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46 Espectáculos JUEVES 11 8 2005 ABC CLÁSICA Festival de Santander Orquesta Sinfónica de Madrid. Solista: M. Camilo (piano) Director: J. López Cobos. Obras de R. Strauss, M. Ravel y Albéniz Arbós. Lugar: Palacio de Festivales de Cantabria. Fecha: 7 de agosto La ciudad alemana se convierte cada verano en romería hacia el universo wagneriano, con calles plagadas de pasos silentes y esperas contumaces que tienen una recompensa sublime: la música. Quien va, repite, aseguran los secuaces del festival Peregrinos en Bayreuth TEXTO: OVIDIO GARCÍA PRADA FOTO: ABC HOMENAJE MUSICAL A SANTANDER COSME MARINA a está a pleno rendimiento la programación del Festival Internacional de Santander (FIS) y, tras el cierre del Concurso de Piano Paloma O Shea, arrancó, a continuación de la gala de clausura, el ciclo sinfónico con un homenaje del Festival a la ciudad de Santander en el 250 aniversario del otorgamiento del título de ciudad. Del homenaje musical se encargó la Orquesta Sinfónica de Madrid a las órdenes de su titular, Jesús López Cobos, en su regreso al FIS. Como solista, un pianista de la talla internacional de Michel Camilo en una obra que interpreta con magisterio y brillantez del Concierto para piano y orquesta en Sol Mayor de Maurice Ravel. Camilo navega cómodamente en una partitura que funde diversas mixturas, de concepto poliédrico entre el clasicismo y notables influencias jazzísticas. El pianista deslumbra tanto con el rigor del Adagio assai como con la ligereza con la que estructura los tiempos más rápidos. Y Lucidez operística Previamente, López- Cobos apostó por la suite de El caballero de la rosa de Richard Strauss, en una obra que la formación desgranó con lucidez operística, exquisitez expresiva y cuidado formal en el trazo de un acercamiento que muestra las aristas más hermosas de una obra genial y cimera. En la segunda parte, la música española fue protagonista, también en las propinas, mediante la orquestación que Enrique Fernández Arbós realizó de la suite Iberia de Isaac Albéniz. De los numerosos intentos que buscan trasladar al discurso orquestal una cumbre musical universalmente reconocida y clave en la literatura pianística, es la de Arbós una de las más luminosas. La orquesta fue desgranando el primer cuaderno sobre el que Arbós trabajó- Evocación El puerto y El Corpus Christi en Sevilla Triana del segundo cuaderno, y El Albaicín del tercero. El recorrido por ella fue vigoroso, pletórico por momentos, al igual que en la orquestación de Arbós de Navarra que cerró una noche dedicada a una de las ciudades españolas en las que la música es signo de identidad. BAYREUTH. El Festival wagneriano de Bayreuth es por muchas razones único en el mundo. Es el más unitario y comunitario entre los famosos: existe una especie de comunidad entre su público, programa, intérpretes y lugar, que concita la atención de los wagnerianos del mundo entero y convierte temporalmente a esta histórica ciudad de Alta Franconia en un centro de peregrinaje estival. Singular es también su éxito de público, plurilingüe y global. La demanda de entradas es la más grande de todos los festivales musicales del mundo. Se adjudican previa solicitud por escrito a título personal intransferible con el nombre del comprador impreso en las mismas. El no iniciado se resiste a creer que la sempiterna interpretación de únicamente cinco a siete de las diez óperas canónicas wagnerianas pueda ser motivo de encandilamiento. Lo es. El peregrino de Bayreuth es un ser variopinto, pues no escatima esfuerzos por sentarse durante horas en las duras y estrechas sillas de la sala para participar como espectador musical. El monte gozo wagneriano es la verde colina de Bayreuth, en cuyo magnífico parque está el santuario wagneriano, el edificio del Festspielhaus, construido por el propio Wagner para representar exclusivamente sus óperas, concebidas por él como obras de arte total Modernamente, el atractivo de Wagner reside principalmente en su música: escuchada en un espacio sonoro único, resulta fascinante y crea dependencia: la droga Wagner. Hacerse ver y ser vistos No todos cuantos suben a la verde colina lo hacen por devoción. Muchos, especialmente en la jornada inaugural, son aficionados de sí mismos. Vienen para ver y, sobre todo, para hacerse ver y ser vistos, no precisamente por la plebe de 2.500 mirones ávidos por fisgar a la jet society sus caras y arrugas, sus atuendos, sus parejas. Doscientos cincuenta policías destacados para garantizar la seguridad ante posibles atentados terroristas les controlaron por primera vez bolsos y mochilas al acercarse a la zona acordonada. Saben que durante ocho o más horas una legión de 150 fotógrafos y docenas de cámaras y micrófonos estarán al acecho. Como para no aguantar una vez al año cuatro horas de asiento duro y un drama musical que muchos de ellos ni disfrutan, ni entienden. Hay también el peregrino que no llega a besar el santo, pues, al no disponer de entrada, visita simplemente los santos lugares wagnerianos: la Villa Wahnfried, con la casa y tumba del compositor, y el Teatro, al menos por fuera, etc. De esta especie hay también ejemplares españoles que, después de Visitantes al festival, en una relajada e improvisada espera en plena calle echar el anzuelo en los foros de internet, hacen el camino solos o en grupo. Otras gentes, en cambio, han convertido la obligación en devoción, o viceversa: los casi 300 críticos musicales acreditados procedentes de todo el mundo. Aunque no falte el rico esnob o el advenedizo que quiere conocer el fenómeno Bayreuth, para presumir y ya no vuelve más, es ahora cuando llega realmente la hora del auténtico aficionado wagneriano. Éste dedica el día entero, en jornadas maratonianas sin otras ocupaciones, a la obra de Wagner, como quería el maestro, el creador de mitos: teatro de reflexión y no de diversión. Así, prepara la obra en su aposento o en cursillos introductorios matutinos, discute la interpretación en los entreactos o repasa el siguiente, y lo comenta todo después, tras 6 horas de función, en los múltiples restaurantes de la ciudad. Hay familias que toman unas breves vacaciones y para preservar la paz familiar comparten por actos la entrada conseguida, mientras los demás escuchan en el parque por radio o en CD el acto que se está representando. Las funciones comienzan a las cuatro de la tarde. El visitante experimentado sabe que hay que comer y beber en los entreactos: en el restaurante, en bares cercanos o haciendo picnic en praderas y aparcamientos. Una comida copiosa antes de ir al teatro, máxime si va rociada de alcohol, es el preparativo ideal para merodear después en la sala a oscuras por los predios de Morfeo. El peregrino wagneriano es un espécimen singular, inquebrantable y reincidente, forjado a golpe de paulatino proceso de autoconvencimiento en contacto con una música insondable. Quien ha llegado hasta ahí ya no claudica jamás. El peregrino wagneriano es un espécimen singular, inquebrantable y reincidente