a darse un baño de mundo y se queda atascado en una pensión de segunda entre las fauces de una chiquilla llamada Ninette; todo el París que conocerá empieza y termina en esas tres sílabas que, como las de Lolita, le tienen golosamente pegada la lengua al cielo de la boca. Andrés llega de Murcia y se golpea contra la imagen de esta francesa que habla español con un deje de exilio y comienzan de sopetón un abrumador romance de interior día y noche. Ni paseos por las orillas del Sena; la Tour Eiffel, ni de lejos, ni los Campos Elíseos, ni nada de nada: pensión completa. Esta idea de Mihura que huele a Wilder y que se ha atrevido a estampar ahora José Luis Garci en una pantalla traía con ella varios riesgos por encima de los cuales ha tenido que saltar con limpieza el director: es una historia forzosamente de interior (imposible ver París) lo cual obliga a la cinematográfica Ciudad de la Luz a permanecer callada y en penumbra; es una historia de atracción sexual que hay que camuflar elegantemente hasta convertirla en un gracioso y esclarecedor (tal vez, tristemente esclarecedor) viaje hacia los paraísos perdidos, o La adaptación, clara; Johnny Depp, espeso EE. UU. 115 m. Director: Tim Burton Intérpretes: Johnny Depp, Freddie Highmore FEDERICO MARÍN BELLÓN Carlos Hipólito y Elsa Pataky, en una escena de la película de José Luis Garci Extrañas coincidencias Flirteando con el desastre EE. UU. 106 min. Director: D. O. Russell Intérpretes: Jude Law, Naomi Watts, Mark Whalberg ANTONIO WEINRICHTER D avid O. Russell pertenece a esa nueva generación de francotiradores del cine americano que no se resignan a trabajar des- de la periferia industrial y estética de Hollywood: como Wes Anderson o Charlie Kaufman, marca sus mejores tantos en producciones distribuidas por los estudios, con un reparto de estrellas y una vocación aproximadamente comercial. Su anterior e insólita Tres reyes sigue siendo la única película americana (fuera del ámbito del documental de combate) en ofrecer una visión crítica de la política de su país en Oriente Medio... pero estaba protagonizada por George Clooney. Extrañas coincidencias tiene un gran reparto coral (Jude Law, Naomi Watts, Mark Wahlberg... y su voluntad es menos explícitamente política. Russell sigue aquí la premisa preferida por el Nuevo Hollywood de los años 70: elige como protagonista a un idealista joven (Jason Schwartzman) inadaptado a las exigencias de la América corporativa- -es otro de los hijos del Dustin Hoffman de El graduado -y lo rodea de un enjambre de enloquecidos personajes. Hoffman reaparece aquí, junto a la simpar Lily Tomlin, en otro inspirado tra- bajo de su nueva etapa de cómico excéntrico: al verle envejecido es imposible no acordarse de aquella época en la que, dentro de Hollywood, se cuestionaba el sistema de valores de la América adulta. Hoy la sociedad y el cine americanos están mucho más cerrados sobre sí mismos y lo único que parece poder hacer un cineasta no reconciliado como Russell es oficiar una cierta ceremonia de la confusión en torno a un mundo que, como rezaba el título de su ópera prima, anda flirteando con el desastre. No es la primera vez, ni será la última, que se lleva al cine el fantástico cuento de Roald Dahl, prolífico inventor de historias que lleva nutriendo al cine desde hace más de medio siglo. Charlie... ofrece desde el primer instante todo el sabor que requiere la historia, empezando por el fantástico chaval protagonista, que ya deslumbró a Johnny Depp y al público en Buscando Nunca Jamás y siguiendo por la casa rota, la madre Bonham Carter, los fantásticos abuelos, el ratonil padre. Pareciera que los dibujos que han acompañado desde siempre al relato de Dahl se hubieran puesto en pie dispuestos a rodar la adaptación definitiva de la inmortal novela. La película de Tim Burton, en efecto, empieza de fábula, pero es llegar a la fábrica y el encanto empieza a desvanecerse. Se esperaba más de la mejor factoría de chocolate del mundo y, desde luego, se esperaba otra cosa de Johnny Depp, cuya caracterización parece una parodia de Michael Jackson- -incluso ha tenido que negarlo- con unas gotas de Raphael. Su Willy Wonka es demasiado grotesco, sin la ironía del personaje original. Para justificar sus excesos, Burton le inventa además una infancia de psicoanálisis que incluso a Hitchcock le quedaban anticuadas. Podría pensarse que el actor pretende erigirse en el protagonista que no es. Que no obra de mala fe (o que no anduvo muy listo) lo prueba el hecho de que recomendara al robaplanos Freddie Highmore para el papel de Charlie Bucket. Pero Burton también persigue más gloria de la que le correspondería y aporta su inevitable, y en este caso prescindible, lado siniestro. La escena de las ardillas se le va de las pezuñas y se convierte en una pequeña pieza de terror, impropia de una película infantil. Hay más, pero quizá el lector- espectador preferiría una crítica menos puntillosa, porque al fin y al cabo el texto es maravilloso y merece la pena degustar esta película, estupenda incluso en sus errores, pero es una pena que después de Big Fish Burton haya extraviado la obra maestra que tenía entre las manos.